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Cultura

'No tengo otro estímulo en la vida que seguir pintando'

No es fácil encontrar a un pintor con la autoridad de Juan Romero (Sevilla, 1932) reconociendo las virtudes de las artes "decorativas". Alejado de los mensajes, de compromisos descafeinados, el artista regresa a la actualidad expositiva con una única razón de peso: la pintura por la pintura. Foto: Antonio Acedo

el 15 sep 2009 / 19:46 h.

No es fácil encontrar a un pintor con la autoridad de Juan Romero (Sevilla, 1932) reconociendo las virtudes de las artes "decorativas". Alejado de los mensajes, de compromisos descafeinados, el artista regresa a la actualidad expositiva con una única razón de peso: la pintura por la pintura.

"No tengo otro estímulo que pintar". A sus años, Juan Romero, no se anda con rodeos. Un discurso claro, lúcido, con un sutil toque de nostalgia entronca directamente con las pinturas que inauguró el pasado jueves en la galería Birimbao de la ciudad (calle Alcázares, 5). "Pintar, no tengo otro objeto. En mi obra no hay mensaje, ni excomprometida; es una pintura para el disfrute", continúa relatando este artista, uno de los pintores más reconocidos que Sevilla ha dado al resto de España en la segunda mitad del siglo XX y que habla con autoridad, con extrema naturalidad, de una pintura sin reivindicaciones: "Han calificado mi obra de ingenua, naif, pero yo tengo escuela, una formación académica".

Lo dice uno de los primeros discípulos del maestro Miguel Pérez Aguilera en la facultad de Bellas Artes de Sevilla, premiados por las bienales de París y Venecia, que con apenas 20 años, "sin saber francés y con 3.000 pesetas en el bolsillo", se marchó a París y se empapó del simbolismo de Chagall y Dubuffet; de Paul Klee y Gustav Klimt, de la pintura centroeuropea... "París era una meta. Tenía en mi habitación de Sevilla, en los años de estudiante, un cartel de la Torre Eiffel que fue algo premonitorio", relata Juan Romero apenas impresionado por la luz de sus cuadros, por ese colorido exhuberante que se ha convertido en su marca registrada, además de la minuciosidad de su pintura, del gusto por el detalle, de la dedicación puntillista, de la evocación de los arabescos. Y es que, como él mismo explica, más allá de París, del simbolismo y otras influencias -"porque aún no ha nacido el pintor libre, sin influencias, aunque algunos compañeros no las quieran reconocer"-, Juan Romero se siente también heredero de la tradición sevillana, la que entronca directamente con Al-Andalus.

"Fueron precisamente los pintores centroeuropeos, a los que me acerqué en París, los que me descubren mi tierra. Paul Klee tiene una serie de trabajos realizados en un viaje a Túnez. Cuando lo ví, pensé: 'Eso lo tengo yo en Sevilla'; esas miniaturas, los detallitos...", rememora Romero, que asegura que fue entonces cuando "empiezo a ahondar en los zócalos y azulejos, e inmediatamente conecto con eso".

Y es precisamente en esta línea donde se enmarcan la veintena de pinturas que presenta estos días en Sevilla, con un estilo al que ha llegado "en el proceso lógico de una evolución artística; nunca de manera forzada". Tiene Juan Romero la paciencia también para deternerse a explicar cómo ha discurrido su trayectoria pictórica, que partió de la escuela y el academicismo sevillano para empezar a "pintar monstros con fondos muy oscuros" cuando se instala en París, "en una buhardilla de dos metros por tres. Allí fui un hombre feliz", suspira.

Ahora, en este momento de madurez al que se enfrenta "pintando y pintando", Juan Romero vive más pendiente de las cuestiones formales, aquéllas que han hecho que sus pinturas sean estéticamente irreprochables. "Mis cuadros están muy centrados, tienen una composición muy equilibrada", explica. ¿Y el color? "Bueno, es la búsqueda de la armonía; y en esas estoy. Yo sé que los colores se pelean... Hay que hacer que se lleven bien", dice este artista de espítitu parisino que confiesa que la pintura "es una terapia". "Cuando trabajo es cuando me encuentro a mí mismo".

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