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Salir de las Tres Mil

Nunca habían estado en el centro. Jamás habían pisado una librería. Hasta ayer. Ayer, una profesora de instituto se llevó de paseo a sus niños de las Tres Mil. Y esto fue lo que pasó.

el 24 nov 2010 / 21:45 h.

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Nazaret es alta para sus 14 años. Tiene una sonrisa tímida y deliciosamente parca; una mirada de las que se usan para soñar y con la que seguro que más de una vez se ha evadido de esa prisión de ladrillo cara vista que es su barrio de las Tres Mil Viviendas. Ayer pisó una librería por primera vez en su vida, aunque la biblioteca de su instituto se sabe de memoria sus pasos en busca de relatos breves y recopilaciones de leyendas. Lo que más le gusta hacer, según decía al final de la excursión, es estar con sus amigas (la afición más común en ese grupo y en todos los de su edad). Pero, por encima de todo, atesora una vocación que ayer cobraba entidad entre las montañas de libros: "Me gustaría ser escritora." Tanto ella como sus dieciséis compañeros de viaje inspiraban ayer, contra lo que esperaban los tópicos nacidos de la ignorancia, un respeto imponente.

No lo tiene fácil, de todos modos. Falta de valores, retraso educativo y nulo amor propio son sólo tres de las muchas y muy terribles consecuencias que la degradación social endémica del Polígono Sur provoca en los adolescentes condenados a subsistir en sus peores barrios. La profesora María Ángeles Sánchez, metida en la briega titánica de abrir un respiradero de humanidad en esa mazmorra, podría escribir un libro que haría llorar a Charles Dickens sobre su experiencia en el IES Antonio Domínguez Ortiz. Pero para qué, si no lo iban a leer. De modo que la maestra recurrió ayer a su última esperanza: coger a 17 de sus alumnos, los de 2o de ESO, de entre 13 y 15 años, y llevárselos adonde nunca habían ido, aunque cueste creerlo: al centro de Sevilla, que para ellos era como decir a la Luna. Y, dentro de esa excursión insólita y a la desesperada en busca de un revulsivo moral de urgencia, a un lugar muy especial: La Casa del Libro.

El responsable de actividades culturales de la tienda, Manuel de Medio, estaba encantado explicándoles cómo clasificaban los libros y los hacían atractivos para el visitante. La profesora, mezclada entre sus alumnos, asistía a su propio éxito con el estupor de quienes triunfan después de haberlo merecido mucho. Su idea iba más allá de ese concepto de estreno general (primer paseo, primera visita, primera librería...): quería darles a entender que son dignos de convivir con el resto de la gente, de quererse a sí mismos, un sentimiento también extraño en esos parajes marcados por la desestructuración familiar, el maltrato a las mujeres, la drogadicción, el alcoholismo, la agresividad, la ley de la selva. La automarginación que resulta de todo ello no es más que uno de los síntomas de un abigarrado proceso autodestructivo entre cuyas manifestaciones están también la resistencia al sistema formal de convivencia, la inadaptación, la pasividad, el bloqueo emocional. Esa es la ley de la gravedad contra la que luchó ayer (y a la que venció, no se sabe por cuánto tiempo) la nave de María Ángeles. "Creo que esto hay que fomentarlo", decía ella; "que a través del libro puedan entrar en otros mundos, salir de su monotonía, de la placita como dicen ellos, de Alcampo o del Nervión Plaza", soñaba María Ángeles.

Ayer comenzó una odisea dura de culminar que echaría para atrás hasta a dos hobbits con perros. Puede que no haya nadie capaz de cubrir la distancia mitológica que cubre desde el páramo sociocultural de las Tres Mil Viviendas, donde toda inquietud es engullida sin piedad por los marjales, hasta las ricas y florecientes praderas peatonales del centro de Sevilla, repletas de cafés, librerías, escaparates, estudiantes, aspiraciones, huellas del espíritu de grandeza.

Pero el contagio ya es inevitable. "A mí me gustaría ser astrónoma", decía Rocío a la salida de La Casa del Libro. Pilar, conmovida por su tortuguita y su yorkshire, tira más hacia veterinaria. Nerea quiere ser enfermera; Chelo, Merchi, Isabel y Arabia, peluqueras; Ángel, Josué y Sergio se ven marcando goles en algún equipazo; Fali es músico; Francisco aspira a ser empresario; Yomara, matrona; Moisés, con alma de motero, se ve más de mecánico. Ahí están los sueños. No es mal comienzo para un viaje.

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