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Sevilla se hizo ceniza

El cielo de la ciudad comenzó ayer a tomar ese color más propio del Domingo de Ramos que de febrero. La cuenta comenzó a restar.

el 18 feb 2015 / 21:34 h.

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Cada miércoles repite el mismo recorrido, el que le separa desde la estación de autobuses de Plaza de Armas hasta la Plaza de la Encarnación. Semanalmente, enfila la calle Alfonso XII en busca de su destino y no lo duda. No hay semana en la que no entre en la Iglesia de San Antonio Abad, se postre delante de San Judas Tadeo y prenda una de esas velas que tantos anhelos llevan en su llama. Él es Óscar. Ayer, bajo su brazo portaba una carpeta forrada con una foto de la Virgen de la Victoria de Las Cigarreras. Avispada estuvo Carmen Perza. «Ojalá no llueva el Jueves Santo, ¿verdad?», alcanzó a decirle a Óscar mientras encendía su mecha. «Ojalá», respondió él. MAS-SEVILLA No hicieron falta más palabras. Ese deseo entre dos desconocidos cobró más sentido que nunca. Cada cual expresó a su forma esa retirada de hojas del almanaque que finalizará en 38 días. Ayer fue Miércoles de Ceniza y Sevilla lo sabía. Lo supo desde el mismo momento en el que amaneció. Su cielo se coloreó de ese azul que anuncia la salida de una hermandad blanca desde El Porvenir. De hecho, si no hubiese sido por la dicotomía que significaba la llegada de la primavera y las bufandas que los sevillanos lucieron al cuello durante la jornada, cualquiera hubiera podido pensar que el cielo de Sevilla de ayer fuera el de un Domingo de Ramos cualquiera. Incluso los escaparates se vistieron de Domingo de Palmas para robar el protagonismo a la ya casi extinta ropa de invierno. Ayer, todo parecía indicar que el reloj de la espera comenzó a retroceder a mayor velocidad. El olor a torrijas y pestiños que desprendía la pastelería San Pablo, las mantillas negras de Foronda y los carteles que se colgaron a primera hora de la mañana en la Antigua Casa Rodríguez. «A Sevilla jamás le pilla la llegada de la Cuaresma con el paso cambiado», decía María del Río –su dueña– mientras terminaba de colocar uno de ellos. Y es que, las calles de la ciudad son una auténtica exposición temporal de la devoción popular. «¿Has visto el escaparate?», preguntaba a sus acompañantes Lola, una mujer que desde La Algaba vino hasta Velasco a comprar un encaje para una imagen en miniatura «que preside el salón de mi casa. La he vestido de hebrea», afirmó con ilusión. Símbolo de la Cruz Y mientras el olor que durante todo el año desprende el incienso del puesto de la calle Córdoba se comenzó a expandir por toda la ciudad, en los templos sevillanos se asistió a la señal más inequívoca de que ya no había lugar para la confusión. Era Miércoles de Ceniza. En la Basílica del Gran Poder no hubo lugar para la pausa. Desde las nueve y media de la mañana, seis mismas. En todas ellas se hizo la imposición. De San Lorenzo a Triana. «¡Qué mejor que empezar la Cuaresma que besando el pie del Tres Caídas!». Fueron las palabras de Javi Saavedra. A sus 30 años, aprovechó un descanso laboral para ir al besapiés –que ayer concluyó– del Cristo trianero. «Su cara muestra el sentido que deben tener estos días: reflexión, espiritualidad y arrepentimiento», puntualizó Diego Gómez. Otros no tuvieron la oportunidad de acudir a la Iglesia. Fue el caso de los mayores de la residencia Gerón, en la calle Madre María de la Purísima, que recibieron la imposición de la ceniza en las instalaciones del centro. Y es que, cada cual la vivirá de la manera que pueda o considere conveniente. Lo cierto es que todos esperan el mismo final. Ayer lo empezaron a palpar cuando el sol tiñó el cielo de Sevilla al anochecer. La tarde comenzó a tener esa ansiada luz de Cuaresma, la que llega a la vieja Híspalis con cada Miércoles de Ceniza.

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