martes, 04 agosto 2020
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In fraganti

Dos policías sevillanos: 2 historias, 2 destinos

A la memoria de José Arias Galán (1914-1992), primer Comisario-Principal andaluz de la Policía Científica

Juan-Carlos Arias jcdetective /
04 jul 2020 / 04:20 h - Actualizado: 01 jul 2020 / 14:29 h.
"In fraganti"
  • Andalucía Viva
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La cortea vida humana puede abordarse de distintas formas. Hay quien prefiere seguridades y quien opta por aventuras e incertidumbres. La historia real de hoy en #Infraganti resucita el relato vívido de lo que discurrió en frías noche invernales pirenaicas y lo fortuito de un encuentro de dos antiguos compañeros policías en las calles madrileñas justo treinta años después.

Los protagonistas de la historia son dos sevillanos que fueron plantilla del Cuerpo de Investigación y Vigilancia (1824-1941) recién adscritos al Cuerpo General de Policía (hoy Cuerpo Nacional de Policía) a los que bautizaremos como Paco y Pepe, si se admite la cercanía del sobrenombre.

Dantxarinea (Navarra), noviembre 1941

Paco y Pepe llevaban semanas cansados de tanto frío, tanta nieve, tanta oscuridad. Sus días de guardia infinita en el paso fronterizo con Francia eran más relajantes que sus tristes jornadas de la guerra fratricida (1936-39) en la que salvaron la vida, pero palparon el desgarro en sus familias del paredón, las cunetas, campos de concentración y heridas de la contienda. Los dos sevillanos eran policías con ímpetu; aguantaban el chaparrón de un destino reservado para noveles, purgados y alejados. Sus ventitantos años querían comerse el mundo aunque vivían en lo más recóndito.

Dantxarinea en un paso fronterizo donde la economía se basa en el contrabando, para evitar rodeos. Los ‘pasadores’ mercadean con todo, hasta con la fidelidad de los guardias fronterizos. Los negocios entre tanta montaña y valle sólo hacen caja con el paso abierto, a veces cerrados por orden del gobierno francés o español, o por la nieve que colapsa las vías.

La plantilla de la aduana la completaban guardias uniformados, funcionarios represaliados y serviles conseguidores de lo que fuera menester a cambio de pesetas o francos. La parte gala de la frontera la representaban –entre 1940 y 1944- oficiales de la Wehrmacht nazi cuyas relaciones con policías y guardias civiles españoles era cordial. La mítica resistencia francesa ni estaba, ni se le esperaba por aquellos lares.

La rutina presidía las guardias de Paco y Pepe. Su picardía caló a un ingenioso contrabandista de bicicletas cotidiano. Por la mañana vestía ropa de faena desde Francia con rumbo a España a bordo de las dos ruedas. Por las tardes saludaba, bien vestido y a pie, a los guardias regresando a tierra gala. Hacía creer a los aduaneros que labraba tierras en la parte española, pero era vox pópuli que tenía una amante española viuda que revendía las bicicletas a clientela de los valles próximos de la Navarra más encantadora.

No había mucho más allí que los habituales del contrabando más o menos descarado, cuyos padrinos en las aduanas tenían diferentes escalas de soborno. Los ‘pasadores’ tenían embajada en cada aduana. Uno de ellos, se presentó ante Paco y Pepe muy interesado en que oyeran una propuesta de ‘pase’. Los sevillanos eran populares en tan ilocalizable lugar. Llevaban meses allí y esperaban que el futuro les deparaba otros destinos.

El ‘pasador’, llamémosle Patxi, fue al grano. Había un negocio, pero sin dinero. Los guardias nazis en zona gala habían aprobado ya el ‘pase’ tras consultárselo y pagar francos. La parte española precisaba algo más que un soborno. La propuesta del ‘pasador’ era admitir en la aduana a un rabino alemán refugiado en Francia y acompañarlo hasta Lisboa; allí embarcaría hacia Nueva York. Paco y Pepe se miraron cómplices tras conocer que el pago por darle escolta al hebreo era la promesa de una vida en América con trabajo, dinero y el apoyo del rabino al que esperaban en EEUU.

Los sevillanos tenían un par de días para pensarse quién aceptaría ese reto. Este sólo desafiaba la mente de Paco, aventurero encarnado de policía. Pepe tenía hermanos a los que proteger (a dos les salvó la vida, vestido de oficial del ejército, de un campo de concentración) y padres a los que honrar (su madre fue rapada, esposada y paseada desnuda por falangistas en el pueblo donde nació y rechazaba regresar allí por tamaña humillación).

El ‘pasador’ fue a la caseta policial a Dantxarinea a los dos días de lanzar su propuesta a los dos policías. Pepe callaba ante palabras ilusionadas de Paco, que quería salir de allí como fuera. Pepe pensaba para sus adentros que aquello era una locura, difícilmente saldría bien. La respuesta fue un ‘sí’ de Paco mientras el rictus de Pepe era de pésame cariñoso al compañero. No obstante, ayudó a Paco lo que garantizaba el tránsito del rabino por una España de posguerra infectada de chivatos, matones, resentidos y triunfadores prepotentes. Gestionaría salvoconductos para el rabino y sus dos acompañantes con identidades falsas.

Un sentido abrazo despidió a Paco y Pepe de su destino policial. Otro abrazo recibió Paco del ‘pasador’ tras cuajar un negocio que su aval culminaría. Le mostró a la corte del rabino los papeles, plagados de sellos y números, que les servirían para superar inclusive la frontera portuguesa. El abrazo de los policías paisanos dejó lágrimas en los ojos de Pepe por el cariño que le había cogido a su compañero de guardias fronterizas.

Madrid. Gran Vía. Octubre 1971.

Pepe, con 53 años, pasea plácido. Para ante escaparates haciendo tiempo vespertino en días que culminaba curso para Comisario de Policía. Sólo esperaba notas de aprobado y el, temido, nuevo destino que conlleva. El sevillano frecuentó Madrid antes para especializarse en dactiloscopia y fotografía criminal. Sus amistades en la Villa y Corte se limitaban a compañeros del curso y de ‘Identificación’, en el argot un departamento cuyo Gabinete Regional dirigió hasta el fin de sus días policiales. Hoy ese departamento es la Policía Científica.

Alérgico al dinero y superviviente de dos guerras (fue soldado en Regulares -1933/36- y escaló hasta Oficial de Infantería en la guerra impropiamente llamada civil -1936/39-) anclado en su vocación policial y ausente como el científico de laboratorio, Pepe oyó a alguien gritar su nombre. Pepeeeee! Pepeeeee! Fijó la vista y un hombre de su edad avanzaba hacia él con la sonrisa más amplia: ‘Pepe, coño, cuánto tiempo, qué alegría verte’. Pepe, aturdido, no supo quién era hasta que su radar identificador le abrazó de nuevo a Paco, su compañero de Dantxarinea.

La alegría del reencuentro de dos compañeros y amigos justo 30 años después mereció copas, mesa, mantel y palabras para poner al día dos vidas que se bifurcaron desde un alejado puesto fronterizo. Pepe fue muy parco; su vida profesional transcurría entre huellas, reseñas de delincuentes, fotos de robos, cadáveres, accidentes. Era padre familia numerosa, vivía en un piso amplio de la Diputación con hipoteca y su familia en parte emigró a Argentina y Francia para evitar hambre y represalias. Era tal cual, un tipo tranquilo, con seguridad de funcionario, tras los avatares de la vida.

Paco tenía más que contar. Pepe ansiaba oir su relato. Desde que se despidieron en Dantxarinea no sabía nada de él. Paco vestía impecable, soltaba algunos anglicismos y estaba eufórico por estar cerca de Pepe. Contó que al rabino y a sus dos acompañantes los condujo por territorio español a través de cosarios que evitaban carreteras vigiladas por el ejército y la Benemérita. Llegó a Portugal gracias a los papeles que le preparó Pepe, lo que le celebró Paco [el Comisario emitió en Sevilla cientos de certificados de ‘buena conducta’, ‘adhesión al régimen’ y carencia de antecedentes a incontables emigrantes, republicanos y represaliados del franquismo con sellos y números que parecían tan oficiales como creíbles]

En Lisboa alojaron a Paco en un hotelito cercano al puerto donde encontró un sobre en la mesilla del dormitorio con dinero y, en mal español, una nota autógrafa que pedía esperar unos días hasta recibir el pasaje hasta Nueva York.

En el hotel tenía pagada la pensión completa los días que se alojara allí. Al rabino lo ubicaron en una casa discreta de las afueras de una Lisboa plagada de espías, policías, exiliados y buscavidas. Paco lo comprobó todo mientras se perdía por la subyugante geografía lisboeta sus días portugueses. Aquella metrópolis fascinó al Paco aventurero.

Una mañana, muy temprano, alguien tocó la puerta de Paco en su hotel. Un tipo bien vestido le invitó a un coche tras desayunar. Le condujeron hasta un estudio fotográfico donde le sacaron varias instantáneas; en una naviera recogió un pasaje en 2ª en un barco que zarparía en dos días. Paco desde ese día era un portugués judío que emigraba a Nueva York. Paco extrajo de un sobre en la recepción de su hotel su nueva identidad el mismo día que abordaría el crucero que le condujera hasta tierras norteamericanas.

Paco estaba impaciente, excitado por llegar a la América que sueñan tantas personas en todo el mundo. El viaje a bordo desplegó su picardía sevillana y galantería. Su vis de mujeriego hizo amistades que jamás volvió a ver tras desembarcar en Nueva York. La travesía fue plácida, aunque muy larga. Todo se paliaba en la mente de Paco con sus ganas de pisar nuevo mundo.

Tras sortear controles aduaneros de Ellis Island, en Nueva York, Paco fue recogido en lower Manhattan por un coche negro en el que creía jamás montaría. Se creía un actor de Hollywood por un momento. El cochazo le llevó hasta el mismísimo Waldorf Astoria 5* donde se alojó un martes. No lo olvidaba en su relato el lujo del legendario hotel neoyorquino. La cosa tenía muy buena pinta

En el Astoria se pellizcaba Paco. No creía que su arrojo tuviera tanta recompensa. En el hotel le dijeron algo parecido que en Lisboa. Que descansara unos días y que alguien le contactaría. En su habitación encontró tarjeta de una sastrería a la que debía acudir para confeccionarle traje a medida, probarse zapatos y elegir complementos. Un sobre aparte tenía mil dólares, una suma con la que comprar mucho.

Paco estaba feliz. Quería ver al rabino que salvó la vida del horror nazi. Quería darle un abrazo en gratitud por lo que se oficiaba en su favor. No sabía que lo mejor estaba por venir. A la semana de estar en el Astoria y perderse por el Nueva York primaveral de 1941, recibió llamada en español macarrónico que le avisaba de una cita con el rabino.

La cita era en Brooklyn, en la dependencia de una sinagoga. El lugar estaba de gala celebrando el calendario judío. Llegó escoltado por hombres vestidos de negro, callados, con sombreros y tirabuzones. El salón estaba preparado y lleno de comensales para una cena en la que discretamente le sentaron cerca del rabino, ya de avanzada edad y que veía que concitaba el respeto de la sala.

A Paco lo sentaron junto a dos personas que balbuceaban español. Quería agradecer en persona al rabino aquel detalle, pero era imposible. El rabino era la estrella del momento, de aquella inolvidable cena. A los postres en la que apenas entendía nada, pues su inglés era ínfimo, el rabino tomó la palabra. Señaló con su dedo a Paco e hizo levantar en el marco de un sonoro aplauso a todos los comensales. Paco, emocionado porque las manos de la concurrencia se batían en su honor. Paco no cabía de gratitud.

Le tradujeron que el rabino no olvidará nunca la valentía y el coraje de Paco para salvar la vida de un pastor judío en una Europa en guerra. Tras la cena, Paco y sus acompañantes le acercaron al rabino quien reiteró su sincera gratitud. Excusó tener que irse rápido por problemas de salud. No obvió indicar a Paco que dos hombres allí presentes tenían noticias para él.

El acto final de la cena fue conocer otra cita, al día siguiente, en la matriz de un grupo financiero donde el rabino pidió ayuda para encontrarle un trabajo a Paco. Tras meses de aprendizaje del inglés y otros más en el estado de Nueva York, Paco ya trabajaba en una empresa donde fue escalando por mérito propio distintas posiciones laborales.

Al reencuentro de Paco y Pepe, el primero acudió como ejecutivo de una corporación financiera que pasaba días en Madrid para cerrar unos contratos. Vivía en Toronto (Canadá) en un penthouse –ático- en el downtown, cerca del barrio chino, de 300 metros solamente.

Había tenido dos divorcios y parejas que acabaron rotas por culpa de Paco, según admitía con carcajadas. No tenía hijos. Pero sí mucho dinero, un auto de alta gama y acciones en corporaciones que repartían dividendos puntuales. La vida de Paco fue muy distinta a la de Pepe. Los dos policías hicieron update, una actualización y el balance cada cual debe juzgarlo.

Paco y Pepe se despidieron con el mismo abrazo de Dantxarinea. Pepe volvió a Sevilla con su familia y destino como Comisario. Le crearon plaza como jefe del Gabinete Regional de Identificación. Paco regresaba al día siguiente a Toronto en un asiento de primera clase. No volvió a Sevilla nunca. Su familia y amigos fueron desaparecieron en la misma medida que él huyó de aquella España de posguerra, exilio, hambre y vidas rotas.


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