In fraganti

El piso maldito de Los Bermejales

Hay viviendas que tienen estigma. Suceden fenómenos, pasan cosas y el malfario se adueña de algunos pisos o casas. Hoy toca turno a un piso en el barrio sevillano de Los Bermejales donde la desdicha vive

Juan-Carlos Arias jcdetective /
18 dic 2021 / 04:00 h - Actualizado: 18 dic 2021 / 04:00 h.
"In fraganti"
  • El piso maldito de Los Bermejales

No se pretende competir en #Infraganti con el Rey del Misterio José Manuel García Bautista, experto acreditado en lo paranormal La historia de hoy se contrastó sobre varios testimonios y no se señala su ubicación por razones obvias. De lo contrario, la maldad se multiplica. Todo tiene que ver con un piso que, desde antes de entregarse por primera vez sus llaves aloja el gafe. Algo parecido le ocurría al Hotel Macarena, según relatamos.

Los Bermejales es un barrio hispalense que data de pocas décadas. En su territorio conviven dos parques extensos, viviendas unifamiliares, bloques de pisos y precios muy subidos en venta y alquiler pues el barrio está muy cotizado últimamente ya que goza de excelentes comunicaciones, servicios y estratégica ubicación al sur sevillano. Allí viven una mayoría de residentes jóvenes, inquilinos y dueños de VPO, viviendas sociales junto a un sinfín de negocios, centros docentes y organismos oficiales.

Las obras sinfín

EL bloque donde está el ‘piso maldito’ tardó en venderlo. Fue ocupándose poco a poco con ilusionados residentes que en su mayoría se emancipaban de sus padres tras emparejarse o matrimoniar. El malfario se localizó en un piso que se vendió el último del bloque pues registraba humedades, tenía algunas grietas y dejaban mucho que desear algunas dependencias, aunque las estrenaría quien lo comprase.

Unos operarios que manejaban llaves del piso decidieron ubicar un ‘picadero’. Una noche, el coraje y fuerza del amor sacaron en camilla a una amante con collarín al cuello y torcida de dolores. El otro amante estaba impactado por el suceso y salió literalmente corriendo, estaba casado y aquella canita al aire pero plasmada en un colchón podría costarle cara. La leyenda dice que acabo hemipléjica la buena mujer.

El piso tardó en vender pues las reparaciones que precisaba tardaron igual. Además, constructora quebró y dejó la venta huérfana de garantía. Una rebaja sobre el precio de salida logró vender un piso que genera singularidades.

El primer usuario

El bloque del ‘piso maldito’ por fin completó la ocupación de viviendas. El primer comprador del piso estaba punto de jubilarse y pensó que al lograr una rebaja sustantiva por el precio pagado le daba licencia para presumir de ello en reuniones comunitarias. Su escasa humildad y fracasar en cabildos calentitos de cofradías para ser elegido al cargo soñado le convirtieron al final en ‘hermano mayor’ de la Comunidad de Propietarios que alentaron los liquidadores de la constructora para evitar más gastos a la ruina.

El cargo le vino ancho a un tipo que quería mandar en casa ajena cuando nunca lo hizo en la propia, ni en su propia sombra. Como Presidente de Comunidad que se prometía ‘eterno’ hizo lo que hacen los mediocres, se alió con el Administrador para trincar comisiones, dramatizó y alentó derramas prescindibles y promovió pleitos contra ocupantes de locales por ‘actividades molestas’.

En realidad, este sujeto actuaba como un fracasado que rellenaba el ocio de jubilado con querellas para que le acabaran mirando mal. El ‘presi’ fue pillado al tercer cónclave comunitario. Las cuentas no le cuadraban a vecinos que sólo fuero ingenuos al principio, cuando damos créditos inmerecidos. Los pleitos los perdió todos y creó tantas deudas en la Comunidad que cada reunión era un escándalo. El pobre hombre dimitió y en silencio vendió el piso como sutil forma de huir hacia adelante.

La parejita rota

Una entusiasmada pareja compró el piso del ‘presi’ y no sabía lo que le esperaba. Una reforma de las interminables y con mucho ‘pollaque’ que casi les arruina tensó la convivencia y la forma de criar a un bebé. La pareja, tras convivir demasiado poco, acabó divorciada y con portazo mutuo. El piso se puso a la venta. Y tardó en venderse más tiempo del esperado porque hacía poco que estalló la burbuja inmobiliaria y nadie pagaba extras por obras caprichosas de recién casados. Ni reformas que sólo gustan al criterio personal, no al gusto objetivo.

El divorcio se complicó pues las oferta ‘a la baja’ por el piso ya etiquetado con gafe no ponía de acuerdo al matrimonio roto. Varias veces se levantaron en la notaría uno de los ex cónyuges. La puerta del piso tuvo que ser blindada porque encima unos ‘okupas’ que sabían que esa vivienda estaba vacía y sus moradores tardaban en venderla vivieron en el piso hasta desocuparlo destrozado. Imaginen la ex pareja echándose las culpas.

Carteles en los balcones, anuncios en internet y exclusivas no lograron vender el piso. Otra pareja lo compró por mucho menor precio del pretendido por los vendedores. Esa pareja no sabía dónde se metía. Creía haber comprado una ganga.

Más obras, más líos

Los nuevos ocupantes del malfario hecho vivienda hicieron más obras al piso. Su amor parecía infinito hasta que decidieron hacer más obras y ponerlo a su gusto. Algo legítimo. Pero esta vez las obras fueron replicadas por varios vecinos que miraban de reojo a estos nuevos inquilinos. Los mismos acabaron residiendo lejos de la vivienda recién comprada y cada uno en la casa de sus padres.

La pareja no se rompió, pero se distanció lo suficiente como para dejar el piso a la deriva y volver al hogar que les vio crecer. La Comunidad fue implacable y pleiteó sobre una multa municipal por alterar elementos estructurales del bloque unas obras que, cómo no, parecían no tener fin y los sobrecostes pudieron al presupuesto inicial.

Nadie sabe por qué pero el piso está de nuevo venta. La nueva pareja que lo compró no da explicaciones a ningún vecino-cotilla. Nadie quiere comprar el piso porque ya tiene leyenda de cenizo sobre lo que ha sucedido entre sus distintos ocupantes. El personaje deslenguado que siempre aparece en esta clase de historias atribuye al piso un aura negativa, un fantasma inclusive que se esconde tras la primera chica que sufrió un grave accidente en plena faena amorosa que la reportó a una silla de ruedas.

Más leyendas, obviamente injustas, relatan que el piso es perfecto para que una pareja se rompa tras obrarlo o decorarlo a su gusto. El que fuera primer comprador y presidente de la Comunidad, dicen las malas lenguas, visitaría en secreto el bloque porque añora el único cargo que tuvo en la vida. La aspiración de presidir una comunidad vecinal parece que es una elevada misión de relevancia planetaria.

Entre unas cosas y otras, esperemos que no cunda el pánico. Los demonios que acumula un piso de Los Bermejales no deben ir más allá de la calentura vecinal, las falsas leyendas y estigmatizar sin prueba alguna. Avisados quedan la mala suerte tiene donde residir. ¿Los fantasmas existen?


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