El papa, el sexo y un tiempo nuevo de perdón

Francisco pide perdón a los indígenas de Canadá mientras prepara una nueva encíclica que abordará asuntos tabú como la procreación asistida, los preservativos o la eutanasia

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
26 jul 2022 / 10:47 h - Actualizado: 26 jul 2022 / 10:49 h.
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El papa Francisco anda estos días por Canadá en un viaje que él mismo ha calificado de “penitencial” porque está dispuesto, sin que se le caiga el anillo, a pedirles perdón, en nombre de toda la Iglesia Católica, a aquellos 150.000 niños indígenas que fueron arrancados de su seno familiar y cultural para resetearse forzosamente a la Cristiandad. De camino, también está demostrando que apenas quedan líderes internacionales capaces de aguantar una agenda de primer nivel, de vuelo en vuelo, con mucho más de 80 años. Que le pregunten a Biden, a punto de cumplirlos. Hace solo unas semanas, su círculo más cercano hablaba de su visita inminente a Ucrania, aunque el mismo pontífice relativiza ahora que vaya a ser en agosto.

En cualquier caso, lo trascendente de estos periplos papales por todo el orbe no es el hecho en sí de viajar, pues esa tendencia ya la inauguró Juan Pablo II, ahora santo, sin dar pasos hacia adelante sino más bien lo contrario. Lo trascendente es la posibilidad de que toda esa ansia viajera del nuevo papa con una disposición de gran angular se ponga por escrito donde los papas sientan cátedra: en una nueva encíclica.

Está sonando dentro y fuera del Vaticano hasta el título que podría llevar: Gaudium vitae (La alegría de la vida), lo cual ya da una idea bastante plástica del aperturismo que pretendería encerrar. El propio papa, en las declaraciones a periodistas en sus continuos vuelos, ha dado muestras desde el principio de ser un pontífice con los pies en el suelo del mundo, con voluntad de pisar más y levitar menos. Solo hay que recordar sus tres encíclicas anteriores: Lumen fidei (La luz de la fe), que publicó en 2013, el año que la Iglesia celebraba justamente la Fe; Laudato si’ (Alabado seas), de 2015, acerca del medio ambiente y el desarrollo sostenible (¡ya era hora de que la Iglesia se ocupara materialmente del jardín del Edén); y Fratelli tutti (Hermanos todos), de 2020, sobre la fraternidad y la amistad social. Salvo la primera, que le vino un tanto dada nada más aterrizar, las otras dos encíclicas tienen mucho más que ver con el Reino de Dios en este mundo que en otro que nos prediquen: el medio ambiente, el desarrollo sostenible y la amistad social. A ningún papa se le había ocurrido antes disertar sobre ecología en tantísimos sentidos. O tal vez es que la Iglesia no lo había necesitado. Pero el mundo ha cambiado tanto, hasta lo increíble, que también la Iglesia –sal de la tierra- se ve obligada a seguir sobreviviendo en el mundo con los asuntos que son verdaderamente trascendentes aquí abajo. El papa está convencido de que de lo de arriba ya se encarga Él solo.

Con 85 años bien cumplidos, es probable –pero no seguro- que esta próxima encíclica sea la última de Francisco, y bien podría ajustarse al testamento que precisa su condición de papa para un nuevo tiempo. Aunque la inmensa mayoría de la feligresía tiene deglutidas desde hace muchas décadas las cuestiones que la encíclica puede abordar, en las altas esferas no están acostumbrados a tratarlas abiertamente sin generar desagradables cismas, y ahí estará la diplomacia literaria de Bergoglio para evitarlos, para torear sin que lo parezca a las mentes más conservadoras que han venido dominando –y socavando su propia crisis, también- el papel de la Iglesia en la sociedad. No debe de ser casualidad que el asunto de la moral sexual vuelva a la palestra cuando se debate la ordenación sacerdotal de mujeres y de hombres casados y mientras se prepara la beatificación de Juan Pablo I, que cuando fue cardenal se atrevió a pedirle a Pablo VI que diera el visto bueno a la píldora en Humanae Vitae.

La nueva encíclica -insisten voces de la nueva corriente en el seno de la Iglesia- podría abordar cuestiones como el matrimonio y el sexo antes de él, la procreación asistida, los preservativos, el aborto o la eutanasia, que necesitan con urgencia una puesta a punto a la luz de la doctrina eclesiástica. Lo que no le vale a Jesús es la hipocresía de mirar constantemente para otro lado. La Iglesia se ha acostumbrado, desde siempre, a evitar los asuntos acuciantes de la realidad del momento remitiendo a realidades pasadas, pero siempre ha habido un momento en el que ha tenido que coger el toro por los cuernos, con la misma naturalidad con la que Jesús de Nazaret no rehuía las preguntas capciosas de los fariseos. Fue Cristo quien dijo aquello de que la verdad nos hará libres. Y a estas alturas del siglo XXI la verdad necesita aliarse con la bioética. Y la Iglesia lo sabe.


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