domingo, 20 septiembre 2020
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A vuelta con las magnas: De Bueno Monreal a Asenjo (y II)

Las misiones generales de 1965 sirvieron para despedir toda una época. Aún quedaban casi dos décadas para el boom experimentado en los años ochenta y la desmesura contemporánea

08 abr 2020 / 13:10 h - Actualizado: 08 abr 2020 / 13:27 h.
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  • El crucificado de la Buena Muerte fue instalado en la caseta del Labradores durante las Misiones Generales de 1965.
    El crucificado de la Buena Muerte fue instalado en la caseta del Labradores durante las Misiones Generales de 1965.

Decíamos en la primera parte de esta breve serie que José María Bueno Monreal había aterrizado en la archidiócesis de Sevilla en calidad de arzobispo coadjutor y con instrucciones muy claras. Se trataba de despedir una época y dar la bienvenida a una nueva –el tsunami del Concilio- que no siempre fue comprensiva con la tradición de las cofradías y la mal llamada religiosidad popular. El nuevo prelado sería el encargado de convocar las célebres misiones populares de 1965, que merecen un capítulo aparte. Don José María, una vez más, se iba apoyar en el poder de las imágenes para dar contenido una iniciativa que pretendía -de alguna manera- unir la Sevilla que iba naciendo más allá de sus límites históricos con los antiguos veneros de Fe. El arzobispo movilizó a 55 cofradías que, cosas del momento, no tuvieron demasiado margen de maniobra para aceptar unos traslados que suponían ubicar las imágenes titulares en chamizos, almacenes, garajes, carpas... y hasta una caseta de feria. Aquella iniciativa colocó en el imaginario popular algunas escenas que ya pertenecen a la historia íntima de la Semana Santa. El Gran Poder subiendo el puente de San Bernardo; la Soledad haciendo estación en el cementerio camino de San Jerónimo; el Crucificado de los Estudiantes bajo la lona rallada de la caseta del Círculo de Labradores... Pocos recuerdan ya que la mismísima Esperanza de la Macarena fue trasladada en una camioneta acondicionada hasta la parroquia de San Juan de Ribera del emergente Polígono de San Pablo.

A vuelta con las magnas: De Bueno Monreal a Asenjo (y II)

Del concilio al boom de los 80

Aquellas misiones populares fueron el canto del cisne de toda una época. Los nuevos vientos eclesiales, removidos por ciertas interpretaciones del Concilio Vaticano II -que se había clausurado ese mismo año de 1965- movieron al clero a mirar de otra forma el particular universo de las cofradías. Había nacido ese nefasto término de religiosidad popular para distinguirla de los nuevos -y despóticos- aires eclesiales que en algunos casos arrasaron como un apisonadora un ingente patrimonio inmaterial Pero no hay mal que cien años dure. La década de los 70 no fue el mejor terreno para este tipo de expresiones de religiosidad. En la larga lista de salidas extraordinarias que registra la Virgen de los Reyes durante el siglo XX no hay ninguna en esos años. La última la efectúa ese mismo año de 1965 como clausura a las misiones generales. La Virgen, de alguna manera, está dando el cerrojazo a un tiempo.

A vuelta con las magnas: De Bueno Monreal a Asenjo (y II)

Pero algo iba a cambiar. La patrona volvió a salir de forma extraordinaria en 1981 -para rogar por el fin de la sequía- y en 1982, en vísperas del viaje de Juan Pablo II y la beatificación de Sor Ángela de la Cruz. Esas salidas podrían ser tomadas como punto de referencia para marcar el tremendo ‘boom’ que iban a experimentar las cofradías en la década de los 80, con o sin el aliento de sus pastores. Paralelamente, había llegado un nuevo arzobispo que, después de los titubeos iniciales, que iba a tomar buena nota del poder de convocatoria de las cofradías y las imágenes. Y es que Carlos Amigo, el joven prelado franciscano que llegaba de Tánger, tomó posesión de la silla de San Isidoro en la primavera de 1982. La coronación de ese nuevo tiempo se vivirá en 1992 y tendrá sus consecuencias en los años siguientes hasta sembrar la desmesura que hoy padecemos. Pero el futuro cardenal Amigo sabía que los fastos del 92 no podían estar completos sin el concurso de las hermandades. Al calor de la Exposición Universal se organizó la recordada Magna Hispalensis que entre otras piezas maestras del patrimonio de la Archidiócesis, incluía los pasos del Cristo de las Misericordias de Santa Cruz y el palio de la Candelaria.

Apoteosis del 92

Las cofradías vivieron su propia apoteosis, bajo el título de ‘Los Esplendores’, la impresionante exposición que reunió los pasos de Jesus de Pasion, El Cristo del Amor, los palios de la Victoria y el Dulce Nombre además de los misterios completos de la Exaltación y el Misterio de San Benito. Los cortejos de ida y vuelta de aquella muestra inolvidable forman parte del argumento de aquel frenético 92 –al que no le faltó su Santo Entierro Grande- que se fue para no volver. Pero aquella nuestra se ampliaba en el cercano convento de San Juan de Dios con la participación de las glorias. Se expusieron las imágenes de la Virgen de los Reyes de los Sastres, la Reina de Todos los Santos, la Virgen de la Amparo, de la Salud, de la Alegría, Esperanza de San Martín, la Pastora de la calle Amparo, la Virgen de la Luz y Madre de Dios del Rosario.

En ese mismo caldo de cultivo hay que consignar una nueva salida extraordinaria de la Virgen de los Reyes, en 1993 y sin tumbilla, para rogar por la lluvia. Iban pasando los años mientras se reafirmaba la toma de conciencia del poder del universo cofrade, que empezaba a reventar sus propias costuras. Eso sí: el arzobispo Amigo pinchó en hueso cuando sugirió trasladar a la catedral el cuerpo incorrupto de la Beata Ángela de la Cruz en el paso del Santo Entierro. Fue en 2003, con motivo de la canonización de la Madre de los pobres. Sor Ángela fue llevada al primer templo, pero lo hizo en unas sencillas andas. En cualquier caso, se estaba empezando a bordear un peligroso punto de no retorno...

Cambio de mitra: La JMJ de Madrid

Las cofradías siguieron en el punto de mira de la mitra hispalense a pesar del cambio de pontificado y los tropiezos iniciales. Don Juan José Asenjo había asumido plenos poderes en el gobierno de la archidiócesis de Sevilla en noviembre de 2009 después de la difícil convivencia inicial en calidad de arzobispo coadjutor. Menos de un año después pudo comprobar la capacidad de convocatoria de la imagen de la Esperanza Macarena, escogida para presidir el solemne pontifical que se celebró en el Estadio de la Cartuja para beatificar a la madre María de la Purísima, de las hermanas de la Cruz.

El poder de la Esperanza pudo pesar en algunas decisiones posteriores pero monseñor Asenjo no terminó de calibrar la idiosincrasia interna de las corporaciones penitenciales cuando alentó -bajo la llamada del entonces todopoderoso cardenal Rouco- el traslado del Cachorro o el Señor de las Tres Caídas para sumarse al Vía Crucis organizado en Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud que tenía que presidir Benedicto XVI en agosto de 2011. La junta de gobierno de la hermandad de la calle Castilla rechazó el ofrecimiento. En Pureza se llegó a convocar un cabildo general que tumbó de forma contundente el proyecto. Cuando todo parecía perdido -se llegó a anunciar que Sevilla no estaría representada en el ejercicio piadoso que reunía pasos y tronos de toda España- se llegó a la solución definitiva en la calle Orfila. La mediación de Manuel Soria Campos, hermano de los Panaderos y delegado de Hermandades y Cofradías, fue fundamental para que el palio de la Virgen de Regla se sumara a aquel evento llegando a protagonizar una procesión extraordinaria por las calles de Madrid atravesando la mismísima Gran Vía.

Pero no fue la única apuesta de tintes cofrades que se le atrancó al actual arzobispo, que ya está próximo a presentar su renuncia al papa Francisco. Las inclemencias meteorólogicas se encargaron de sentenciar el Via Crucis Magno que había convocado con motivo del año de la Fe. Es historia reciente: aquel 17 de febrero de 2013 se hartó de llover. El Señor de Montesión; el misterio de la Redención; el de San Gonzalo; el primer paso de la cofradía del Carmen Doloroso; el Señor de la Salud y Buen Viaje; el Nazareno de los Gitanos; Nuestro Padre Jesús de la Pasión; el Gran Poder; el Señor de las Penas de la Estrella; el paso de misterio de Montserrat; las Siete Palabras; el Cachorro y la urna del Santo Entierro tuvieron que quedarse en sus templos mientras el Vía Crucis se verificaba por las naves del templo mayor con la Cruz de Guía del Silencio y el Lignum Crucis de la Hermandad de la Vera Cruz. Sólo la cofradía de Torreblanca se atrevió a sacar su paso de misterio más allá de la puerta de Santa Marina -la iglesia que la había acogido- en una polémica decisión.

En cualquier caso, Asenjo asumió que la iglesia diocesana hispalense no se puede entender sin el poder de las imágenes ni la capacidad de convocatoria de las cofradías que le dan culto. Pero hay devociones que están por encima del bien y del mal. El año de la Misericordia convocado por el papa Francisco sólo podía ser clausurado en olor de multitud apuntando a San Lorenzo. En ese caldo de cultivo se gestó la petición a la hermandad del Gran Poder para que sea la imagen del Señor presidiera el jubileo de las hermandades y cofradías de la archidiócesis. El arzobispo Asenjo, en la carta enviada a los hermanos del Gran Poder, justificaba inmejorablemente la elección del Nazareno de Mesa: “ el rostro del Señor del Gran Poder es el que mejor refleja plásticamente el amor y la misericordia de Cristo hacia todos nosotros”.

El resto es historia reciente. Las voces surgidas en torno a la conveniencia de sacar algunas imágenes para dar gracias por el fin de la pandemia que aún no se adivina tuvo una contestación contundente, con o sin las instrucciones pontificias aludidas en la primera parte de esta serie. Posiblemente era una auténtica frivolidad hablar de ciertas cosas aunque hay que ubicarlo –y comprenderlo- en el desconocimiento del alcance real de este fatídico virus. La expansión del contagio y la larguísima lista de víctimas han cortado el debate. Las imágenes, hoy por hoy, sólo necesitan nuestros rezos...


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