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Buscando a Guadalupe (y recordando a Luis Álvarez Duarte)

La bellísima dolorosa del Lunes Santo cambió para siempre la historia de la Hermandad de las Aguas y consagró precozmente a al jovencísimo imaginero de las Huertas de la Trinidad. El pasado sábado fue despedido a sus plantas en la capilla del Rosario de la calle Dos de Mayo

20 sep 2019 / 12:59 h - Actualizado: 20 sep 2019 / 13:37 h.
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La hermandad de las Aguas había desembarcado en la iglesia de San Bartolomé, prácticamente con lo puesto, la víspera de la Purísima de 1955. Llevaba más de una década hibernando en el cercano templo de Santiago, al que se había trasladado después del incendio que destruyó la mayor parte de su patrimonio -incluyendo el primer crucificado de Illanes- y sentenció la salida del convento de San Jacinto, que abría así la espita de su divorcio con unas cofradías que irían saliendo una a una hasta dejar desierto el viejo cenobio trianero. ¿Se había tocado fondo? Posiblemente, pero la vieja hermandad acabaría renaciendo de las cenizas del retablo calcinado en el incendio del templo dominico para comenzar una nueva vida al otro lado del Guadalquivir.

El papel de Delgado Alba

El recordado cofrade Juan Delgado Alba había conocido la hermandad en la iglesia de Santiago. Allí se incorporó a la exigua nómina de hermanos aunque es en San Bartolomé donde queda vinculado al gobierno de la corporación a través de la gestora nombrada por la autoridad eclesiástica. Se trataba de sacar a la cofradía de la enorme postración en la que se encontraba. Entonces no lo sabían, pero estaba comenzando una nueva época para la hermandad en la que Delgado Alba tendría muchas cosas que decir: “de ser una hermandad humilde y pobrecita pasó a buscar hermanos y fuentes de financiación apostando por la renovación para convertirse en una cofradía como las demás. Para ello tiró de jóvenes y no tan jóvenes entre los que estaba yo”. Ese yo era y es Joaquín Delgado-Roig, ex hermano mayor del Silencio que en esos años irrepetibles se incorporó a la nómina de la corporación de Lunes Santo de la mano del propio Delgado Alba, su primo hermano. A pesar de la diferencia de edad, el reconocido cofrade de la Primitiva -entonces muy joven- se convertiría muy pronto en la mano derecha de su primo en esa etapa de renacimiento que abría un tiempo nuevo para la cofradía del Lunes Santo.

Había que sanear las arcas; actualizar las listas, poner todo en orden... pero la hermandad necesitaba un revulsivo, la última chispa que espoleara su definitiva renovación. Una vez más, Delgado Alba iba a tener la solución. Se trataba de mirar al futuro sin dejar de bucear en las fuentes documentales de la propia hermandad. “Juan había leído que 75 años antes se había acordado incorporar un paso de palio en un cabildo celebrado en San Jacinto. Él siempre quiso identificar la incorporación de la nueva dolorosa con ese acuerdo remoto”. Eran muchos los retos, muchos los proyectos pero la invocación de esa acta olvidada iba a dar un vuelco a la hermandad: comenzaba la búsqueda de la Virgen de Guadalupe. Eso sí, “nunca se pensó en una imagen de encargo y el misterio de las Aguas se consideró intocable entonces aunque muchos apostaban por trasladar la Virgen del Mayor Dolor al futuro paso de palio”, matizaba Joaquín Delgado-Roig en el reportaje publicado en la revista Más Pasión en octubre de 2012.

Delgado Alba ya se había convertido para entonces en el hermano mayor de las Aguas (1963) después de ejercer como mayordomo en la junta electa que siguió a la gestora provisional. El flamante hermano mayor y su infatigable primo -que también acabaría ascendiendo de segundo a primer mayordomo para bregar con las tozudas cuentas- comenzaban la búsqueda dos años después sin saber, ni remotamente, que aquella imagen que todavía sólo era el sueño de unos pocos se acabaría llamando Guadalupe. El seiscientos de Joaquín y la moto de Juan se convirtieron en las unidades móviles de un periplo que tuvo por escenario aquella Sevilla apasionante -llena de tipos irrepetibles- de mediados de los años 60.

“Juan llegó a interesarse por la primitiva Virgen de la O a través de Antonio Martín Alborch, el padre de los Martín Cartaya. Estaba en un cajón -yo no la llegué a ver- aunque no debían estar por la labor de cederla porque pidieron cerca de 200.000 pesetas, que ya estaba bien para la época” refería Joaquín Delgado-Roig. Había que seguir buscando y la singular pareja se dirigió al estudio de Juan Abascal, en la calle Alhóndiga, a interesarse por una nueva dolorosa. “Mucha gente fue a verla pero la Virgen no terminó de gustar. Curiosamente, al lado de aquella imagen estaba la primitiva Virgen de la Concepción desprovista de candelero y con la telas encoladas a la que no fui capaz de reconocer al principio”, señalaba el veterano cofrade. Había que volver a tomar el seiscientos y la motillo; la búsqueda continuaba entre tintitos, tapitas y charlas de cofradías. “Juan también pensó en una dolorosa, creo que de Astorga, que estaba en San Ildefonso. Visitamos a un abogado de la hermandad de los Sastres como mediador que tenía despacho en la calle Boteros y era hijo del dueño de Al Siglo Sevillano”. Tampoco hubo fumata blanca: una nueva imagen de Astorga, ésta vez en la iglesia de los Capuchinos, fue visitada sin llegar a colmar las expectativas. Tampoco faltaron ofrecimientos en ese peculiar ‘casting’ cofrade: “Illanes ofreció una obra suya, pero creo que solamente quedó en eso y desconozco si fue él directamente quien lo hizo”. En aquellas idas y venidas también apareció “un cura extrañísimo que vivía en el Pelícano que decía que tenía una Virgen”. Aquel recorrido incluyó una visita al domicilio paterno de Antonio Dubé de Luque: “tenía una habitación a modo de taller y nos enseñó una mascarilla que estaba modelando. No puedo recordar si se trataba de vendérnosla o sólo mostrar su trabajo. Posiblemente esa imagen fue después la Virgen de Consolación de la Sed”. Aún hubo una última incursión en San Isidoro en busca de alguna imagen perdida pero la Virgen definitiva seguía sin aparecer.

Buscando a Guadalupe (y recordando a Luis Álvarez Duarte)

Un jovencísimo imaginero de las Huertas de la Trinidad

Para entonces, las pretensiones de la hermandad y las andanzas de Juan y Joaquín eran de sobra conocidas en aquella Sevilla interior. Pero un hecho inesperado iba a cambiar de raíz los planes iniciales. Luis Álvarez Duarte era un joven y desconocido imaginero, todavía adolescente, que se había estrenado en el oficio con sólo doce años labrando la Virgen de los Dolores de San José Obrero que ya ha rebasado de largo el medio siglo. “Yo no sabía ni donde estaba San Bartolomé”, recordaba el propio escultor, entrevistado hace siete años para este reportaje. “Me dijeron que estaba detrás del cine Florida y allí me fui para encontrarme con el sacristán, Pepe Calvo, que al principio no me hizo mucho caso después de que le preguntara si era allí donde buscaban una Virgen. Pero me acabó acompañando a mi casa con una motillo y me dijo que tenía que ir a la Winthertur, en la plaza de Cuba, a ver al hermano mayor...”. La búsqueda de los primos Delgado estaba tomando derroteros inesperados y el jovencísimo creador se plantó en el despacho de Delgado Alba con las fotos que había hecho Fernand a la virgencita que había labrado con sólo quince años.

“Álvarez Duarte guardaba la imagen en su casa y la había vestido con ropas pedidas a la Trinidad. Nadie conocía entonces a aquel muchacho y nos fuimos a su casa de Vara del Rey a ver la imagen. Allí estaba la Virgen, vestida de aquella manera, con un color sonrosado pero tenía algo... Yo pensé que mejor vestida...” recordaba Joaquín. La futura Virgen de Guadalupe empezaba a encontrar su lugar en el mundo abriendo la puerta, de paso, de los nuevos tiempos de una cofradía y de la fecunda carrera de un imaginero.

La memoria de Joaquín volvía a ser el mejor hilo conductor: “Pronto empezó a desfilar por allí gente de mucha categoría cofradiera de aquel tiempo. Y llegó un momento en el que se acordó comprar la virgen en ‘petit comité’. Incluso contábamos con dos donantes que se ofrecieron a sufragar la imagen. Yo le pregunté a Luis, ¿Cuánto vale la Virgen? La Virgen vale 12.000 pesetas pero se pueden quedar en 10.000”. Los donantes aportaron aquellos dos mil duros de 1967 aunque el joven mayordomo completó las 2.000 pesetas restantes. Aquella virgencita de las huertas de la Trinidad se marchaba a San Bartolomé, en el corazón de la Judería.

La imagen ya era un hecho pero aún faltaba la incorporación oficial a la hermandad y, sobre todo, la elección definitiva de la advocación con la que iban a venerarla sus hermanos. Una vez más, la memoria de Joaquín Delgado-Roig sirvió de hilo conductor: “cuando se bendijo la Virgen ya llevaba un año en San Bartolomé, estaba en una ventana de la sala capitular que se había reconvertido en una especie de camarín. Se quería acertar con la elección, que la gente se habituara a ella, pudiera opinar... estaba vestida con ropas de hebrea de la Virgen del Mayor Dolor”.

Y Guadalupe se llamó...

Pero la Virgen seguía sin nombre, a pesar de que en el seno de la corporación se barajaban advocaciones como la Aurora, el Amor o la Oliva, que “era un intento de Juan de incorporar al gremio olivarero recuperando una advocación perdida en Sevilla y de paso, buscar financiación”, según explicaba en septiembre de 2012 el ex hermano mayor del Silencio. Pero los planes de aquellos hermanos que llevaban trabajando desde 1965 en la incorporación de la nueva titular iban a sufrir un sesgo inesperado: en el cabildo general celebrado en la sacristía de San Bartolomé para validar la definitiva advocación, el cura propio de San Bartolomé -don Salvador Díaz Luque- propuso que la Virgen se llamara Guadalupe arropado por algunos hermanos muy vinculados a la parroquia. Y Guadalupe se llamó sin que nadie pudiera adivinar entonces todo lo que significaría ese hermoso nombre. La hermandad estaba encontrando el revulsivo que necesitaba para reencontrarse consigo mismo y Luis Álvarez Duarte brindaba “la dolorosa que me abrió las puertas de par en par”. En 1969 salía por primera vez a las calles de la Judería, camino de la catedral, en un precario paso de palio que llegó a contar con una peana forrada de papel de plata. Era el estreno de ese tiempo nuevo y el definitivo espaldarazo a un creador fecundo que fue despedido a los pies de la Dolorosa de su vida en la capilla del Dos de Mayo.


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