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400 años del Gran Poder

Juan de Mesa: y después fue el olvido...

La memoria del gran escultor de Córdoba quedó enterrada durante tres largos siglos bajo la alargada sombra de Juan Martínez Montañés

14 feb 2020 / 12:31 h - Actualizado: 14 feb 2020 / 12:45 h.
"Santa Cruz","Rehabilitación","400 años del Gran Poder"
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Juan de Mesa había firmado un impresionante catálogo de imágenes en un apretado espacio de tiempo. ¿Cómo es posible que sus contemporáneos ignoraran esa rotunda obra? ¿Por qué no quedó ninguna referencia escrita, ninguna alusión bibliográfica? Martínez Montañés había precedido en fama y apogeo al que habría de ser su discípulo y aún lo sobreviviría más de dos décadas, un tiempo más que suficiente para enterrar la memoria de un aprendiz que le había adelantado por la mano. En sólo un lustro había logrado una cualificación profesional y un virtuosismo expresivo y artístico para el que su maestro necesitó una vida entera.

Algo no encaja: envidia de sus colegas, un difícil carácter o un sentido extremadamente reservado de su privacidad... Pacheco tampoco lo incluye en su galería de sevillanos ilustres en lo que, a primera vista, parece un enterramiento premeditado de su estela urdido por sus contemporáneos. Tampoco debió ser Juan de Mesa, entregado a su labor, un buen panegirista de sí mismo. Su obra obvia cualquier comentario y no necesitaba bardos. Mesa muestra su orgullo artístico, la satisfacción del trabajo bien hecho, en los múltiples documentos firmados que depositaba en el interior de las esculturas. Esos papeles han servido para certificar autorías sin ningún género de dudas.

Esa labor iba a sobresalir muy pronto entre las obras de sus contemporáneos que, a su muerte, cubren de silencio la memoria del escultor cordobés hasta perderse todo rastro de la autoría de tantas piezas maestras que, con el correr del tiempo, acabarían adscritas al catálogo de Montañés. El maestro de Alcalá la Real lograría mantener prestigio y memoria después de muerto hasta el punto de lograr que se le atribuyera cualquier obra relevante que concordara con su época. Quizá sea demasiado aventurado pero... ¿pudo Montañés aprovecharse de las dos décadas que sobrevivió a su discípulo para incautarse de la autoría de sus obras? Posiblemente es una valoración demasiado dura e injusta para el que llegaron a llamar Dios de la madera pero con el ego y el divismo de los artistas nunca se sabe...

Los primeros datos

En 1927 se iban a producir varios descubrimientos vitales para rehabilitar la figura de Juan de Mesa en coincidencia con el tercer centenario de su muerte. Pero hay que retroceder: A finales del siglo XIX, José Bermejo y Rodríguez Jurado ya habían alumbrado los primeros datos sobre su figura en torno a la identificación de la autoría del crucificado de las Misericordias del convento de Santa Isabel. ¿Quién era ese fantasmal Juan de Mesa del que nadie había hablado nunca? Los descubrimientos en el Archivo de Protocolos de Sevilla desatarían los acontecimientos. Es en ese mismo año -1927- cuando el jesuita padre Gálvez saca a la luz un documento hallado en una imagen de San Francisco Javier del colegio de San Luis de El Puerto de Santa María. Miguel del Bago, Heliodoro Sancho y Antonio Muro comienzan a bucear en el archivo de Protocolos antes de que un entonces jovencísimo investigador llamado José Hernández Díaz se convirtiera en el principal impulsor para rehabilitar la figura de aquel desconocido imaginero. Pero fue Heliodoro Sancho Corbacho el que –en 1930- puso en pie la personalidad del escultor con un artículo publicado en ABC en el que arrebataba –no sin disgusto de sus hermanos- la autoría del Gran Poder a Juan Martínez Montañés.

Juan de Mesa: y después fue el olvido...
El descubrimiento de la autoría del Cristo de las Misericordias de Santa Isabel fue vital para poner en pie la identidad de Juan de Mesa. Foto: José Luis Filpo-Wikipedia

A cuentagotas y con el impulso decidido de Hernández Díaz se le siguen atribuyendo nuevas obras en las que el nombrado Archivo de Protocolos iría desvelando escrituras contractuales que permitieron catalogar las piezas y hasta desentrañar las circunstancias económicas y sociales en las que se produjeron los encargos pero es la identificación de la partida bautismal en la parroquia de San Pedro de Córdoba la que acabaría de despejar todas las dudas sobre la personalidad e identidad del gran artista barroco. El proceso seguiría abierto y hasta aliado con casualidades. En el recuerdo del mundo cofrade sevillano está el fortuito desprendimiento de la cabeza del Cristo de los Estudiantes –provocado por un accidente de la parihuela- en un traslado a la iglesia de la Anunciación para presidir sus cultos. Fue el 27 de febrero de 1983. En medio del desconcierto, el médico José María Gutiérrez usó la antorcha de su cámara fotográfica para iluminar el interior de la cabeza del Cristo de la Buena Muerte. Un papel, escrito del puño y letra de Juan de Mesa confirmaba lo que ya se sabía: Ego feci Ioannes de Mesa. 1620

Juan de Mesa: y después fue el olvido...

El profesor Hernández Díaz fue uno de los principales impulsores de la rehabilitación de la figura de Juan de Mesa

Su vida: la entrega a la creación

Mesa estuvo más preocupado en su propia obra, en abrir a golpes de gubia los caminos del gran Barroco –a la vez que consolida su propio lenguaje creativo- que de labrarse un hueco en la alta sociedad o forzar la concesión de alguna ejecutoria de nobleza. En ese aspecto los tiempos no han cambiado tanto. En vez de como sucede en tantos casos –y en eso Sevilla sigue siendo crepitante hoguera de las vanidades- a Juan de Mesa le interesó ser más que parecer y, seguramente, se movió con mayor comodidad en la intimidad de su ámbito cercano de amigos y familiares que en grandes foros y salones en los que su posible carácter retraído y reservado no le dejaría sentirse a sus anchas. No es de extrañar esta circunstancia, más allá del tópico, teniendo en cuenta su cuna cordobesa.

Ya abordamos un acercamiento a sus primeros y perdidos años en el primer reportaje de esta serie pero para acercarnos a su entorno íntimo hay que volver al rastro documental: el 11 de noviembre de 1613 contrajo matrimonio con la sevillana María de Flores en la iglesia de Omnium Sanctorum, barrio en el que se estableció algunos años antes de mudarse a la calle Pasaderas de la Europa, entre la iglesia de San Martín y la Alameda de Hércules. Allí abrió su taller en 1616 y allí permaneció hasta su temprana muerte. También se sabe que esas casas de San Martín se las había arrendado el escultor y arquitecto Diego López Bueno y que se encontraban frente a la portería del Hospital Amor de Dios que bautizaría a la calle contigua.

Juan de Mesa: y después fue el olvido...
Juan de Mesa fue enterrado en algún lugar de la parroquia de San Martín, tal y como recuerda la placa colocada en 1937.

Uno de los personajes más allegados al imaginero era el ensamblador Antonio de Santa Cruz que se había casado con Ana de Flores, hermana de la mujer de Juan de Mesa, a la que su concuñado ayudaría con la dote. De los discípulos que trabajaron con el maestro cordobés, el más conocido fue el también cordobés y notable escultor Felipe de Ribas, sin que se tengan demasiadas noticias del resto de sus colaboradores. Dentro de ese ámbito personal hay que destacar que perteneció a la nómina de la Hermandad del Silencio, al igual que Pacheco, y que tuvo que mantener una intensa relación con las órdenes religiosas de aquella Sevilla de santones y pícaros, en especial con los padres de la Compañía de Jesús.

Tocado por una enfermedad profesional que minó sus pulmones irreversiblemente –seguramente vinculada con su febril dedicación al trabajo- murió el 26 de noviembre de 1627 cuando a la Virgen de las Angustias que había contratado para Córdoba “no le quedaba tres días de trabajo”. Juan de Mesa fue enterrado al día siguiente en algún lugar de la parroquia de San Martín, tal y como recuerda una placa situada en 1937. Después fue el olvido...


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