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Los caminos de la Esperanza

Los besamanos de las seis imágenes con la advocación de la Esperanza conforman una peculiar ruta que une las desaparecidas murallas y el arrabal trianero con el centro de la ciudad. Allí se produce el acto más íntimo y hermoso –seguramente también el más desconocido- de este itinerario cofrade que sirve de antesala a la inmediata Navidad

17 dic 2019 / 10:43 h - Actualizado: 17 dic 2019 / 10:45 h.
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  • Los caminos de la Esperanza

La espera de la Navidad tiene en Sevilla un prólogo íntimo que nace en la Puerta de la Macarena y se derrama por las rondas mientras busca el compás antiguo de la Trinidad y la parroquia de San Roque; es un secreto compartido –trajín de loterías, ilusión, incienso, vaho y humo de castañas en el aire frío- que cruza el río y se bifurca por las dos Trianas: la marinera de Pureza y Santa Ana y la alfarera de Callao y Castilla.

Es un recorrido circular que vuelve al corazón de la ciudad para llenar de luz, “hágase en mí según tu palabra”, la iglesia de San Martín después de atravesar un belén pequeño y febril –hormigueo y compras menudas en José Gestoso- para adentrarse en los recovecos de la Sevilla interior. La fiesta de la Expectación, cada 18 de diciembre, inaugura otra espera y supone el primer y más auténtico barruntillo de la lejana Semana Santa que se hace presente en el lujo y las colas de los besamanos, en el olor a cera e incienso nuevos y las flores invernales que se mezclan con las luces callejeras y la escalada de compras de última hora en las que se ha convertido esa navidad que se escribe con minúsculas.

El paseo de las antiguas puertas al alma de la ciudad ha podido comenzar muy de mañana, siguiendo la cerca imaginaria de la Ronda –Puerta de la Carne, de Carmona, capilla de los Negritos, ruina de San Agustín- para dar los buenos días a Nuestra Señora de Gracia y Esperanza en su casa de San Roque. El terciopelo verde y el oro de los bordados –con el presbiterio reconvertido en cámara regia- sustituyen el espumillón y las bolas de colores y envuelven el anuncio de unas Pascuas que ahora sí son una certeza del alma y no un anuncio de televisión. La dulce e intimista dolorosa de San Roque aguarda el goteo de devotos, ajena al fragor del tráfico de Recaredo. Quizá ha llegado el momento de cortar la mañana con un café caliente antes de buscar la silueta sobria del Cristo de la Fundación –troquelada en la penumbra- en la ventana de la capilla de los Ángeles. Pero hay que seguir y después de despedirnos de la Señora, el ruido del asfalto nos devuelve al bochinche de la ciudad.

Y de la Puerta de Carmona, más allá de la Puerta Osario, a la antigua Puerta del Sol, junto a la casita natal de Santa Ángela de la Cruz, en el lugar por donde entra el amanecer a la ciudad revestido de Anunciación. La Esperanza de la Trinidad vuelve a convertirse en guarda de una puerta de las antiguas murallas de Sevilla. Son días de entregas de notas en el colegio de los Salesianos y los alumnos viven la efervescencia de esas vacaciones que ya están en el recodo de la esquina. Pero hay que entrar a ver a la Esperanza después de traspasar el antiguo arco del compás, atrio verde de la primitiva iglesia trinitaria y actual Basílica de María Auxiliadora, único lugar de Sevilla en el que se veneran dos imágenes coronadas.

Vueltos a la calle, se puede retomar la guía de la muralla en los jardines del Valle, que ya no nos abandonará desde la Puerta de Córdoba hasta volver a dejarnos de mano de la Esperanza. Hay un trajín inusitado en la Puerta de la Macarena: colas que caracolean en la flamante plaza en la que pronto campeará la figura triunfante de Gallito; tertulias en el atrio; números de lotería sobre un tapete verde; desayunos y calentitos; prisas desde San Luis, Bécquer, los Callejones; compras en el mercado de la Feria: Hay que ir a ver a la Macarena. La Basílica es estos días el salón del trono de una Reina que baja desde su palacio de plata. Manto camaronero, saya burdeos, corona de Reyes, pluma de Pabón, mariquillas de José... La Esperanza de San Gil es la de toda Sevilla.

Y del universo macareno, cruzando el río, a otros reinos de la Esperanza. También hay cola en la calle Pureza para ver a la Reina de la otra orilla. Triana es una fiesta. La Esperanza más marinera está rodeada de ese particular desbordamiento estético adoptado como código de identidad. Es un fervor heredado que alcanza la calle Castilla para venerar a la Virgen de la O, convertida en un criptograma teológico de las Expectación.

Pero aún queda el capítulo más hermoso, posiblemente el más desconocido, de los caminos de las Esperanzas. En la noche de esta víspera, en esa familiar cercanía que tienen las cosas de las cofradías, un prioste colocará en el vientre de la Divina Enfermera de San Martín la imagen de un diminuto niño Jesús que simboliza como ninguna otra la fiesta de la Expectación. Está a punto de amanecer el día 18 de diciembre y la Navidad nace a Sevilla encarnada en ese niño encerrado en la simbólica ‘O’ de plata. Ese Salvador nonato sólo será retiradp del vientre en la Misa del Gallo. La ‘O’ de las antiguas antífonas, el círculo perfecto que comenzó en las rondas, tiene su centro entre los muros de San Martín, en el corazón de la ciudad.


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