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Cuaresma

Los pregoneros que se perdió Sevilla

Con la muerte de Pascual González se amplía la lista de poetas, creadores y otras figuras sobradamente preparadas que pudieron hacernos vibrar en las butacas del San Fernando, Lope de Vega y Maestranza, pero cuya ausencia en el prólogo de nuestra Semana Santa aún resulta inexplicable

01 abr 2022 / 07:45 h - Actualizado: 01 abr 2022 / 10:07 h.
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Dijo una vez el escritor José Narosky que «quién da conocerá la ingratitud, pero también la emoción de dar», una frase que resume a la perfección el modo de ser y sentir de los protagonistas de estas líneas. Personas que nos legaron el fruto de su denuedo creativo y que, pese a no haber sido reconocidos en ciertos ámbitos, si volvieran a nacer, probablemente volverían a brindarse por el simple hecho de sentirse vivos. Es lo que tiene haber sido alumbrado con alma de artista, hacedor de belleza y transmisor de emociones, que uno no puede guardárselo para sí, pues estaría traicionando al Dios que le otorgó dicho don, y sobre todo a sí mismo. El único problema es que, al negarles la posibilidad de expandir su yo desde determinados estrados, estamos cercenando el hilo que une a estos virtuosos con el pueblo, y por ende, segando la posibilidad de alimentar a una sociedad necesitada de aliento. Esa misma colectividad que les aplaudió por su carisma, por su capacidad para hacer tangible lo intangible y por desgranar sus sentimientos en cada pulso, y que ahora no entiende las razones de esa desafección. No entraremos aquí a valorar las razones que impidieron a estos maestros de la palabra hacernos vibrar en las butacas de los teatros San Fernando, Lope de Vega y Maestranza en el prólogo de nuestra Semana Santa, pero sí los recordaremos en su justa medida, haciendo ostensibles sus logros y su innegable capacidad para loar nuestra fiesta; pues, como dice el refrán: «La memoria es como el mal amigo; cuando más falta te hace, te falla».

Poetas del 27

El primero de los pregoneros que se perdió Sevilla es Rafael Laffón, escritor sevillano nacido en 1895 que, además de ser uno de esos miembros de la Generación del 27 a los que no se les suele mencionar en las escuelas, se marchó sin exaltar una Semana Santa a la que había dedicado textos tan notables como Indagación y presagios, Por fin Señor, El Jesús de la Pasión, El Cristo sobre el puente, La Madrugada o El Silencio. Ligado al grupo sevillano de la revista «Mediodía» y galardonado con el Premio Nacional de Poesía en 1959, los cofrades nos quedamos sin admirar el colorido de sus versos en unas décadas en las que el acto se celebraba en el coliseo de la calle Tetuán.

Otro miembro de la generación a la que pertenecieron Lorca, Alberti o Pedro Salinas, y que tampoco pronunció el pregón pese a reunir facultades de sobra, fue Adriano del Valle, nacido el mismo año que Laffón y reconocido con el Premio Nacional de Poesía mucho antes que aquel (1933). Poderosamente influenciado por la obra de Rubén Darío, fue íntimo amigo de Fernando Villalón —otro de esos creadores injustamente olvidados que se prendó de la Macarena— y mantuvo contactos frecuentes con figuras de la pintura —Daniel Vázquez Díaz, Salvador Dalí, Joan Miró— o la música —Joaquín Turina, Manuel de Falla, Jacinto Guerrero—. Para la historia queda su Stella Matutina, magnífico texto en prosa inspirado en la celebración religiosa hispalense que le valió el Premio Mariano de Cavia en 1943.

Y qué decir de Juan Sierra, otro miembro del grupo poético de 1927 que, pese a publicar únicamente cuatro poemarios y un libro de prosa, ha pasado a la historia como uno de los grandes poetas de la Semana Santa de Sevilla —por no decir el mejor—. Y es que, pese a no pisar jamás las tablas del Teatro San Fernando ni las del Lope de Vega, pregonó nuestra Fiesta Mayor como pocos desde las páginas del diario ABC, dando a luz su primer libro de poemas en 1934 bajo el título María Santísima. Nazareno del Calvario, devoto de la Quinta Angustia y enamorado de la Estrella y la Amargura, en la primavera de 1944 publicó otra obra imprescindible, Palma y cáliz de Sevilla, que refleja no solo su amor por las hermandades sino su compromiso con la Iglesia.

Cómo llora Sevilla

Precisamente del ámbito eclesiástico surgió uno de los más importantes escritores cofrades del siglo XX, Ramón Cué Romano, más conocido como el Padre Cué. Un jesuita nacido en el seno de una familia asturiana que emigró a México, y que, tras estudiar Historia de América en la Universidad de Sevilla y entrar en contacto con nuestras cofradías, dejó para la posteridad una obra capital para entender el fenómeno religioso, Cómo llora Sevilla (1947). Ni que decir tiene que, pese a exaltar las procesiones de Córdoba y Salamanca, los organizadores del pregón hispalense se olvidaron de él, si bien, hoy su libro figura como el más vendido de la historia de nuestra Semana Santa.

Con seis años menos que el Padre Cué, pero dotado de una sensibilidad excepcional, el poeta y prosista Rafael Montesinos puede considerarse una de las figuras clave de la literatura española del último siglo. Tras nacer en Sevilla en 1920 y vivir durante gran parte de su vida en Madrid, alumbró diecinueve poemarios, cuatro libros en prosa y varios trabajos monográficos, sobresaliendo Bécquer, biografía e imagen, Premio Nacional de Ensayo en 1944 —hoy se le considera el principal biógrafo del autor de las Rimas—. Su aportación a la Semana Santa se resume en seis poemas capitales: Calle de las Sierpes, Mayor Dolor y Traspaso, Oración a Dios Padre, Romancillo de la Esperanza de Triana, El rito y la regla y Madrugada de destierro.

Premios nacionales, juglares y rapsodas

Otro grandísimo escritor que nos dejó sin pronunciar el pregón fue Aquilino Duque, nacido en Sevilla en 1931 y formado en la Universidad de Cambridge y la Metodista del Sur en Dallas, Texas. Finalista del Premio Nadal en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1974, su relación con la Semana Santa se remonta a su juventud, siendo especialmente evidente en su primer poemario, La calle de la luna, publicado por el Ayuntamiento de Sevilla en 1958. Cernudiano empedernido, autor de ochenta libros y conferenciante internacional, para la historia quedarán sus versos dedicados a la Macarena (Virgen de la Macarena / mírame tú, cómo vengo, / tan sin sangre que ya tengo / blanca mi color morena) y sobre todo al Cachorro (Esta noche, Manuel, tú sobre el puente).

La lista podría ampliarse con otros muchos nombres, comenzando por Felipe Cortines Murube y continuando con Juan Rodríguez Mateo o Antonio Milla Ruiz, siendo inevitable mencionar a Florencio Quintero, a quien Joaquín Caro Romero no dudó en calificar como «juglar cofrade», y que pese a publicar pocos libros dejó para la posteridad una institución emblemática, la tertulia literaria «Noches del Baratillo». Aunque si hay un creador que debe figurar con letras de oro en el inventario de pregoneros que se perdió Sevilla ese es sin duda Pascual González, cantante y fundador de los Cantores de Híspalis. Pocos han amado, glosado y enriquecido la capital del Guadalquivir como este artista del barrio de la Calzada, que además llevó el nombre de Andalucía por todo el mundo a través de sus múltiples conciertos, actuaciones singulares y obras benéficas. Jamás protagonizó el acto del Consejo, pero a cambio nos dejó temas inmortales como El puente te está esperando, Silencio o Cachorro, que hoy resuenan en rincones de toda la geografía y forman parte de nuestra memoria colectiva.


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