«Mors Mortem Superavit»

La Semana Santa de Sevilla puso su punto y seguido en rincones tan emblemáticos como la Plaza de San Marcos, la Ronda Histórica o San Lorenzo, sirviendo de prólogo a la genuina fiesta cristiana, la de la Resurrección

17 abr 2022 / 02:37 h - Actualizado: 17 abr 2022 / 11:19 h.
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San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, nos explica que, en su designio de Salvación, Dios dispuso que su Hijo no solo muriese por nuestros pecados, sino que también conociese el estado de muerte, el de separación entre alma y cuerpo, durante el tiempo comprendido entre su expiración en la Cruz y el instante de la Resurrección. Dicho momento es rememorado cada Sábado Santo en las calles de Sevilla a través de cinco hermandades que, venidas desde distintos puntos de la ciudad, dan buena cuenta del insondable misterio.

La primera de ellas es la corporación del Sol, cuyos orígenes se remontan a 1932, cuando un grupo de niños alumbrase, en el colegio jesuita de la calle Pajaritos, un cortejo que desembocaría en una hermandad de Gloria y, posteriormente, en una de Penitencia. Desde el año 2010, esta realiza su Estación a la Santa Iglesia Catedral desde la Parroquia de San Diego de Alcalá, ubicada en el barrio del Plantinar, un oasis inserto en Nervión cuyo paisaje y paisanaje permiten conectar a la hermandad con su pueblo, que es, en definitiva, de lo que trata la Semana Santa. Este 2022, los dos pasos de la cofradía, singulares donde los haya, brillaron a su paso por el Puente San Bernardo, demostrando que, el del Sol, es un estilo que conecta perfectamente con el carácter del día —si hay dos apellidos que sobresalen en la corporación estos son Álvarez-Ossorio, miembros fundadores allá por los años treinta, y Bonilla, autor de todas las imágenes y del diseño del palio—, y que su contemplación nos permite evocar tiempos pasados, desde la Cruz de Manguilla, que lidera el exiguo cortejo, a la Gloria pintada por Raúl Berzosa, que alumbra la Sacra Conversación.

Cincuenta años de los Servitas

Otra hermandad a la que el Sábado Santo le sienta como un guante es la de los Servitas, siendo, de hecho, la única jornada en la que ha procesionado tras su reorganización en 1955 —la creación de la cofradía de San Marcos se remonta a la segunda mitad del siglo XVII, estando a punto de desaparecer entre los siglos XIX y el XX—. Este Sábado Santo, el recuerdo de Antonio Dubé de Luque —artífice del estilo actual de la hermandad— estuvo presente durante todo el recorrido, especialmente a través de la hermosa Virgen de la Soledad a la que restaurase poco antes de su fallecimiento. Cuesta quedarse con un instante de la Estación de Penitencia de esta hermandad, pues todas las calles y plazas que acogen a sus nazarenos permiten disfrutar de su carácter y elegancia —solo por contemplar el conjunto de la Piedad, culmen del arte religioso hispalense del setecientos, merece la pena echarse a la calle el Sábado Santo—; sin embargo, es durante el último tramo de su recorrido cuando el cortejo brilla de una manera más especial. Este año, al encanto natural de las calles Odreros, Cristo de Burgos o Doña María Coronel, donde los versos de Walt Whitman parecían surgir en cada fachada y cada esquina («La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta...»), se sumó el exorno floral en tonos morados en el misterio y blancos en el paso de palio —una oda al buen gusto— y la representación de trece hermandades Servitas que vinieron a conmemorar dos importantes efemérides: el Cincuenta Aniversario de la primera Estación de la corporación sevillana a la Catedral, y el Tercer Centenario de agregación a la Orden de los Siervos de María.

De la Edad Media al Romanticismo

Silencio que, en la calle Alfonso XII, nos hizo viajar a los tiempos en los que la Compañía de Jesús, ubicada en el espacio que hoy ocupa la Biblioteca de Estudios Hispanoamericanos, acogía a jóvenes religiosos procedentes de las Islas Británicas —de aquel Colegio de los Ingleses del siglo XVII hoy únicamente queda la Iglesia de San Gregorio, actual sede de la hermandad del Santo Entierro—. Desconocemos si, como reza la leyenda fernandina, dicha hermandad es la más antigua de la ciudad, pero de lo que sí estamos seguros es de que su impronta en la tarde-noche del Sábado Santo es un trasunto de los cortejos medievales en los que las principales órdenes civiles y militares honraban el Sepulcro de Jesús —en el caso de Sevilla, este no es de piedra sino de madera dorada, y sus treinta y cinco costaleros lo portan con una solemnidad que sobrecoge—. Dicho cortejo fúnebre acogió, una vez más, la imagen más comentada por los niños, la del Triunfo de la Santa Cruz (vulgo «la Canina»), cuya iconografía no debe causarnos rechazo sino hacernos reflexionar sobre la fugacidad de la vida, al modo en que lo hacían las danzas de la muerte en el Medievo y los autos sacramentales en el Siglo de Oro («Mors Mortem Superavit», «La Muerte venció a la muerte»). Ni que decir tiene que el paso, mandado con buen oficio por el capataz Rafael Vera, es un símbolo del Sábado Santo hispalense, como también lo es el maravilloso misterio del Duelo, donde los bordados de Teresa del Castillo —únicos en su género— ponen el contrapunto perfecto a una escena tan romántica como luctuosa.

Prólogo para la Resurrección

Aunque si hemos de escoger un instante lúgubre de cuantos salpican la última jornada de Pasión, ese es sin duda el de la Virgen de la Soledad derramando lágrimas sobre la Plaza de San Lorenzo. Una imagen cuyo perfil vetusto —este año envuelto en la saya de «los cultos» de Caro y exornada con calas blancas y lirios morados—, exhumó la tradición de la Contrarreforma para hacerla vívida al sevillano modo. Una estampa de las que merecen atesorase en el corazón para recordar el sacrificio de Cristo todos los días del año. Un resumen de los sentimientos que nos embargan y que solo obtienen remedio con la explosión de júbilo en los Salesianos de la Trinidad, cuya entrada de su cofradía, al filo de la una y media de la madrugada, preconiza la Pascua de Resurrección. De la procesión de 2022 nos quedamos con el recital ofrecido por las cuatro bandas que acompañaron al cortejo —reunir en una sola procesión a Columna y Azotes, Cigarreras, Tres Caídas y Oliva de Salteras es un lujo al alcance de pocos—, con la buena disposición de los tramos —gran labor la de los diputados en una cofradía de 1000 nazarenos y muchísimos niños—, y el buen hacer de los costaleros del Decreto, las Cinco Llagas y por supuesto la Virgen gubiada por Astorga —‘Esperanza Blanca’ la llamaron hasta los años ochenta—; hombres que, apenas unas horas después, darían el relevo a los héroes de Santa Marina, quienes, merced a su compromiso cofrade y cristiano, compondrían la sinfonía más hermosa de cuantas suenan en nuestra Semana Mayor: la de Jesús Resucitado iluminando las calles de Sevilla.


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