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Todo el mundo rociero ante la ermita

La visita de San Juan Pablo II a la aldea hace 25 años marca una nueva jornada de llegar hasta la Virgen con el estreno de la filial sevillana de El Viso del Alcor

Manuel J. Fernández M_J_Fernandez /
19 may 2018 / 23:31 h - Actualizado: 20 may 2018 / 11:48 h.
  • La hermandad de El Viso del Alcor realizó su primera presentación ante la Blanca Paloma junto a su madrina, la hermandad de Sevilla-El Salvador. / Fotos: Manuel Gómez
    La hermandad de El Viso del Alcor realizó su primera presentación ante la Blanca Paloma junto a su madrina, la hermandad de Sevilla-El Salvador. / Fotos: Manuel Gómez
  • La explanada que da acceso a la ermita de la Virgen del Rocío se convirtió en una fiesta cuando llegó el Simpecado de Triana.
    La explanada que da acceso a la ermita de la Virgen del Rocío se convirtió en una fiesta cuando llegó el Simpecado de Triana.
  • Todo el mundo rociero ante la ermita

Nunca están de más las salves que se le recen a la Virgen. Como no lo son las veces que se le dice te quiero a una madre. Lo saben bien los romeros de las ochenta hermandades del Rocío, las más antiguas, que con sus dos nuevas ahijadas –San Sebastián de los Reyes y la sevillana de El Viso del Alcor– se han postrado este sábado a las plantas de la Blanca Paloma en una nueva jornada de presentaciones marcada por aquel peregrino pontificio que hace 25 años pisó las arenas de la aldea y «calló muchas voces» al pregonar desde el balcón «que todo el mundo sea rociero».

Lo recordaba el presidente de la hermandad Matriz, Juan Ignacio Reales, después de que el párroco de Almonte rezara el Angelus en la puerta de la ermita, escoltada entre insignias y varas almonteñas como reja de amor primoroso a la Virgen. «Hay que dar gracias porque sus palabras hicieron del Rocío un camino de vida cristiana y una realidad de fe en unos momentos en los que aún había algunas reticencias a esta forma de religiosidad popular». También lo hacían las flores amarillas y blancas que adornaron muchas carretas y los lazos pontificios que lucieron sus columnas. O el ámbar de los ojos vidriosos de los romeros que atracan al puerto seguro de la Reina de las Marismas. Ya sea al paso precipitado de un tiro de mulos o al andar reposando de un tiro de bueyes. Liturgia de cromatismo rociero para no olvidar a quien supuso «un antes y un después» para esta romería.

Villamanrique de la Condesa trae consigo los ocho siglos de devoción que la avalan como Primera y Más Antigua. Se nota en el andar de sus cientos de peregrinos. En la fuerza con la que suben la carreta al pórtico de la ermita. En la profundidad de las miradas y en las palmas en alto que levantan el alma de quien contempla su presentación a la Virgen. El tiempo se detiene para rezar y, luego, cantar una salve. También lo hace Carmen que no puede estar por motivos de trabajo. Ella le reza a sólo unos metros con el cordón rojo que hace unos años le unió para siempre a este querido pueblo manriqueño.

Pilas y La Palma del Condado presumen de bueyes. Los primeros caminan hacia atrás para que el Simpecado no le pierda la cara a la Patrona de Almonte. Los segundos, con el ya tradicional rito en el que los astados se arrodillan durante el rezo de la salve. Entre los carreteros va este año una mujer. Ayuda con la briega de las bestias desde la rueda lateral. «La Palma tiene bonito hasta la ropa de los bueyes», se escucha entre el público que empieza a notar los efectos del rey astro coronando lo alto del cielo de la marisma. Hay quien abre paraguas para tener una sombra que se hace imprescindible conforme va avanzando la mañana.

Pero el termómetro se dispara cuando aparece el banderín y los primeros caballos de Triana. Entre los jinetes un sonriente César Cadaval, con chaquetilla blanca, despierta un «¡Viva Triana!» entre los que aguardan el mágico momento. Una almonteña de vara pone en antecedentes a su pequeño: «Ya verás el encanto que traen. Vienen directamente del camino y eso es maravilloso. Luego la cantidad de gente que traen y el ya está aquí Triaaana, Triaaana, Triaaana». Sus palabras se quedan cortas. Cuánta verdad en aquella carreta cubierta del polvo y adornada con flores secas. Cuánta verdad en el Milagroso Simpecado que lleva dentro, con sus rosarios y broches prendidos. Cuánta verdad en sus peregrinos. En sus rostros rotos por la emoción. En sus sombreros en alto. En sus varas con matas de romero fresco. En sus niños aupados a los hombros de sus padres, sin saber muy bien que está pasando, pero empapándose de todo para aprender la verdad de la fiesta. Imposible permanecer ajeno. Normal que Mary, portuguesa que vive El Rocío por primera vez, rompa a llorar: «No sé qué es. Si es el calor humano de la gente que viene. Su alegría contagiosa... No lo sé bien, pero me he emocionado tanto como cuando tuve a mi primer hijo», confiesa mientras que los romeros trianeros suben hasta la misma puerta de la ermita en tres crecidas de amor y entrega a la Madre. Algo que cuenta con la complicidad cariñosa del presidente de la hermandad Matriz. «Es que El Rocío debe mucho a las hermandades», explica otra almonteña que disfruta viendo pasar las carriolas del arrabal, con sus niños asomados y otros con los pies descalzos y colgando como aquellas fotos de la romería de hace casi un siglo. Hay cosas que nunca cambian. Por suerte.

Umbrete sigue los pasos de su histórico cajón. De nuevo, flores amarillas y bancas y lazos pontificios en los remates de este altar itinerante que recibe la bendición de la Virgen «como mejor regalo de Pentecostés», como bien apunta uno de los hermanos que va agarrado a la vara de promesa.

Las carriolas de Triana ya descansan en el interior del patio de la casa de hermandad y los porches de la aldea se llenan de jarana y viandas. Sin embargo, es una sobremesa sin descanso junto a la marisma. Los nervios están a flor de piel en las dos nuevas hermandades filiales que se estrenan. San Sebastián de los Reyes va de la mano de Valverde del Camino. Las botas del municipio onubense cuelgan también en una de las columnas traseras de la carreta madrileña, totalmente en madera. Más avanzada se presenta la carreta del pueblo visueño. La cantidad de peregrinos que lleva detrás impide que avance la de Sevilla y se ponga en paralelo. Algo que se solventa rápidamente en la esquina de la calle Moguer. Es entonces cuando llega la hora anhelada para estos romeros de la Vega, que vienen acompañados por una representación de las hermandades locales. «Esto es un sueño después de 18 años. Me acuerdo mucho de los que no han podido verlo», se sincera el hermano mayor visueño, José Fernando Santos. Tragándose las lágrimas, se abraza con el presidente de la Matriz y el hermano mayor de Sevilla-El Salvador. La jornada se consume entre salves, abrazos de reconciliación tras el Simpecado salunqueño y la amenaza de tormentas. Sin embargo, nada frena la autenticidad de todo el mundo rociero ante la ermita.


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