Todo se ha cumplido

Crónica de un Viernes Santo de reminiscencias románticas, gusto por la exquisitez y pellizco al otro lado del río. Una jornada donde la calidad estuvo por encima de la cantidad, la reflexión caminó de la mano del gesto, y la fiesta se sublimó a sí misma

16 abr 2022 / 03:10 h - Actualizado: 16 abr 2022 / 10:08 h.
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  • Foto: J. Barrera
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Cuatro años después, Triana volvió a ejercer de marco para la profecía y, al rayar la hora nona, Cristo expiró en la Cruz rodeado de hermanos, devotos y curiosos que se apostaron a las puertas de la Basílica de la calle Castilla. La misma que, tras más de cuatro siglos honrando a una virgencita de Gloria bajo el título de Patrocinio, desde 2012 luce en su fachada el sello de la Santa Sede. Este año, la ilusión de quienes forman parte de la corporación era doble; a la llegada del Viernes Santo, día grande en el Zurraque, había que sumar la suspensión de la estación de penitencia de 2019 a causa de la lluvia, los dos años de pandemia y el deseo de ver en las calles a su paso de Cristo reformado. Una obra que, pese a sus notables virtudes, apenas supone una raya en el agua al lado de la grandiosidad del Cachorro, imagen que conmueve al más insensible y cuya silueta recortada sobre la tarde —glosada de manera sublime por el fallecido Aquilino Duque—, es el mejor evangelio posible. Tras el Señor, entronizado en su paso como un icono que trasciende centurias, la Virgen del Patrocinio, pese a su escasez de lágrimas, lució más triste que nunca por la marcha de Luis Álvarez Duarte, el maestro que la devolvió a Triana tras el incendio de 1973, y cuyo hueco es imposible de rellenar.

Aroma a Flota de Indias

Prácticamente coincidiendo en el tiempo, y con los mismos anhelos que la cofradía trianera, los hermanos de la Carretería se echaron a la calle al filo de las cuatro de la tarde, tiñendo el barrio del Arenal de reminiscencias románticas y aroma a Flota de Indias. Pocas hermandades pueden presumir de estar tan unidas a un barrio pese a haber cambiado de sede en varias ocasiones. Y es que, antes de asentarse en su capilla propia, la Carretería pasó por el extinto hospital de San Andrés, ubicado en las inmediaciones de la actual capilla, la parroquia de San Miguel, que se alzaba majestuosa en la Plaza del Duque, y la iglesia de San Francisco de Paula, templo jesuita de la calle Jesús del Gran Poder que en tiempos perteneciese a la Orden de los Mínimos. Ni que decir tiene que, al igual que el Santísimo Cristo de la Expiración, el misterio de los carreteros es una de las joyas de la jornada, pero lo mismo podemos decir del resto de cofradías que procesionan, las cuales convierten al Viernes Santo en un museo en movimiento por su mezcla de originalidad, elegancia y carácter.

Dado que la Semana Santa de 2019 nos dejó huérfanos de Viernes Santo —la lluvia afectó a todas las hermandades del día—, este año las calles del centro lucieron mucho más pobladas que de costumbre, pese a que la esplendorosa Madrugá había dejado los cuerpos maltrechos y las almas colmadas de sensaciones. De ahí que se registrasen unas notables cifras en las salidas de la O, San Buenaventura, la Mortaja y Montserrat. Momentos marcados por un clasicismo inefable merced a la solera de los cortejos, la riqueza del patrimonio y la distinción del público.

Líneas selectas y leyendas becquerianas

De la Virgen de la Soledad, maravillosa en su paso de caoba y plata, hemos de destacar la armonía que le confería el nuevo manto de Grande de León, el cual viene a remarcar la línea selecta adquirida por la cofradía en la última década. Conjunto que se complementa con la selección del repertorio musical, de los más exquisitos de la Semana Santa. En cuanto a la corporación radicada en el antiguo convento de la Paz, rotunda de día y casi espectral de noche, hemos de destacar el recorrido de vuelta, el cual, cada año que pasa, ve incrementado su número de adeptos, como pudo comprobarse ayer. Si hermoso es el paso de la cofradía por el entorno de la Alfalfa, aún lo es más al arribar a Doña María Coronel, donde la ausencia de luz y las volutas de incienso parecen envolver al paso en una leyenda becqueriana.

Tampoco hay sombra de dudas sobre la esplendidez de la cofradía de Montserrat, cuyo triunfo en San Pablo es una de las escenas más esperadas cada año. En esta ocasión, los hermanos parecían lucir más orgullosos al haberse localizado el documento que vincula a su Cristo de la Conversión con Juan de Mesa —fabuloso el trabajo que Braulio Vázquez y su equipo están realizando en el Archivo Histórico Provincial—. En cuanto a San Dimas, su rostro vuelto hacia al Señor parecía representar a miles de sevillanos que han sufrido su particular suplicio en las camas de los hospitales desde el inicio de la pandemia. Almas que, por la intercesión de la Virgen de Montserrat, hoy ya están con Él en el paraíso.

De San Isidoro a la calle Castilla

Paraíso que para los hermanos de San Isidoro tiene forma de «domus aurea», que es la forma latina con la que Elio Antonio de Nebrija —del que este año celebramos el V Centenario— se habría referido al imponderable palio de Loreto. Este Viernes Santo, la Virgen pisaba la calle por segunda vez en menos de un año tras presidir la Misa de Acción de Gracias por el Centenario del Acuartelamiento de Tablada —sin duda un momento culmen del Año Jubilar Lauretano decretado por Su Santidad el Papa Francisco—. Si sublime fue el exorno floral de la Madre, lo mismo podemos decir de su Hijo, el Señor de las Tres Caídas, cuyo cirineo volvió a confirmar por qué Ruiz Gijón es el imaginero «estrella» de la jornada con el permiso de Juan de Mesa y Pedro Roldán. Precisamente de este último escultor es el Cristo más amable del Viernes Santo, el Nazareno de líneas dulces y mirada serena que reina en la parroquia de la O junto a la Esperanza con el título más pequeño. Suyas fueron las últimas saetas de la noche en una jornada benigna en lo meteorológico y esplendente en todo lo demás. Y hacia Ellos fueron también dirigidos los ruegos para que la Semana Santa continúe en esa línea de armonía de aquí al Domingo de Resurrección.


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