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Un amigo íntimo del Sentencia

Miguel Loreto, el capataz que sacó 33 veces al Cristo macareno, pasa los días con su Señor en el recuerdo, castigado por la vida pero sin perder su voz de mando ni su sentido del humor

05 abr 2017 / 08:00 h - Actualizado: 05 abr 2017 / 08:00 h.
"La Macarena","Armaos de la Macarena","Costaleros"
  • Miguel Loreto Bejarano, en el patio del Hospital de la Caridad. / R.A.
    Miguel Loreto Bejarano, en el patio del Hospital de la Caridad. / R.A.
  • Con su cuadrilla en los 90. / El Correo
    Con su cuadrilla en los 90. / El Correo
  • Vestido de armao, en los 70. / El Correo
    Vestido de armao, en los 70. / El Correo

Cuentan que una vez le vieron hablarle al Señor de la Sentencia como si fuera un amigo más, apurado por los leñazos de la vida, tratándole con la confianza de un íntimo, con el descaro con el que se habla a un igual: una señal de respeto y cariño que la gente estirada no sabe practicar.

El estilo de Miguel Loreto Bejarano es de macareno puro, de señor de la calle Parras, de ser muy largo y de evitar a los malajes con elegancia y con guantás sin mano.

Aun teniendo dificultades para hablar, Loreto entra bien en la conversación, animado por la búsqueda de recuerdos de 33 años amartillando el galeón de San Gil. Le ayudan en nuestra tertulia su sobrino, Manuel, y su hermana, Dolores, quien viene a darle cuidos al Hospital de la Caridad.

Don Miguel –«don», por mucho que me inste a tutearle por quitarse importancia– va muy bien peinado y vestido, fuma un Ducados cada cuarto de hora y pide Solera 47 a una camarera algo desnortada al pie de la Torre de la Plata. La enfermedad ha ido apagando la memoria y aquella voz ronca con la que acababa las mañanas de los Viernes Santos. Esa energía ya no la tiene en la garganta, pero sí la conserva en la mirada.

¿Qué echa más de menos de la Semana Santa? «A la gente», responde sin pensar. Pocos son los que se acercan a verlo a la casa de Mañara, ahora que físicamente el viejo capataz del Sentencia tiene reducida la movilidad.

«El Jueves Santo lo recogeré por la mañana para que viva el ambiente de la basílica y por la noche veremos pasar la cofradía desde mi casa, en la esquina de Resolana con Feria». Dolores repetirá con su hermano el ritual del año pasado, aunque a Miguel lo que le gustaría es estar a pie de calle algo más de tiempo. «Así me podría ir con uno y con otro». Alternar le gustó mucho en esta vida, «sembrar cariño» para que después le fuera devuelto.

Loreto fue muy amigo de Carmina Ordóñez. Noches de vino y rosas pero también de pasión por las cofradías. Se dice que ella lo quería para el misterio de su cofradía en Pureza. «Tengo más amigos en Triana que en la Macarena», suelta Miguel, que no olvida la cara de emoción de Carmen aquella Madrugá en la que la puso delante del misterio de la Sentencia.

«El Di Stefano de la Macarena», como lo llama su sobrino Manuel, ha sido casi de todo en esta hermandad: nazareno, costalero, armao y capataz. «Y lo quiere todo el mundo allí», tercia Dolores.

Por la tertulia pasa casualmente Luis Miguel Martín Rubio, a quien reconoce Loreto desde lejos. El actual miembro de junta de la Macarena se va directo a él a darle un abrazo con cariño del de verdad. Tras breve charla, Loreto le despide con afecto y, de paso, le hace un encargo: «Llama al camarero, que no viene».

Para ordenar también hay que tener arte, ¿no don Miguel? «El único don Miguel de por aquí es Mañara... Hay que saber, sí. Si tienes que hablar mucho para hacerte respetar, mal lo llevas». Así, por la vía rápida, solucionaba siempre el capataz las diatribas debajo de los palos. Como cuando mandó oficialmente por primera vez el misterio de la Macarena. No le gustaba nada que los costaleros sacaran otras cofradías además de ésta. «Yo siempre les hablaba con cariño y respeto, pero eso es lo que había. Se sacaba a éste y nadie más, esa era mi norma».

El año antes de aquello, en la Madrugá de 1979, Loreto hacía su segundo año como ayudante de Alejandro Ollero. Por alguna razón el capataz titular dejó la cofradía antes de llegar a la Catedral, y le tocó a Loreto meter el barco de la Sentencia por la Puerta de San Miguel, tan alta que a veces hace olvidar lo estrecha que es. Miguel se pegó todo el tiempo a uno de los costeros, ajustándolo tanto que así se aseguró de que el otro pasaría sin mirarlo. Y así fue. A la mañana siguiente, ya sin Ollero en la cofradía, acabó metiendo con éxito de nuevo al misterio en la basílica. La decisión sobre quién sería el capataz de la Sentencia en la Semana Santa de 1980 ya no había ni que tomarla.

De muchos entendíos del costal, Loreto se ha llevado el reproche de que técnicamente no estaba a la altura de «los más grandes». Su respuesta, una larga cambiada de las de Joselito: «Siendo malo he estado 33 años, así que si llego a ser bueno, me llevo el paso para mi casa». Que suene Tejera.

Loreto está ya por encima de las cuitas de los «grandes capataces» y toda la parafernalia que les rodea: ni siquiera habla de eso. «Luis León y Antonio Santiago siempre le respetaron el sitio a mi tío», cuenta Manuel. Su estilo fue otro, pues sólo quiso mandar un paso.

El andar «de costero a costero» lleva su nombre, por mucho que alguna vez se haya oído en público la declamación de algún ayudante de capataz reclamando esa autoría para otro. Loreto, a esas cosas, ni cuenta.

«Ni mejores ni peores, simplemente distintos». Así se define a sí mismo y a los suyos, teniendo muy clara que su aportación a la cofradía marcó un antes y un después. Su hermana Dolores recuerda los años previos a la llegada de su hermano al martillo macareno. «En esa época el Señor de la Sentencia iba solo por las calles, muy poca gente iba a verlo, toda la atención se la llevaba la Esperanza». Para quien escribe se trata de una estampa difícil de imaginar, pues lo que desde ya hace tres décadas conocemos es una enorme masa de público que busca expresamente ver cómo anda el Sentencia. Por supuesto, la Virgen continúa siendo la reina de la noche más grande. ¿No ha tenido nunca querencia por el martillo del palio? «Siempre he dicho que no me habría importado ir un año con ella, pero al año siguiente volvería con mi Cristo».

Habla de él como de un amigo. Con la familiaridad de un pariente al que se escoge. Lo recuerda como el único que, sin venir a verlo a la calle Temprado, siempre lo acompaña.


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