Un Domingo de Ramos como Dios manda

A las altas temperaturas y la expectación reinante en templos y barrios, el día más luminoso sumó un ambiente festivo al paso de hermandades como la Paz, Jesús Despojado o la Estrella como no se recuerda en décadas

11 abr 2022 / 02:19 h - Actualizado: 11 abr 2022 / 02:23 h.
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  • Foto: Jesús Barrera
    Foto: Jesús Barrera

«La Paz es blanca porque es infinita», afirmó Alberto García Reyes en el anuncio de la Coronación de la Dolorosa del Porvenir que, allá por el año 2016, pronunció junto a su compañero Paco Robles ante un público entregado en la Parroquia de San Sebastián. Axioma que en tiempos convulsos como los actuales, nos obliga a realizar un ejercicio de fe de lo más profundo. Suerte que Ella, la Virgen dulce «vestida con la heráldica de la luz», nos recuerda cada Domingo de Ramos que el objetivo de la Salvación pasa por el sufrimiento, aunque este pueda mitigarse por Su Divina Intercesión. Mediación que, al cruzar el Jardín del Edén que es el Parque de María Luisa, se hace más evidente al contemplar los rostros de los pequeños serafines, cuyo interés oscila, intermitentemente, entre los caramelos de los nazarenos albos, las plumas del romano del misterio y el palio plateado de la Madre; aunque, por encima de todo, en el brillo de los globos que, como pompas iridiscentes, nos evocan la fugacidad de la vida, que glosara Virgilio. Este Domingo de Ramos, luminoso y de altas temperaturas —como Dios manda—, permitió que las víctimas de la sinrazón ucraniana pisaran el mismo suelo que la Reina de la Paz, milagro que solo es posible en Sevilla. Más allá de este hecho, y de la inefable travesía por el parque, el cortejo que abre la jornada de las palmas dejó momentos de gran intensidad, como el tránsito por la calle Tetuán, rebosante como en los años anteriores a la pandemia, o el retorno a casa previo paso por la plaza del Triunfo.

De Molviedro a Los Terceros

Como asimismo fueron intensas las salidas de los pasos de Jesús Despojado en una plaza de Molviedro que, pese a la reforma de su entorno —poco queda del escenario de finales del siglo XX— nos movió a recordar los años en los que la cofradía era una aspirante a todo. En esta ocasión, el estreno de los ropajes del misterio, sumado a la fragancia de las frexias del palio y los sones de dos excelentes bandas como son Virgen de los Reyes y Liceo de Moguer, fueron los ingredientes ‘extra’ para una estación brillante tanto en las formas como en el fondo. Tampoco se quedó atrás el recorrido de la Cena, cuyos tres pasos son auténticos tabernáculos andantes, comenzando por el misterio de Ortega Bru, que, tras los ajustes realizados por Fernando Aguado, lució de una manera mucho más armónica (aún si cabe); continuando por el Señor de la Humildad y Paciencia, icono y ejemplo de la aceptación para el conjunto de los hombres —su contemplación se vuelve cada vez más necesaria—; y culminando en la Virgen del Subterráneo, advocación centenaria cuyo palio es una de esas joyas que merecen ser revisitadas por el gran público. La entrada, de las más sobrias y elegantes de la jornada, nos devolvió estampas de los años noventa, tanto en el repertorio musical —la banda de las Cigarreras nos regaló marchas como ‘Amor de Madre’— como en el número de espectadores —los justos y necesarios—.

«Dejad que los niños se acerquen a mí»

En cuanto a la hermandad del Amor, caben destacar dos estrenos, el del Guion infantil que acercó todavía más al Cristo de la Borriquita con sus feligreses de menor edad («Dejad que los niños se acerquen a mí»), y el del manto sencillo de la Virgen del Socorro —«Aunque le arranques los pétalos, no quitarás su belleza a la flor», dijo Tagore—. No obstante el mayor logro del cortejo partido en dos desde hace más de medio siglo es su capacidad de dibujar el alfa y el omega de una jornada que se inicia, al filo de las tres de la tarde, en la plaza del Salvador, y culmina, doce horas más tarde —en esta ocasión el retraso acumulado en Campana superó los cuarenta minutos—, en el mismo marco arrebatador, bajo la luna de Parasceve. Luna que se volvió aún más brillante para iluminar el rostro de la Amargura («Nieve viva sintiéndose morena / Luz de luna volviéndose cirio / Azucena poniéndoseme lirio / Soberana Señora de la Pena», que glosase Antonio Murciano). Maravillosa en su palio, como todo lo que rodea a la hermandad de San Juan de la Palma, este año el público que atestó las calles por donde discurrió la cofradía —especialmente a la ida— gozó aún más su perfil barroco, su mecida elegante y su mirada mística, especialmente al estar envueltas en las notas de Font de Anta. Señora que, como un susurro, fue tras los pasos de su Hijo, tan silente como majestuoso, sobre el nuevo suelo de Gutiérrez Carrasquilla inspirado en el del palacio de Herodes en Masada. ¡Qué lección de maestría la de sus costaleros!

El milagro de San Julián

El mismo magisterio que demostraron los héroes de San Julián al obrar el milagro que, un año más, volvió a reeditarse para deleite de los asistentes a la salida y a la entrada de la hermandad de la Hiniesta. Si bello iba el misterio del Señor de la Buena Muerte —el paso por la Alameda volvió a ser un versículo—, más hermoso lució el de la flor de la Puerta de Córdoba, radiante en su azul y plata, y dueña de cientos de plegarias desde Trajano a Puente Pellón, especialmente en su visita a las monjas del Pumarejo. Este Domingo de Ramos, la música de López Gándara y Moreno Pozo envolvieron algunos de los momentos más emocionantes del recorrido gracias al buen hacer de la banda de Mairena del Alcor —el nivel de la música procesional actual es absolutamente asombroso—. También brillaron las cornetas, los tambores y resto de instrumentos en San Roque, donde la Virgen de Gracia y Esperanza se halla inmersa en un año de celebraciones por el 75 Aniversario de su Coronación Canónica. Ni que decir tiene que la Reina de Recaredo no necesita oro ni paños finos para lucir hermosa, pero sus hermanos y devotos se esforzaron no solo en agasajarla con flores y piropos a lo largo del recorrido, sino también en jurarle que su divina presea será aún más lujosa si cabe. Antes que la Señora, el misterio del Señor de las Penas, llenó de templanza las calles de Sevilla merced al buen hacer de la familia Villanueva, toda una institución en el mundo del martillo.

Musa sempiterna de Juan Sierra

En cuanto a la Estrella, la mejor prueba de que el Domingo de Ramos se le queda cortísimo, fue el hecho de que su itinerario de regreso por Pastor y Landero, antaño frío y deshabitado en algunos de sus tramos, este año lució abrigado al paso de los nazarenos de capa. Y ello pese a que su cortejo es el más nutrido de la jornada. Una auténtica sierpe extendida sobre el callejero que, desde que las puertas de su capilla se abrieron de par en par ante la atenta mirada del vicepresidente de la Junta, Juan Marín, haciendo las delicias de los trianeros, no dejó de fluctuar a través del río y la ciudad vieja, con aires ardorosos y alfareros. Las novedades de este año fueron los nuevos ropajes creados por Paquili para las imágenes secundarias del misterio —hubo opiniones para todos los gustos— y la gentileza del padre Javier al permitir que sus nazarenos formasen en la iglesia de San Jacinto; hitos a los que sumar la preciosa petalada de la esquina Rioja con Velázquez, el saludo a los hermanos del Baratillo y la entrada repleta de público. Aunque nada de esto tendría sentido sin la rotunda presencia de Jesús de las Penas, el Cristo más clemente de Triana, y María Santísima de la Estrella, musa sempiterna de Juan Sierra y espejo de todas las miradas, cuya belleza no tiene parangón.


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