Un Jueves Santo sacado de un lienzo

Crónica de una jornada bellísima y repleta de escenas históricas, como el regreso de la música a la Quinta Angustia, la Virgen del Valle procesionando sin palio o el Cristo de la Fundación luciendo flamante tras cumplir cuatrocientos años

15 abr 2022 / 01:34 h - Actualizado: 15 abr 2022 / 01:37 h.
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«El Cristo de la Fundación muere por todos los hombres, por los blancos y por los negros, por los judíos y por los musulmanes, por los creyentes y por los no creyentes. Ya no hay excusas para nuestra acepción de personas; porque si Dios muere por alguien de una manera prioritaria, es por el más pobre y más
necesitado». Estas palabras de Ignacio Montaño Jiménez, pregonero de la Semana Santa de 1997, son el prólogo perfecto para la crónica de un Jueves Santo en el que el Cristo de Andrés de Ocampo cumplía cuatrocientos años. Una imagen hermosa por lo sobria, rutilante por lo lívida, y grandiosa por lo formal, que desde la restauración de 2004 a cargo del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico —y la más reciente de Pedro Manzano en 2014— luc como en tiempos del arzobispo Pedro de Castro y Quiñones. Así pudimos apreciarlo quienes nos apostamos a las puertas de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles para contemplar su salida. Así lo disfrutaron las cientos de personas que aguardaban expectantes en la calle Águilas, la Plaza de la Pescadería o la calle Jovellanos. Así lo consideraron los cofrades de la Campana, la Plaza de San Francisco o la Avenida, absortos ante su proporción, serenidad y tránsito. Tras Él, la Reina de los Negros —lo de los ‘Negritos’ fue un término complaciente escogido por los blancos siglos después de su fundación—, maravilló con su estampa barroca tardía envuelta en oropeles de Juan Miguel Sánchez —qué cuadro más «sentido y natural», que dijese el pintor portuense—, y pintorescas flores entre las que no faltó el algodón.

Otra Virgen que parece extraída de un lienzo regionalista es la de las Cigarreras, auténtica princesa de cuento que, año tras año, congrega a más personal a las puertas de su «recién adquirida» capilla de la Fábrica de Tabacos. Nadie sabe qué manos gubiaron a la Victoria. Tampoco conocemos quién le puso la misma advocación que a la Virgen a la que se encomendó Magallanes antes de zarpar del muelle de las Muelas en agosto de 1519 —desde hace décadas, ambas radican en la margen derecha del Guadalquivir—. Lo que sí es constatable es su belleza de sirena a la que Rodríguez Buzón elevase «entre todas las mujeres» como «flor de gracia sevillana». Una beldad cuyo llanto nos mueve a la compasión, especialmente tras contemplar la tortura de Su Hijo en el soberbio misterio creado entre dos genios de la imaginería: Francisco Buiza y José Antonio Navarro Arteaga. Este año, la Virgen lució exquisita vestida por Antonio Bejarano y exornada en tonos blancos, mientras que el Señor lo hizo de morado, gracias al buen hacer de Híspalis-Flor.

La Virgen de Sorolla

Pero el recorrido pictórico no termina aquí. Pues la tarde del Jueves Santo nos ofreció otra de esas estampas dignas de figurar en un museo. La de la Virgen del Rosario, de la hermandad de Montesión, a la que Sorolla inmortalizó en unas de sus ‘Visiones de España’ para la Hispanic Society de Nueva York, y que este Jueves Santo lució entre rosas el escudo de la Resurrección. No sabemos qué pensó Archer Milton Huntington, el filántropo yanqui enamorado de nuestras tradiciones que encargó la serie pictórica al contemplar la instantánea creada por el maestro valenciano; pero sin duda debió ser emocionante descubrirla entre nazarenos de Viernes Santo y transitando por el barrio de Santa Cruz en un realismo mágico tan etéreo como maravilloso. Como igualmente fue portentoso el paso de la cofradía por la Alameda, tras dos años de bostezos de Hércules y Julio César, a los sones de Redención y Cruz Roja —en esta ocasión, el huerto de Getsemaní fue más multicolor que nunca—.

Aunque para años de hastío, los de los vecinos de Santa Catalina, que han tenido que esperar a 2022 para ver estrenarse «a lo grande» una de las joyas gótico-mudéjares más valiosas de cuantas tenemos en la ciudad. Y es que desde que se reabrieran las puertas en otoño de 2018 —los trabajos de restauración llevaron la friolera de 15 años—, la cofradía de los Caballos no había podido realizar el rito de traspasarlas con su imponente misterio. El Jueves Santo de 2019 lo impidió la lluvia y el granizo, mientras que en 2020 y 2021 también resultó imposible a causa de la pandemia. En consecuencia, los pasos de la Exaltación fueron más aplaudidos que nunca, tanto a la entrada como a la salida, y muchos jóvenes nazarenos pudieron vivir la experiencia de pisar un templo hasta entonces inédito para ellos. A destacar el exorno floral del misterio, que tras décadas con claveles rojos, este año incluyó especies variuos tipos: iris morado, delphinium en varios tonos de morado, eryngium, esparraguera, yedra y musgo.

Un Dios doliente

Inédita fue también la estampa vivida en San Pablo con la salida de la Quinta Angustia. Más que inédita, curiosa, ya que la última vez que se escucharon marchas acompañando al misterio, la ciudad aún conservaba parte de su impronta decimonónica. Un año más, el Cristo del Descendimiento de Pedro Roldán no pudo recibir besos durante los días previos a la Semana Santa, de ahí que su veneración fuese doble —en su coqueta capilla y en la ciudad hecha templo—. Lo mismo que el portentoso Jesús de la Pasión, cuyo perfil manierista es una declaración de amor en la tarde del Jueves Santo. ¡Cuánta perfección y dulzura en la imagen de un Dios doliente! Si lucida fue su salida de la Iglesia del Salvador, más lo fue su llegada a la Plaza Virgen de los Reyes, donde a la temperatura agradable y las ganas de ver cofradías por parte de los sevillanos se sumó una legión de foráneos pasmados ante la visión de la plata —alguno debió de pensar que esta procedía de las Indias, por eso del revisionismo histórico—. Siguiendo su estela, la Virgen de la Merced deslumbró con la saya confeccionada a partir del traje de novia de doña María de las Mercedes de Borbón —la misma acaba de ser restaurada por Grande de León—, haciendo las delicias del público que, pese al retraso acumulado de la jornada, la acompañó durante todo el recorrido de ida y disfrutó de las marchas de Oliva de Salteras. Y qué decir de la Virgen del Valle, cuyo rostro vetusto y apenado atrajo todas las miradas a la caída de la tarde. Sin duda la imagen del día (y probablemente del año), fue verla en su paso sin palio, cubierta por un firmamento de besos, saetas y plegarias, desde que se abriesen las puertas de la Anunciación. Rezos que este Jueves Santo se llevaron a cabo de una manera más sentida, pues a la pérdida de muchos de sus devotos por culpa de del COVID, hubo que sumar la de José García de Tejada Domínguez, hermano de la corporación, quien falleció el Domingo de Ramos a causa de un infarto. Que Dios lo tenga en su Gloria.


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