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Una imagen al servicio de la liturgia

A través de la sobriedad del vestido de hebrea de las dolorosas se manifiesta el fondo espiritual de la Cuaresma pero si se anticipa en el tiempo se despoja al atuendo de su carácter simbólico

03 mar 2017 / 08:50 h - Actualizado: 03 mar 2017 / 08:57 h.
  • La antigua Virgen de la Hiniesta vestida a la hebrea por Juan Manuel Rodríguez Ojeda. La fotografía fue tomada por Rafael Pavón Fernández y se encontraba en el taller del insigne artista. / Archivo Histórico Hermandad de la Hiniesta
    La antigua Virgen de la Hiniesta vestida a la hebrea por Juan Manuel Rodríguez Ojeda. La fotografía fue tomada por Rafael Pavón Fernández y se encontraba en el taller del insigne artista. / Archivo Histórico Hermandad de la Hiniesta

Prácticamente desde su origen la Iglesia ha entendido la liturgia como el medio oficial y público para rendir culto a Dios. Ésta se manifiesta a través de una serie de códigos con los que se consigue hacer presente la conmemoración de cada momento. En su papel centralizador de la vida eclesiástica, la liturgia ha influenciado los preceptos externos del culto a lo largo de la historia, viendo en el arte y en su lenguaje simbólico los mejores canales para lograr un ambiente adecuado y comunicar el mensaje a los fieles.

Desde el siglo III se tienen datos de la fijación de una época para la preparación penitencial de la Pascua de la Resurrección. La Cuaresma, como se denomina a este período comprendido entre el Miércoles de Ceniza y el Jueves Santo, es uno de los tiempos litúrgicos más importantes en la vida cristiana. La liturgia, que pretende en este momento conmemorar el retiro de Cristo en el desierto y su camino hacia la Cruz, influenció los preceptos cuaresmales para fomentar la reflexión y el arrepentimiento, rigiendo signos en el culto, como la ausencia de música, la austeridad en el decoro, la penitencia y el ayuno.

Históricamente, el rito cuaresmal fue asumido en el mecanismo simbólico de la vida social, de modo que la repetición de sus normas a través de las generaciones ha dado lugar a celebraciones, indumentarias e incluso recetas características de esta época, que hoy se constituyen como señas de identidad cultural con gran valor patrimonial. Gracias a la fuerte presencia social de las cofradías en Sevilla, la Cuaresma fue tomada como un tiempo especial y relevante, al que la ciudad supo concederle también sus propios signos que estructuraron exteriormente el culto litúrgico. Entre ellos destaca por su notoriedad la creación simbólica del atuendo de hebrea que desde el Miércoles de Ceniza vestían las dolorosas titulares de las hermandades.

Aunque existen referencias sobre un vestido llamado de hebrea como alternativa al luto tradicional de las dolorosas desde 1850, no será hasta principios del siglo XX cuando quede constancia de su significado gracias a la redefinición del prototipo que Juan Manuel Rodríguez Ojeda realizó con la Virgen de la Hiniesta. En 1905, cuando las imágenes apenas contaban en su ajuar con poco más de lo que se le ponía y quitaba, fue nombrado teniente hermano mayor de la corporación del Domingo de Ramos. La precariedad que sufría la cofradía entonces estimuló la creatividad del artista, quien con unos pliegos de papel logró otorgarle toda la unción sacra a aquel atuendo, dejando una estampa grabada en la memoria de nuestra Semana Santa. Los testimonios documentales indican que aquella sorprendente visión de la Virgen tuvo escaso seguimiento en la década de 1910. Por el contrario, en la Cuaresma de 1928 la indumentaria a la hebrea, como ya era denominada, se había convertido en una práctica arraigada en la mayoría de las hermandades.

Se trata de una creación conceptual que nos descubre a un Rodríguez Ojeda consciente de que su papel como vestidor debía contribuir a revelar, más que a velar, el Misterio de Cristo que la Cuaresma recordaba. Así, a través de la sobriedad impuesta en el vestido de hebrea se manifestaba el fondo espiritual de la Cuaresma y expresaba el papel de discípula que la liturgia otorga a la Virgen en este tiempo. De este modo, al despojarla de sus atributos de Reina de los Mártires y retomar la impronta ascética de los ropajes de las dolorosas de Murillo y Roldán, conseguía presentarnos a la humilde Myriam de Nazaret, seguidora fiel de Cristo y peregrina hacia el Calvario.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, la labor de vestidores, como Morillo o los hermanos Garduño, fijó el canon sevillano de hebrea cada Miércoles de Ceniza, forjando una costumbre que rápidamente se extendió por toda Andalucía. Actualmente, la contemplación estética del trabajo artístico de los nuevos vestidores ha ido en detrimento de la lectura simbólica del atuendo. Por ello a pocos les extraña ya que cada vez sean más las dolorosas vestidas de hebrea casi un mes antes de la Cuaresma. Esta tendencia resulta preocupante por dos motivos. Primeramente, supone una clara emancipación de la priostría con respecto a la autoridad de los preceptos litúrgicos y en segundo lugar, despoja al atuendo del carácter simbólico con el que fue concebido, pues al desvincularse de su tiempo litúrgico, abandona su función originaria de expresión encaminada a la comprensión del misterio cuaresmal, convirtiéndose en un adorno accesorio de la imagen.

En la liturgia nada se altera ni improvisa, pues todo tiene sentido. Así, en el ejercicio de vestir de hebrea a la Virgen deben conciliarse los aspectos artísticos de la creatividad del vestidor y etnológicos del rito asociado a la tradición propia del tiempo y de la ciudad. El simbolismo litúrgico que encierra este atuendo es una realidad que tiene su historia y su momento y ésta no puede ser modificada arbitrariamente. Entendiendo que las hermandades son Iglesia, debemos exigirles que velen por este patrimonio inmaterial heredado y garanticen el cuidado de la liturgia, que ha de ser entendida en cada época concreta a partir de sus propios símbolos en una perfecta ósmosis entre culto y cultura.


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