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Viernes de Dolores de 1526: Boda imperial en Sevilla

A las puertas de la Semana Santa, Carlos V e Isabel de Portugal se dieron el «sí quiero» en el Salón de Embajadores del Real Alcázar. Según las cartas conservadas en un archivo de Bruselas, lo hicieron completamente enamorados.

03 abr 2020 / 07:52 h - Actualizado: 03 abr 2020 / 07:53 h.
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  • Viernes de Dolores de 1526: Boda imperial en Sevilla

Sevilla siempre ha sido escenario de bodas importantes, especialmente entre la aristocracia —gustosa de celebraciones coloristas y cálidas, cómo sólo nuestra ciudad sabe dispensar—. De ahí que en las páginas de la historia se recojan episodios de este género dignos de la mejor literatura. Pero entre todos ellos sobresale el enlace que tuvo lugar el 11 de marzo de 1526, Viernes de Dolores, entre una bellísima dama portuguesa llamada Isabel, y el nieto de los Reyes Católicos, Carlos I de España y V de Alemania. Cuentan los cronistas que ante el resentimiento de las arcas españolas y la necesidad por parte del rey de encontrar una mujer en edad de concebir, Carlos puso los ojos en la joven lusa, quien, por aquellas fechas, contaba veintitrés años. Unos dicen que fue su hermosura lo que cautivó al monarca, mientras que otros se inclinan por razones materiales, ya que la dote de la muchacha no era nada desdeñable: 900.000 doblas de oro frente a las escasas 300.000 aportadas por el novio. Por tanto, pese a ser su prima carnal —Isabel era hija de María, hermana de Juana I de Castilla, apodada «la Loca», y madre de Carlos—, y aún con la obligada dispensa papal de por medio, el enlace tuvo lugar en la «cuadra de la Media Naranja», actual Salón de Embajadores del Real Alcázar. Una boda de las que hacen época y que, para mayor gloria de los contrayentes, pasó de ser un ‘buen negocio’ de la corona a un pacto de amor en toda regla, pues sus protagonistas se dieron el sí quiero completamente enamorados. A este respecto, y tras estudiar varias cartas conservadas en el Archivo General de Bruselas, Juan Antonio Vilar da buena cuenta de la pasión que sentía el uno por el otro. «Eran ardorosos amantes», según el historiador.

Un enlace a medianoche

Por las crónicas sabemos que la comitiva de Isabel fue recibida en la puerta de la Macarena por los poderes de la ciudad, ocho días antes que el cortejo del emperador, quien tras acceder por el mismo lugar se arrodilló ante la puerta del Perdón de la Catedral para rezar, rodeado de las numerosas muestras de efusividad de los ciudadanos. Diego Ortiz de Zúñiga, historiador hispalense del siglo XVII, rememora el momento con detalle: «Salieron pues, los señores del Senado y regimiento de Sevilla a recibir a Su Magestad la Emperatriz, muy rica y lucidamente vestidos, con el señor asistente don Juan de Ribera y el ilustrísimo duque de Arcos, alcalde mayor de Sevilla. Salieron asimismo los muy reverendos señores del cabildo de la iglesia de Sevilla, y los egregios colegiales del insigne colegio de Santa María de Jesús; los caballeros y escribanos públicos, ciudadanos y mercaderes naturales y entrangeros, muy costosos y galanes, a mula y a caballo (...)». A todo ello se suma que la ciudad se preparaba para celebrar su Semana Santa, ya que la noche de bodas coincidió con el Sábado de Pasión, fecha singular en el calendario hispalense. Como curiosidad, esta tuvo lugar a las doce de la noche por dos razones. En primer lugar porque el emperador sabía que al día siguiente iba a ser excomulgado por el Papa «por haber mandado ejecutar al obispo de Zamora, que era comunero», según Vilar. Y asimismo «porque no quería que la muerte de su hermana Isabel, cuya noticia mantuvo en secreto hasta después de la ceremonia, retrasara la boda». Esta fue oficiada por el cardenal Salviati, actuando como padrinos el duque de Calabria y la condesa de Odenura y Faro, según el profesor Gallego Morell. Asimismo, pasada la medianoche, se habilitó un altar en la cámara de Isabel, donde el arzobispo de Toledo ofició una misa y veló a los novios. Pese a que aquella noche los nuevos esposos se acostarían en estancias separadas, las crónicas cuentan que Carlos —que por aquel entonces contaba veintiséis años— acudió al lecho de la emperatriz a «consumar el matrimonio como católico príncipe». Ni que decir tiene que ambos fueron felices y, como en los cuentos infantiles, «comieron perdices», aunque la fiesta no se prolongó tanto como hubiesen deseado, ya que el lujoso programa de corridas de toros, justas y torneos en la Plaza de San Francisco hubo de ser suspendido por el inminente estreno de la Semana Santa, como bien explica Mónica Gómez-Salvago en su interesante estudio «Fastos de una boda real en la Sevilla del quinientos». Una celebración que en aquella época contaba con corporaciones como Veracruz, Nuestro Padre Jesús Nazareno (El Silencio), Nuestra Señora de las Angustias (Quinta Angustia) o el Santo Entierro. Por tanto podemos decir que el emperador enamorado fue, aún a la fuerza, uno de los primeros monarcas emparentados con la fiesta hispalense. Una relación que nunca llegaría a ser del todo pacífica, ya que ocho años más tarde comenzaría una política de restricciones en la nómina de las hermandades; hecho que volvería a repetirse en 1552, ante el crecimiento inusitado de las mismas.


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