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#Yomecuro con Villamanrique

Raya Real. La lluvia de primera hora no mermó el número de peregrinos que caminan con la Más Antigua

18 may 2018 / 22:51 h - Actualizado: 19 may 2018 / 00:20 h.
"Rocío","El Rocío 2018"
  • La carreta del Simpecado de Villamanrique, guiada por el carretero de promesa, Antonio Solís, cruza un charco en la Raya Real. / Jesús Barrera
    La carreta del Simpecado de Villamanrique, guiada por el carretero de promesa, Antonio Solís, cruza un charco en la Raya Real. / Jesús Barrera
  • Cada uno tiene su sitio agarrado al Simpecado. / Jesús Barrera
    Cada uno tiene su sitio agarrado al Simpecado. / Jesús Barrera
  • Caminando siempre junto al Simpecado.
    Caminando siempre junto al Simpecado.

La lluvia lo cambió todo. Pero no alteró nada. Esperaban agua en torno a la hora de la parada y el chaparrón los empapó al poco de dejar atrás el pueblo. Los plásticos cubrieron rápidamente los candelabros y los chubasqueros los cuerpos de los más previsores. Resguardados de la lluvia o empapados hasta los tuétanos, los peregrinos de Villamanrique siguieron su camino. En lugar de arena y polvo seco, la Raya Real se convirtió en una prueba de obstáculos marcada por los charcos, casi lagunas, casi un vado de Quema para esta hermandad que no cruza el Guadiamar, que la carreta del Simpecado superó con destreza gracias a la experiencia del carretero de promesa, Antonio Solís, que repetía, 25 años después, en el cargo -«esta vez por mi hija»-. Es que nada puede con la devoción de este pueblo por la Virgen del Rocío que arrancó justo con el descubrimiento de la imagen por Goro Medina en Las Rocinas.

Y pese a las incomodidades, estos rocieros concluyeron que había sido lo mejor. Fue un chaparrón tempranero: «Pero nada de un chaparrón de mayo, esto parecía de diciembre o enero», sentenciaba Rocío mientras buscaba la forma de entrar en calor.

A Valentín García, en cambio, no le importó nada la lluvia. «Cuando la vida aprieta tienes muy claro lo que quieres y este año, más que nunca, yo quería estar hoy aquí, con mi hermandad de Villamanrique y con mis Niños Desorganizados. Periodista de Canal Sur, enfermo de cáncer y con una vitalidad a prueba de bombas, no estaba dispuesto a perderse este Rocío. «Más que nunca este año tenía que estar aquí». Las sesiones de quimioterapia han cuadrado y aunque sabe que no tendrá fuerzas para el camino completo, no paraba de sonreír porque se sentía «el hombre más feliz del mundo», además de agradecido. Y es que el hashtag que ha creado para animar a todos los que comparten su enfermedad, #Yomecuro, ha traspasado las redes y no sólo lo llevaban todos sus amigos y la mitad de los rocieros manriqueños en unas pulseras rojas, sino que iba bordado en oro sobre un lazo rojo que llevaba el asta del Simpecado de su hermandad, en su carreta. Villamanrique lleva así a Valentín y a todos los enfermos hasta las plantas de la Blanca Paloma.

Con este detalle, que se propagó rápidamente entre los hermanos, arrancaba la jornada ante la casa-museo de la Primera y Más Antigua, que presumía, además, de nueva campana. El repique de Cristina, como la bautizaron el día de su bendición -coincidiendo con el pregón de la hermandad, que este año pronunció Juan Márquez-, espabiló a los que no les basta con los cohetes y emocionó especialmente al hermano mayor de Villamanrique para esta romería, Vicente Calabuig, que, junto a su mujer, Mercedes García, decidieron donarla como «un regalo permanente» para el pueblo que les ha acogido como hijos. «En una reunión de la junta de gobierno preparando la romería nos enteramos de que era una aspiración de la hermandad desde hace tiempo y querían afrontarla ya. En ese momento lo tuve claro, lo comenté con mi mujer, lo propusimos a la junta en otra reunión y salió adelante. Lo que no podré agradecer jamás es que lleve el nombre de mi hermana, que murió hace año y medio. Tampoco dejaría que se usara si no fuera para Villamanrique», relataba emocionado en el sesteo de la hermandad junto al Palacio del Rey.

Vicente, como Valentín, irradiaba felicidad, aunque admitía que, pese a su cargo y ser consciente de la responsabilidad que los manriqueños depositaron hace justo un año en sus manos, «el camino en sí no está siendo más especial que otros». Y no porque no lo sea, sino porque «cada año he sentido que era especial desde que vine por primera vez, porque la acogida que nos han brindado desde el primer momento, en los que al final ya sabes que todo el pueblo acaba siendo parte de tu familia, que te tratan de tito o de primo, ha hecho cada camino excepcional y eso es difícil superarlo».

Hace seis años, un 2 de junio, sábado de Rocío, por razones de trabajo, el valenciano Calabuig tuvo que venir hasta una finca próxima a la aldea almonteña para cerrar «un trato de una compra de sandías con un manriqueño». El acuerdo se hizo y el manriqueño le invitó a quedarse en El Rocío esos días. En cuestión de días se hizo hermano de la primera hermandad rociera y, desde entonces, no ha faltado a ningún camino. Hace dos años no entendía cómo la Más Antigua no tenía hermano mayor: «Para mí era como si la falla de la Jordana o del Convento de Jerusalén no tuvieran una fallera mayor. Algo inexplicable. Así que el año pasado, cuando me lo plantearon medio en serio medio en broma, dí un paso al frente. Y parece que se han picado, porque ya hay candidatos para los próximos tres años».

Tras una tarde de calor, ya con los cuerpos y la ropa seca, Villamanrique llegó a Matagordas para su pernocta, cerca del Ajolí, y sueña ya con su presentación ante la Virgen esta mañana a la hora del Ángelus.


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