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El coche eléctrico y la pantomima de la ‘sostenibilidad’

El camelo publicitario de la ecología y de los gurús de lo sostenible, choca frontalmente con la senda por la que están transitando algunos fabricantes de vehículos

Mario Garcés mgarces83 /
13 sep 2020 / 13:36 h - Actualizado: 13 sep 2020 / 13:38 h.
"Motor"
  • Lucid Air, la nueva berlina eléctrica con hasta 1080 caballos de potencia
    Lucid Air, la nueva berlina eléctrica con hasta 1080 caballos de potencia

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'Ecológico', 'sostenible', 'eco-friendly', 'cero emisiones', son sólo algunos de los epítetos que los especialistas en mercadotecnia de las marcas de coches y de los gurús del tema, interesados en su expansión, emplean para definir al coche eléctrico en su propaganda. Sostenible es aquello que, según la definición de la Real Academia de la Lengua, se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente. Y, según la ley de la conservación de la energía, la energía no se destruye ni se crea, sino que simplemente se transforma. En cada transformación hay una pérdida, pequeña o grande, en forma de calor. Por ejemplo, en el motor de combustión, un 60 % de la energía presente en el combustible se disipa al ambiente, y sólo el 40 % se aprovecha, en el mejor de los casos, para desplazar al coche.

En el caso de los vehículos eléctricos las pérdidas por transformación (por ejemplo, al pasar la energía almacenada químicamente desde la batería hasta el motor) son mucho más pequeñas, pero no inexistentes. Y exactamente igual ocurre durante el transporte de la energía eléctrica desde la central donde se genera hasta que pasa a través del enchufe de nuestra casa al cargador y, de ahí, a la pila. Cada transformación y el transporte implica pérdidas. Y, por supuesto, la generación eléctrica implica un impacto, mayor o menor en función de la fuente. La nuclear no produce emisiones, pero tiene un coste de implantación alto y requiere del uso de recursos escasos. El de una central de carbón es altísimo. Si es eólica o solar, el impacto es mínimo, aunque estas centrales tienen otro tipo de impacto ambiental (peligro para las aves porque chocan en las palas de los aerogeneradores, impacto en la fabricación de las placas, etcétera). La cadena es muy larga y, en todo caso, sea cual sea queda claro que la energía no proviene de la nada y que tenerla a nuestra disposición implica ser cuidadoso en la gestión de los recursos para no abusar innecesariamente de ellos.

Entonces, cuando parece que la implantación del vehículo eléctrico (que no produce emisiones por el escape pero sí en la generación eléctrica) ha tomado una senda que nos llevará, tarde o temprano, a conducir coches sin motor de combustión, aparece otra carrera inmediata: la de la potencia desmesurada. Esta semana, un fabricante norteamericano, Lucid Motors, ha presentado el Air, una berlina de lujo de cinco metros de longitud, con un sistema de propulsión eléctrico y algunas novedades técnicas que hacen que se distancie de la competencia. Al menos, en la teoría, pues ya se puede adquirir en Estados Unidos y en 2021 empezarán las entregas.

Lo curioso del caso es que las prestaciones anunciadas para este coche se encuentran, desde la versión básica, en el campo que, hasta hace unos años, estaba vetado a coches que no fueran superdeportivos. Y la filosofía de estos coches jamás fue la de ser 'sostenibles', porque no lo eran, ni pretendían serlo, ni sus fabricantes presumían de tal cualidad. Eran excesivos, consumían recursos con voracidad (gasolina, casi siempre) y nadie lo escondía.

Ahora, con la llegada de una rápida evolución en el desarrollo de motores eléctricos, parece democratizarse este consumo de recursos exagerado y, además, vestirlo de falso ecologismo. El Lucid Air básico tiene 620 caballos. Y hay dos versiones más, con 800 y 1080 caballos. Y, para quien no quede claro, es una alternativa a modelos que ya se producen desde hace tiempo, el Tesla Model S y el Porsche Taycan , que cuentan con motores de ente 421 y 761 caballos. Y unas baterías, claro está, siempre acordes al tamaño de estos coches (que superan ampliamente las dos toneladas de peso) y a un mínimo de autonomía para que puedan ser prácticos en el uso diario. Ni digamos, si alguien se empeña en emplear durante un rato tanto caballaje, en cuyo caso la energía almacenada en las baterías tarda relativamente poco tiempo en esfumarse en forma de aceleración y calor.

¿Qué familia necesita un vehículo de 1080 caballos para desplazarse y, menos aún, quién puede creerse el cuento de que, además, ese vehículo está diseñado para ser ecológico y consumir pocos recursos naturales? Toda esa energía que se va a almacenar en su batería de 113 kWh tiene que salir de algún sitio, transformarse, conducirse hasta un enchufe y, después de acumularse químicamente, volver a convertirse en energía mecánica para mover las ruedas. Y todo para alimentar un sistema propulsor tan potente que permite demostrarle al vecino que se tiene el coche más rápido, en línea recta, no ya del barrio sino del continente. Pero, eso sí, sostenible.

Llamemos a las cosas por su nombre. Nuestra libertad nos permite hacer con nuestro dinero lo que deseemos. Como darnos el lujo de conducir un vehículo de lujo y de altísimas prestaciones. Simplemente, en tal caso, seamos consecuentes. No pretendamos ir de salvadores de la causa ecologista. No, mientras alimentar semejante mole requiera tal consumo de energía y recursos. No hay nada sostenible en acelerar dos toneladas de 0 a 100 en tres segundos.


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