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Actualizado: 28 jul 2021 / 08:14 h.
  • Manuel Monteagudo y Moncho Sánchez-Diezma dan vida a Teodoro y Tristán. / Fotografía Rafa Núñez Ollero
    Manuel Monteagudo y Moncho Sánchez-Diezma dan vida a Teodoro y Tristán. / Fotografía Rafa Núñez Ollero

Tras su estreno en 1618, veía la luz en Madrid el texto impreso de El perro del hortelano en la Oncena parte de las comedias de Lope Félix de Vega Carpio al cuidado del propio autor. Una obra que parte de la crítica encuadra en la comedia palatina —otros lo hacen en la urbana— cuya original estructura, dibujo de los personajes y hermosos parlamentos salpicados de sonetos la convierten en una de las mejores creaciones del Fénix de los Ingenios. Ambientada en la Nápoles del siglo XVII, su argumento nos presenta a Diana, condesa de Belflor, quien pone sus ojos en Teodoro, su secretario, tras descubrir el idilio de este con Marcela, su dama de compañía. No obstante, debido a la diferencia de clases entre ambos, la noble no se atreve a declararle su amor, pero tampoco quiere que Teodoro se case con Marcela, por lo que decide darle esperanzas, dando luz a un divertido enredo alimentado por Tristán, criado y amigo de Teodoro, que conecta con el dicho popular del siglo XI «el perro del hortelano, ni come ni deja comer», el cual da título a la comedia.

«El perro del hortelano»: un triunfo al cuadrado
Monteagudo, Montoya y Sánchez-Diezma en una escena de ‘El perro del hortelano’. / Fotografía Rafa Núñez Ollero

Partiendo del original lopesco, Paco Mir —integrante del grupo cómico El Tricicle— construye un espectáculo del siglo XXI con los que transmitir la magia del XVII sin detenerse en el XX. Esto quiere decir que, a diferencia de la mayoría de versiones de El perro del hortelano que hemos podido disfrutar durante los años posteriores a la Transición —destacando el montaje de José Luis Sáiz para la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 1989 y desembocando en la adaptación cinematográfica de Pilar Miró en 1996—, esta propuesta recién estrenada en el Festival de Teatro Clásico de Almagro posee la esencia de los espectáculos áureos pero sin el lastre de su academicismo. Algo apreciable ya desde la composición del reparto —únicamente cuatro intérpretes para dar vida a una trama de quince personajes—, de la ambientación —en este caso, el director elige la década de 1930 como parte del juguete cómico— y muy especialmente del libreto —el espectáculo opta por la técnica del metateatro para conectar con el público—. En suma, Paco Mir «deconstruye» la obra original de Lope para ofrecernos un nuevo producto que, al tiempo que suena a Lope y cautiva del mismo modo que lo viene haciendo desde hace cuatrocientos años, juega con los espectadores al más puro estilo Tricicle, de ahí que el barcelonés no ponga objeción a que su nombre aparezca en el cartel junto al del «Monstruo de la Naturaleza», que diría Quevedo.

«El perro del hortelano»: un triunfo al cuadrado
Anarda (Manuel Monteagudo) y Diana (Amparo Marín) en plena acción. / Fotografía Rafa Núñez Ollero

Conceptual en las formas —ya su subtítulo, «una comedia al cuadrado» es una declaración de intenciones— y profundamente inteligente en el fondo, el éxito de la propuesta de Vania Producciones / Sofía Aguilar Producciones de Arte se sustenta en tres pilares; por un lado el excelente casting, por otro la fresquísima dramaturgia, y muy especialmente por la constante ruptura de la cuarta pared. En el primero de los casos, Paco Mir apuesta a caballo ganador, contando con cuatro nombres experimentados en la práctica del verso que a su vez poseen la capacidad suficiente para afrontar un proyecto repleto de gags, despliegue físico y cambios de ritmo. Estos son Amparo Marín, actriz de largo recorrido cuya trayectoria abarca clásicos como Julio César, La Dama Duende, El Rey Lear o Hamlet; Moncho Sánchez-Diezma, quien lleva años alternando el teatro con el cine y la televisión (entre otros títulos le hemos visto protagonizar In Nomine Dei, Don Juan Tenorio y Trajano. Memento Mori, así como dar vida a Tomás Moro en la película Thomas vive); Paqui Montoya, cuya presencia escénica y variedad de registros la convierten en un valor seguro (amén de su amplio currículum sobre las tablas destaca su presencia en proyectos audiovisuales como Carmina y Amén, Arde Madrid o Tu hijo); y Manuel Monteagudo, uno de los referentes de la escena andaluza de los últimos veinticinco años, con trabajos memorables en Taí Virginia, La Estrella de Sevilla, Hamlet o Luces de Bohemia. Los dos primeros dan vida a Diana y Teodoro, las piezas maestras del puzle alumbrado en el Siglo de Oro, mientras que sus compañeros encarnan a Marcela y Tristán, al tiempo que se meten en la piel de un buen número de secundarios, como Fabio —criado de Diana—, el conde Ricardo y el marqués Federico —pretendientes de la condesa— o Anarda —dama de compañía—. Precisamente este juego de personalidades múltiples, donde Monteagudo y Montoya demuestran poseer una extraordinaria vis cómica, es la base de la jocosidad de la obra, lo cual, sumado a la elegancia, la dicción y el buen hacer de Marín y Sánchez-Diezma, así como la dirección ingeniosa, alocada y siempre precisa de Paco Mir, dan como resultado un montaje brillante. Algo que supieron apreciar desde el inicio los espectadores congregados en el Teatro Romano de Itálica, los cuales, además de agotar las localidades y secundar las propuestas de la compañía con risas y aplausos, devolvieron parte del esplendor perdido a un rincón ineludible de nuestro patrimonio, recuperado en este difícil bienio merced al Festival ANFITRIÓN.

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