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Actualizado: 20 mar 2022 / 13:00 h.
  • Ernest Hemingway.
    Ernest Hemingway.

Por estos lares, cuando oíamos el año de 1922, pensábamos invariablemente en la festividad del Corpus en Granada, en aquellos días en que el joven Federico García Lorca colaboró con el compositor Manuel de Falla en la aventura providencial de convertir el flamenco en cultura respetable con el apoyo del catedrático y político Fernando de los Ríos, porque, en efecto, durante los días centrales de aquel año del que ahora se cumple un siglo se celebró el primer concurso de cante jondo y el flamenco dejó de ser lo que era: un arte infectado exclusivamente del olor de las tabernas. Sin embargo, más allá de aquella gesta cultural indeleble, en 1922 ocurrieron muchísimas más cosas, como nos recuerda el polifacético Antonio Rivero Taravillo –traductor, poeta, novelista, ensayista y director aún de la revista sevillana Estación Poesía- en su última obra, publicada por Pre-Textos y que utiliza un potente presente verbal para focalizar, como si no hiciera cien años, la cena en la casa parisina del americano Ezra Pound donde se reúnen James Joyce, a punto de publicar su Ulises, y T. S. Eliot (Tom, para los amigos), que iba a publicar La tierra baldía.

‘1922’, el año en que la Literatura se hizo de nuevo
Jamer Joyce.

Pound, inmerso ya en sus Cantos, había vuelto hacía solo unos meses a París, que era la capital de la cultural mundial, y por su hogar temporal, en tanto que animador, crítico y corrector, habrían de pasar durante aquel año todos los artistas empeñados, a contracorriente, en renovar la Literatura universal, mucho antes de que este mismo anfitrión sintiera tanta admiración por Benito Mussolini, que precisamente aquel mismo año de 1922 –un año, por cierto, clave en la lucha pacifista de Gandhi al otro lado el mundo, mientras Stalin sube al peligroso poder en Rusia- organizó su Marcha sobre Roma y alimentó el fascismo sobre el que el propio Pound iba a filosofar favorablemente años más tarde, hasta el punto de encontrarse a un paso de la pena de muerte cuando todo –incluso la II Guerra Mundial- había terminado si no llega a ser porque muchos de los escritores que él había apoyado desde aquel piso parisino, como Hemingway –que había entrevistado en junio de 1922 a Mussolini en Milán y que todavía no había publicado París era una fiesta-, ratificó ante el tribunal que Pound estaba rematadamente loco.

‘1922’, el año en que la Literatura se hizo de nuevo
T. S. Eliot.

Esa locura, que no era exactamente la misma que lo había llevado a vislumbrar la potencia vanguardista del arte en 1922, fue la que le posibilitó morir de viejo en Venecia a los 87 años, acompañado de su amante, la violinista Olga Rudge, a la que había conocido precisamente en París antes de que por su piso pasara la flor y nata de una creatividad mundial dispuesta a partir en dos la Historia del Arte... Pero todo eso forma parte de otra historia que no es exactamente la focalizada en el libro de Rivero Taravillo, a quien le basta y le sobra el año de 1922 para retratar el mundo explosionado de la Literatura sin salir de París.

Entre aquella cena de enero de 1922 y la que tiene lugar en diciembre del mismo año, ya con W.B. Yeats, tienen lugar muchas otras comidas y encuentros (incluso desencuentros) en los que se manifiesta la efervescencia de la cultura del momento, con el surgimiento del surrealismo de André Breton y aquella librería de Sylvia Beach en la que recalan muchos escritores americanos, al margen del propio James Joyce, satisfecho de que la también editora estadounidense se decidiera a publicar aquel mamotreto de novela en la que nadie había confiado y con la que él mismo parecía eternamente liado entre correcciones de erratas y dudas titulada Ulises, el paradigma de una postmodernidad que ya no estaba protagonizado por el héroe que volvía a Ítaca, sino por el antihéroe que no encontraba el modo de querer volver, por cerca que se encontrase, o tal vez por eso.

‘1922’, el año en que la Literatura se hizo de nuevo
Antonio Rivero Taravillo.

Un poema y una novela sin precedentes

Con un sutil estilo indirecto libre empapado de presente perpetuo, Rivero Taravillo –muy conocedor de estos dos autores- teoriza en el libro sobre la importancia de las obras de Joyce y de Eliot. “El poema de Eliot es moderno en la misma medida en la que lo es Ulises. Los dos nos hemos rebelado contra los clichés, por eso no nos perdonan quienes no saben hacer otra cosa que repetir lo ya manido hasta la náusea. Por otra parte, sabe captar el habla común. Tener buen oído no es solo saber dónde hacer que recaigan los acentos en el verso, sino poseer la capacidad de reproducir con naturalidad lo que otros dicen, lo que nosotros mismos decimos si no estamos encadenados por las convenciones muertas. ¿Cuántos hay que se dicen poetas y siguen diciendo con las mismas palabras lo que otros ya han dicho?”.

Y así seguirá discurriendo el propio Joyce: “Seguro que van a decir de La tierra baldía, como sé que lo dicen de mí, que carece de lógica. Pero no se trata de hacer proposiciones lógicas ni de hilar un discurso lineal. Eso ya se ha realizado. Lo que corresponde al escritor nuevo no es relatar hechos, eso ya se hizo y lo hacen, con mayor o menor grado de verosimilitud, los periódicos. Lo que el escritor tiene que hacer hoy es trasladar emociones, y estas tienen un componente irracional, ¿no es cierto? Entonces no hay que despreciar lo irracional”, argumenta el autor de una novela sin precedentes que había universalizado el monólogo interior en la voz de la esposa del protagonista con una palabra orgasmaticolexicosexualafirmativa: “y los ocasos brillantes y las higueras de la Alameda sí y las callecitas rarísimas y las casas rosadas y amarillas y azules, y los rosales y jazmines y geranios y tunas y Gibraltar de jovencita cuando yo era una Flor de la Montaña sí cuando me até la rosa en el pelo como las chicas andaluzas o me pondré colorada así y como me besó junto al paredón morisco y pensé lo mismo me da él que otro cualquiera (...) y primero lo abracé sí y encima de mí lo agaché para que sintiera mis pechos toda fragancia sí y su corazó como enloquecido y sí yo dije sí quiero Sí”.

Un año sin vuelta atrás

El año de 1922 es, además, el año que Marcel Proust termina su obra total, que había iniciado tres lustros atrás: En busca del tiempo perdido, que ya entonces es percibida como una prosa arcaica pero perfecta, una novela del recuerdo sin prisas pero con una capacidad hechizadora simpar. De hecho, Proust –que tanto gustaba a André Gide- había ganado sorpresivamente el Premio Goncourt. Aquel mismo año, Franz Kafka, el genial autor de otra versión posmoderna de relato literario, La Metamorfosis, ya ha asumido su propio final y el de El proceso, aunque todavía faltasen más de dos años para editarse, ya muerto él.

El año de 1922, desde la perspectiva de este libro titulado así, parece francamente inagotable, porque es el año en que el mismísimo Albert Einstein visita París para exponer su teoría de la relatividad, y el año en que Constantinos Cavafis se jubila de su puesto a tiempo parcial en un negociado de irrigación del Departamento de Obras Públicas después de haber trabajado tanto tiempo en Alejandría para la administración británica, justamente el año en que Egipto se independiza, cuando el poema más conocido de Cavafis, el titulado precisamente “Ítaca”, como la Ítaca de los dos Ulises –el de Homero y el de Joyce- emprende ya un vuelo también independiente: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que tu camino sea largo, / repleto de aventuras y experiencias”.

Aquel mismo año, nos recuerda Taravillo, Thomas Mann se hallaba escribiendo La montaña mágica y John Dos Passos –enfrascado en la escritura de Manhattan Transfer, su obra magna- se detiene en París, antes de volver a EEUU, para que su amigo Cummings le confiara la publicación allá de su primer poemario, Tulipanes y chimeneas. En 1922 se traduce al inglés por primera vez aquel Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwing Wittgenstein en el que el filósofo sentenciaba otro descubrimiento sin precedentes, tan en conjunción con la literatura del momento: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. César Vallejo publica su incomprendido libro Trilce y marcha a París para malvivir, tan al contrario de lo que le ocurre a Francis Scott Fitzgerald, que acaba de publicar su novela Hermosos y malditos después de que la acción de la más famosa de las suyas, El gran Gatsby, se desarrollara durante el verano de 1922, solo unos meses después de que Rainer María Rilke terminara sus Elegías de Duino y sus Sonetos a Orfeo en el castillo suizo de Muzot... Y Jean Cocteau se despide del año con el estreno de su Antígona en un teatro de Montmartre, con decorados de Picasso y vestuario de Coco Chanel. “A los clásicos”, concluirá Taravillo, “había que quitarles el polvo”. También al año 1922, que tanto escondía.

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