Actualizado: 10 abr 2020 / 10:59 h.
  • Una obra de Anish Kapoor.
    Una obra de Anish Kapoor.

En el anterior artículo que dediqué al “Arte en tiempos del Coronavirus: la Era de la Postpandemia”, pensé sinceramente que las cosas y el mundo tal y como lo hemos conocido, iban a cambiar totalmente, y en el caso del arte, para mejor.

Después de hablar con algunos colegas –artistas y ceramistas- llego a la conclusión de que igual pequé de buenismo idealista y que de cambiar las cosas, lo serían a peor, porque si ahora vivimos en la Era del Neocapitalismo, esto no es nada si lo comparamos con el Ultracapitalismo que nos espera una vez superada la pandemia y en el que lamentablemente el arte –los artistas y artesanos- (vamos a dejar por el momento a los ingenieros, arquitectos, diseñadores y otra serie de profesiones para las que se necesita bastante arte, sin que por ello necesariamente se les clasifique como tales, porque de aceptar esto, tendríamos que reconocer que incluso cualquier sanitario o jurista,...hace verdaderas maravillas en el quirófano o en el bufete.

Para quien se ha “educado” y “deseducado” en las consignas de la postmodernidad y sus profetas, con lemas tales como “vive rápido, muere deprisa y haz un cadáver bonito”, “estar en el sitio adecuado en el momento oportuno”, “una buena chaqueta –que no sólo una buena chequera- lo hace todo”, o el peor: “todo es arte y cualquiera puede ser arista” aunque no tenga ni la menor idea de los principios que lo rigen.

Son muchos los conceptos pues que hemos debido ir abandonando en cuanto a las infinitas cosas que aprendimos, como eso del cánon, la proporción, la armonía, las leyes de la composición, las tonalidades cromáticas,... enfín: unas ñoñerías, porque además –ciertamente- también son prescindibles, y de hecho, a grandes y excepcionales artistas actuales lo que le agrada es romper toda esa serie de reglas, alterar el orden, mezclarlo todo –estilos incluidos- en una misma o en la mayoría de sus obras.

De manera que todos esos conceptos básicos de una dicción y una nomenclatura, un modo de representación visual y espacial, etc. desde el periodo ático al romano imperial, pueden tener vigencia ahora ¡qué duda cabe!, pero a estos, se les ha añadido u opuesto otros que aún invierténdolos, continuan siendo por encima de todo arte.

A alguien puede no gustarle lo que hace por ejemplo Anish Kapoor o tantísimos otros que podríamos traer aquí, lo que no hay duda es que lo que él hace sí es arte y con mayúsculas y lo que ocurre es que son otros conceptos, otras maneras, otros materiales, otras culturas, otras lecturas.

Para Pau Ferrer, historiadora del arte y más, y para muchísimos participantes, asistentes o coleccionistas asiduos a las grandes Ferias Internacionales, ARCO sin ir más lejos, el arte ahora no tiene por qué ser la obra en sí, sino la prueba de haberla hecho, la fotografía o el vídeo de que existía, las grabaciones visuales o sonoras si se trata de una performance, las hojas que pudieran describir la intervención, su repercusión en las redes o en la prensa, etc., de modo que quien compró el plátano (que por otra parte se degluyó in situ), lo que compró es su certificado para exhibirlo en su mansión, ya fuese este una factura, un acta notarial, o cualquier texto que garantizara su compra. Texto que podría firmar tanto el autor, como quienes se lo vendieron y cuya redacción me abstengo de reproducir por lo tristemente jocoso que parecería (“Aquí había un Plátano” o similares).

He escogido esta obra por el simbolismo que puede representar de hasta dónde hemos llegado, permitido, y de cómo están las cosas y por que entiendo que el arte entonces no sólo estaría en el que lo colocó con la cinta americana, sino en el que se lo comió y en el que lo compró, en caso de no haber sido el mismo. Pero en esto como en todo también hay precedentes. Sin ir más lejos lo que hiciera en su día Magritte con su famoso “Ceci n´est pas une pipe”, cualquiera de los ready made de Duchamps, entre ellos su famoso urinario fuera de contexto, las latas de “merda d´artista” de Piero Manzoni, o las de sopa Campbell de Warhol. Obras que en la actualidad alcanzan los cinco, seis o siete dígitos.

Si bien pudiera ser cierta esa afirmación, consistente en que la verdadera obra de arte es la acreditación (que es lo que le va a quedar al artista), o la factura -que es lo que le queda al comprador- por tanto, lo que habría que enmarcar por haber adquirido un plátano inexistente, o todas las “acciones” desde que se coloca hasta que desaparece, no es otra cosa que la factura, llegándose al absurdo por completo, porque lo que se compra no es ni siquiera la obra en sí.

No quiero meterme en el jardín de ¿qué hubiera pasado de haberla adquirido un museo o colección pública?: ¿se sustituiría la banana llegado el punto de putrefacción?, ¿se dejaría expuesta hasta que acabaran por terminar la obra los gusanos?, ¿se iría restaurando en la medida que se fuera pudriendo?, ¿se haría con los presupuestos públicos, es decir con nuestro dinero?, ¿querría decir esto aque también nosotros somos sus compradores?,...

Pero bueno, a lo que vamos: ¿por qué se hace esto?, ¿porqué se ha permitido que se exhiban en saraos in ternacionales este tipo de obras? y ¿quiénes y para qué se adquieren?

Sin que conozca las verdaderas razones que le llevaron a hacerlo, en mi opinión acaso la principal, reside en que si esa persona hubiese tenido que pagar -o pagarse él mismo porque él también se promociona además de su empresa- una campaña de publicidad a nivel de todo el planeta o por lo menos en los centros de poder (económico o mediático) teniendo en cuenta la amplísima repersusión que ha tenido, esta le hubiese costado una fortuna considerando que la noticia se incluyó en los grandes rotativos, cabeceras y magazines y no sólo de arte. Y con este sistema del escándalo, una nadería.

De la repercusión mediática que ha tenido en las redes, grupos de wassaps, blogs, televisiones públicas, canales privados, youtubers, influencers, foros,...no digamos. Pero ojo, que esto es lo que ha pasado hasta ahora, como uno de los exponentes de la sociedad no sólo líquida, sino vacía.

Por otro lado el artista, porque hay que tener arte y cara para hacer eso, también se beneficia y lucra del éxito alcanzado con una mera ocurrencia que por otra parte podría haber sido más elaborada. No diré con bocetos previos porque eso sí que ya suele ser más que anacrónico.

Pero bueno, el que se ha beneficiado no es sólo el artista -sigamos llamándole así- porque quien se lucra y promociona sobre todos los demás, no es otro que el coleccionista. Ahora bien, si añadimos lo que el autor tendría que pagar al agente, al curador, al galerista (en el supuesto de que los tuviera), a la comisión de la Feria (si lo exigiera), y sobre todo a Hacienda, se quedaría con un porcentaje famélico, claro que el coste tampoco le supuso mucho desembolso. De manera que por aquí también ganamos o perdemos todos, según se mire.

Lamentablemente en esta situación que para mí ha sido un límite, los artistas seguiremos siendo el personal necesario de servicio, como pueden serlo la asistenta, el chófer o el jardinero, sólo que asistentes de lujo completamente sustituibles por la nueva cretinez en boga, con lo cual la categoría de artista también por aquí habría que cuestionarla.

Ante esta situación y la que se nos viene, la pregunta que traslado a mis queridos seguidores, es si vamos a continuar consintiendo el show y entonces sí que ¡¡¡todos al ataque!!!, a ver a qui cuestiones, es el número de links que se dan en cuanta plataforma virtual exista, en los canales de internet, en los portales de celebritys, ...en definitiva, lo que nos está exigiendo un mundo donde lo digital, la inteligencia artificial, el humo o el control remoto de cualquier aspecto que se nos venga a la cabeza, está cambiando el orden de valores, eliminando a los más desfavorecidos, empobreciendo a lo que hasta no poco era la clase media y enriqueciendo a los grandes holdings multinacionales, a quienes tienen el control de los medios, y a los que sepan servirse de ellos.

Les diría entonces que no sean tímidos y que antes de que se acabe el confinamiento y la pandemia, inunden todo lo que esté a su alcance y que cuando esta acabe, lo hagan en la calle y en los Museos. Entraremos al fin en el Ultracapitalismo Artístico, otra manera de especulación que han venido ejerciendo hasta la fecha los poderes fácticos –y en la sombra- desde los grandes mecenas del Renacimiento a los ¿Por qué no? extraordinarios marchantes del XX (Kahnweiler, Vollard,...), sólo que ahora se hace u sobre todo se hará con mayor velocidad y cantidad (la calidad queda claro que ya tampoco importa), no obstante realizada con la misma desfachatez u obsenidad que ha venido haciéndose mientras que muchos hemos permanecido, no en la sombra, sino también aquí como en tantas otras cuestiones, impasibles ante la voracidad de los lobbys políticos, financieros, empresariales (de las grandes que queden si esto no se acaba pronto o no se remedia), o religiosos incluso y no precisamente católicos, y sólo que entonces, después de la pandemia, esta fagotización será más a lo bestia. Pues eso: ya lo decía Breton: “La belleza será convulsa, o no existirá”. ¡Salud y Paz, hermanos!

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