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Actualizado: 06 feb 2022 / 13:17 h.
  • Lauro Olmo.
    Lauro Olmo.

Hace justamente medio siglo, el 11 de febrero de 1972, el escritor Lauro Olmo, gallego de nacimiento pero madrileño para siempre desde que su padre emigrara a Buenos Aires para no volver, representó en su propia casa, con su mujer, la también escritora Pilar Enciso, y sus dos hijos de 9 y 12 años, la obra teatral más realista de toda su carrera. Después de tres años con una pancarta en su balcón contra el derribo de aquella manzana del barrio de Pozas, los 10.000 metros cuadrados donde acabarían construyéndose El Corte Inglés de Argüelles y el hotel Princesa, aquella mañana ya estaban los grises decididos a acabar definitivamente con el último edificio en el que seguía resistiendo el por entonces conocido como “escritor sitiado”.

Todos los vecinos habían acabado ya por aceptar un puñado de billetes y una vivienda en otra parte, pero Olmo y su familia habían montado aquel último número a favor de su propia dignidad. Algunos años atrás, en la Plaza del Duque de Sevilla, otro Corte Inglés le había ganado también el pulso a los artículos encendidos que Joaquín Romero Murube lanzaba desde su Alcázar. Pero la batalla de Joaquín era a favor del patrimonio que se iba con el derribo del palacio de los Sánchez-Dalp, por ejemplo. En el caso de Olmo, se trataba de un barrio obrero que había ido cayendo a manos de la especulación tan solo dos años antes de que el Tribunal Supremo le diera la razón. La justicia tardía, ya se sabe.

Lauro Olmo, el dramaturgo más realista durante el franquismo, 100 años después
Lauro Olmo con Enma Cohen y Fernando Fernan Gómez.

El caso es que aquella mañana de febrero del 72 Olmo pintó la bandera de España en el mismo portón que los grises tenían que derribar. Los funcionarios franquistas se detuvieron en seco ante la rojigualda nacional porque ultrajarla estaba prohibido. La policía trató de convencer a la familia de que abandonara la casa por las buenas a través de la megafonía, pero el autor de La camisa –probablemente el drama más realista del tardofranquismo español- estaba decidido a resistir. De hecho, llevaba años escribiendo letrillas que se habían popularizado desde aquel sitio: “Piquetas de la codicia, / ¿qué fuisteis a desahuciar? / Si nuestros hijos reían, / ahora ya saben llorar; / si nuestros hijos hablaban, / ahora ya saben callar”. Otras composiciones, que los jóvenes repetían por el barrio, decían, por ejemplo: “¿Qué culpa habéis cometido? / A nadie la culpa extraña. / La culpa es de haber nacido / sobre uno de los solares / más cotizados de España”. Al cabo de dos o tres horas, a los grises se les disipó la mala conciencia por atacar la bandera, la piqueta terminó derribando el edificio y la familia de Lauro Olmo terminó vitoreada por los vecinos y la atención de tantos medios de comunicación, incluso extranjeros, como habían venido apoyándolo hasta aquel momento.

Un escritor autodidacta

Lauro Olmo (El Barco de Valdeorras, Orense, 1922 – Madrid, 1994) estudió en las escuelas municipales de Madrid hasta que la Guerra Civil lo obligó a seguir aprendiendo de manera autodidacta. La biblioteca del Ateneo de Madrid fue quien terminó de enseñarlo. Incluso de niño, trabajó de recadero, de ayudante de mecánico y de todo lo que se le puso a tiro. Y fue después de casarse con su mujer de toda la vida, la también dramaturga Pilar Enciso, cuando comenzó su fructífera producción de dramas y narraciones dolorosamente realistas. En 1953, publicó El Milagro y El perchero. Y aunque su mayor éxito no lo escribiría hasta 1960, no fue hasta 1962 cuando se estrenó. Aquel drama popular en tres actos se titulaba, simbólicamente, La camisa, y ganó el Premio Nacional de Teatro al año siguiente.

El drama de la emigración

La camisa ponía por primera vez en el centro del debate dramático nacional un problema que acababa de estrenarse en la propia sociedad, y no solo en Madrid, aunque Olmo centrara la trama de su obra en el extrarradio chabolista de la capital de España. La emigración, es decir, abandonar la patria porque aquí no había trabajo ni sueños ni futuro, se había convertido en la válvula de escape de una asfixia que no era solo económica, pero principalmente. Olmo conocía de primera mano el drama real de tantas familias como habían enviado primero a las mujeres de criadas a los hogares alemanes. Estas mujeres mandaban llamar a continuación a sus hombres para que encajaran en alguna colocación industrial. “Las criadas españolas tenemos en Alemania un cartel, como los toreros”, dirá amargamente uno de los personajes.

Los protagonistas, Lola y Juan, son un matrimonio que se instaló en aquel barrio de chabolas “provisionalmente” a mediados de la década de los 40, en plena crisis de las cartillas de racionamiento pero también en plena efervescencia de una esperanza en que todo iba a ir a mejor. La dictadura, evidentemente, lo había impedido, y ya con los hijos adolescentes, la pareja no solo no había progresado un ápice, sino que, con la abuela en el centro de la chabola y de su propia vejez, había ido involucionando incluso en su propia relación. Juan y Lola apenas hablan. El Señor Paco de la taberna cercana trata de compatibilizar su falsa simpatía con la libido por las nubes cada vez que ve a Lolita, a quien desea colocar de criada en su propia casa. Lolita, a su vez, cree estar enamorada de Nacho, el amigo de su hermano Agustinillo, quienes constituyen la sal del barrio por sus travesuras con los petardos, la versión casera de otros explotidos que a los mayores revuelve la memoria e incluso del posible fracaso de uno de los satélites que los rusos o los americanos, tanto da, habían lanzado al espacio. Mientras tanto, todo el afán de Lola, que va al Rastro en busca de ella, es recomponer, lavar y planchar una camisa blanca que representa la clave para que su marido reingrese en el mercado laboral. A una entrevista con el patrón debía de presentarse con una camisa blanca de cuello duro, “para parecer un rico”, como le dice su hija Lolita, aunque la prenda se resiste durante toda la obra y la mayor parte de ella ondea al viento, para que se seque, en el solar anexo a la chabola donde se tira el agua sucia y otros desperdicios.

Lauro Olmo, el dramaturgo más realista durante el franquismo, 100 años después
Lauro Olmo. Recortes periodísticos.

Juan se esperanza en que la camisa blanca le suponga un pasaporte a su tajo de albañil, pero su mujer, más previsora, se fija ya en los planes de otros vecinos como Lolo, Luis o Sebas de marcharse a Alemania para encontrar un trabajo allí. Lola va haciendo la maleta casi a espaldas de su marido, que no es un borracho fracasado como Ricardo, el desesperado vecino que incluso termina provocándole un aborto a su mujer, María, después de que este se entienda con él a sartenazos, pero que entiende precisamente como un fracaso abandonar la tierra natal para buscar la solución fuera de ella. Entretanto, el tío Maravillas, que vende globos, pone un trazo colorido en el escenario, hasta que enviuda y pretende, en su desquiciada locura, que todos los globos se vuelvan negros. Lola no desfallecerá en la preparación de su maleta. Vuelve al Rastro, el mismo mercadillo donde compró la camisa, para hacerse con una maleta que “no es muy allá”, como le dirá la Abuela, pero que sirve para llevar su escasez, aunque su mayor dolor es que Juan no se presente para despedirla. Juan vuelve, y hacen el amor desesperadamente en su cuartucho de la chabola mientras por la ventana está gritando Lola que se ha hecho millonario por sus catorce aciertos en la quiniela...

Olmo, tan censurado

En el trasfondo de la obra trasluce aquel mismo boleto premiado de la esperpéntica Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, claro, e incluso la miseria ineluctable de Historia de una escalera, la obra con que Buero Vallejo había triunfado una década antes. De hecho, el teatro de Olmo está en la línea de toda la denuncia social en la que insistirían otros autores contemporáneos como Rodríguez Méndez o Martín Recuerda. Pero La camisa tiene su propia personalidad, porque Lauro Olmo había conseguido ya en aquellos años ser un referente del teatro más realista que podría aguantar la censura. No en vano, La camisa se había prohibido en 1961, la primera vez que se presentó al organismo de censura. En enero del año siguiente, sin embargo, se autorizó para una única función de cámara y, dos meses después, se autorizó para teatro comercial. Es proverbial la inteligencia de la censura de aquel entones. En cualquier caso, Olmo fue de los dramaturgos más censurados durante el tardofranquismo. Él mismo se definía a comienzos de los setenta como “un autor dificultado, con la mayor parte de su obra sin estrenar”. En 1965, de hecho, La condecoración se estrenó en Francia y no pudo ser representada en España hasta 1977... El argumento de la obra, sobre los premios y galardones sin sentido que recibían los militares, fue ya demasiado. Los personajes de La condecoración proceden de una clase media que, por el transcurso de los acontecimientos políticos, consiguen una cierta posición económica y se despegan de sus posiciones políticas. La nueva generación muestra su desacuerdo con el reconocimiento que se le otorga al padre... También La noticia, que había sido escrita en 1963, sobre la huelga general en Asturias y el proceso a Julián Besteiro, tuvo que esperar a 1990 para estrenarse.

Migrantes de ida y vuelta

Pocos dramaturgos como Olmo estuvieron tan atentos en los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia al devenir social español. En 1967, English spoken trataba sobre un emigrado que vuelve a España. En 1975, año clave por tantas razones, estrenó Spot de identidad o Los maquilladores, una atrevida obra sobre el abuso de la publicidad y la propaganda en la vida cotidiana que hoy en día tendría incluso más sentido. Su producción no paró de crecer durante los años 80, con una biografía dramatizada del fundador del PSOE titulada precisamente Pablo Iglesias y otros títulos de significación palpable como La jerga nacional o Un cierto sabor a angulas. Ya en los años 90, poco antes de morir, estrenó Instantáneas de fotomatón, o aquellas Estampas contemporáneas, o Desde abajo, donde una señora mendiga protagonizaba su propio drama, que no solo era suyo, desde el andén de una boca de metro en Madrid.

También cuentista

Lauro Olmo, que también había escrito varios dramas infantiles con su esposa a finales de los 50 –El león engañado, La maquinita que no sabía pitar o El raterillo-, publicó por aquella misma época varios libros de cuentos, donde también demostró su maestría. Los relatos de Golfos de bien (1955) se titulan con una expresión que él utilizaba con sus propios amigos ladradores pero poco mordedores... Muy buenos son los que integran Doce cuentos y uno más (1956). En 1957, fue finalista del Premio Nadal con Ayer, 27 de octubre. En 1993, solo meses antes de su fallecimiento, salió a la luz Tituladlo como queráis, otra colección de cuentos que merece la pena recuperar. Tanto como a él, Lauro Olmo, uno de los dramaturgos que nos habló más a las claras durante una de las épocas más tristes y sucias del siglo XX, aunque siempre con cierta dosis de humor y ternura que tal vez encajaban mal entonces y ahora.

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