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Actualizado: 25 sep 2022 / 09:22 h.
  • Ramón J. Sender, el exiliado que nos hizo reír (y pensar) con Nancy

De Ramón José Sender Garcés, que firmó toda su vida como Ramón J. Sender, se ha hablado siempre menos de lo que merece su ingente obra y su agitada vida, tal vez porque, cuando nació, en un pueblo de Huesca, en 1901, pujaban entre sí los novelistas del Realismo español y los jóvenes de la Generación del 98; cuando se decidió a ser periodista, estaba la Generación del 27 triunfando con el impulso de las vanguardias; y cuando por fin comenzó a escribir novelas sobre la dureza espantosa de ser español, lo hizo desde un exilio que ni él mismo sospechó nunca que iba a ser definitivo. El caso es que el autor de Réquiem por un campesino español (publicada primero en 1953 con el nombre de su protagonista, Mosén Millán, y luego en 1960 con el título definitivo) demostró siempre la sobrada inteligencia que aporta escribir desde la distancia y quizás ahora, 40 años después de que falleciera en EEUU, país en el que vivió, creó y fue profesor universitario desde que aquí empezó a hablarse del tremendismo de Cela, sea momento de hacerle justicia poética con el guiño de que se cumplan 60 años de la novela que le dio verdadera popularidad: La tesis de Nancy, un auténtico best seller de la época que, sin ser probablemente su mejor obra, tuvo el acierto de continuar esa brillante tradición española de hacernos reflexionar solamente cuando miramos que nos miran desde fuera...

Como en las Cartas marruecas de Cadalso, la famosa novela de Sender es también epistolar, es decir, que se organiza por cartas, las diez que escribe desde Alcalá de Guadaíra a su amiga Betsy una norteamericana llamada Nancy que viene a España con la intención de hacer una tesis y consigue armar el borrador del trabajo viviendo intensamente en ese corazón de Andalucía poblado por gitanos, flamencos y señoritos que contribuyen, cada cual a su manera, a ensanchar la España negra del franquismo que, entre otras lindezas, pensaba todavía en la mujer en términos de decoración nacional.

La novela, publicada en México en 1962, tiene el buen gusto de la ironía constante y la elegancia de no mencionar directamente al dictador, aunque la protagonista deje caer, con su candidez proverbial y hablando de la calidad de la leche, que “he oído decir que en España la leche es peor que nunca y que desde hace veinte años la mala leche ha causado más de un millón de muertos”, en referencia a la cantidad que dio título a una novela –la segunda de una exitosa trilogía- de José María Gironella publicada precisamente el año anterior sobre la guerra civil... Contextualizada a finales de los años 50, en La tesis de Nancy, Sender, que ya estaba sobradamente bregado en el arte de burlar a la censura, ridiculiza todo lo que había de ridículo en la España a la que él contemplaba desde el otro lado del Atlántico: la absurda religiosidad, la nula política de un país empapado de cobardía, la moral convertida en falsa moralina, las costumbres atávicas y el complejo de inferioridad de unos españoles incapaces aún de integrarse en Europa, cuyos turistas aterrizan con la fresca esperanza de disfrutar el halo romántico que desprendía un país de beatas, toreros y muertos de hambre. Las cartas de Nancy tienen el atractivo de las confusiones lingüísticas que le aporta a una extranjera la connotación de tantas palabras como no vienen en el diccionario, la guasa y la tendencia metafórica del habla andaluza y el equívoco constante al que someten a la protagonista determinados vocablos como el cenizo o el paripé. Hacer el paripé era algo que los españoles de la época tenían demasiado asumido como para construirle una fácil definición a una chica que viene a estudiar español.

Amor y fatalismo

Después de descubrir Sevilla y sus costumbres, la protagonista, Nancy, entra en contacto con el mundo gitano a través de su noviazgo con uno llamado Curro con el que no solo profundiza en la ambigüedad de la vida de la Baja Andalucía por sus viajes a la capital hispalense, Doñana, El Puerto de Santa María, Medina Sidonia o Algeciras, entre otros destinos pintorescos, sino por las letras flamencas con las que parecen comunicarse su novio y un poeta que la pretende hasta el punto de estar a punto de desembocar en el duelo. Lo más sorprendente de la evolución de la protagonista es que, pese a su aparente ingenuidad, se da cuenta del sentido de propiedad que tienen los españoles de sus novias, aunque esta profunda conclusión no se deje traslucir por las digresiones del autor, sino por los hechos de una chica que, antes de darle el gusto al gitano de que la rechace por haber perdido la flor de su virginidad, decide regresar a su patria, tan denostada por la gracia popular de un país sometido sin ser consciente, para casarse con su antiguo novio y con la garantía de unas libertades que aquí eran absolutamente impensables, dejando en el fondo de su propio pozo a los gitanos con costumbres tartesias y a los nobles con inclinaciones tan medievales...

Ramón J. Sender, el exiliado que nos hizo reír (y pensar) con Nancy

Muchos libros antes de Nancy

Ramón J. Sender triunfó tanto con la novela de Nancy y su tesis, que en los años 70 publicó todo un serial con la misma protagonista: Nancy, doctora en gitanería; Nancy y el Bato loco; Gloria y vejamen de Nancy o Epílogo a Nancy; bajo el signo de Taurus. Sin embargo, existió la literatura de Sender muchísimo antes de Nancy, incluso desde los artículos y cuentos que empezó a publicar con solo 17 años en el Madrid de 1918 al que llega más solo que la una y sin dinero -peleado con el padre- hasta el punto de tener que dormir en un banco del Retiro y lavarse en las fuentes públicas. En aquella época de juventud escribe, en efecto, en El Imparcial, España Nueva o La Tribuna. Fueron los mismos años en que ejerce de mancebo de botica y se matricula en Filosofía y Letras para abandonar los estudios poco después, cuando se convence de aprender más devorando libros por su cuenta.

Entre 1922 y 1924 pasa de soldado raso a alférez en plena guerra de Marruecos, de cuya experiencia versará la novela Imán, publicada en 1930. Al regresar, milita en el anarquismo y pasa por la cárcel Modelo de Madrid en el literario año de 1927 por sus actividades contra la dictadura de Primo de Rivera... En 1931 publica el atrevido título de El verbo se hizo sexo: Teresa de Jesús, y tantos libros que reflejan bien su ideología revolucionaria: Orden público o Siete domingos rojos (1932), Viaje a la aldea del crimen o Míster Witt en el cantón (1935), este último sobre el movimiento cantonalista de Cartagena por el que recibe el Premio Nacional de Literatura.

Viudo por la guerra

Precisamente la guerra civil lo sorprende en un pueblo de Segovia veraneando con su mujer, Amparo Barayón, y sus dos hijos, Ramón, de dos años, y Andrea, que tenía seis meses. Él deja a su familia en Zamora y se une al frente, y solo a final de año se entera de que en octubre habían fusilado a su esposa. Mucho antes, el 13 de agosto, los sublevados también habían fusilado en Huesca a su hermano Manuel. A sus hijos consiguió rescatarlos de la zona franquista gracias a la Cruz Roja Internacional y los dejó al cuidado de unas muchachas aragonesas. Tras pasar por un campo de concentración, llegó en 1939 a Nueva York, donde confió sus hijos a un matrimonio antes de marchar él solo a México para fundar allí una editorial en la que publicó algunas de sus propias novelas. En 1943, ya miembro de la Hispanic Society of América e instalado en EEUU, se casa con Florence Hall –de quien se separaría por sus propias infidelidades- y tiene otros dos hijos. No tardaría en nacionalizarse estadounidense y en tomar posesión de una cátedra de Literatura española para dar clases primero en la Universidad de Alburquerque y luego en la de California.

Ramón J. Sender, el exiliado que nos hizo reír (y pensar) con Nancy

En aquellos años americanos de posguerra española, fue publicando Crónica del alba, nada menos que nueve novelas protagonizadas por José Garcés, un personaje llamado como él de segundo nombre y de segundo apellido, y que se enfrentan a la censura y especialmente a su director general, Florentino Pérez Embid, aunque muchas décadas después fueran llevadas al cine y consideradas como la mejor narrativa del exilio literario republicano. También hizo Sender sus incursiones en el terreno de la novela histórica, especialmente de temas americanos, como en La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), Bizancio (1958) o El bandido adolescente (1965, o en el del relato corto, como en La llave (1960), Novelas ejemplares de Cíbola (1961), Cabrerizas Altas (1966), Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas (1967) o Novelas del otro jueves (1969). Precisamente en 1969, gana el Premio Planeta con En la vida de Ignacio de Morell.

Todoterreno

En el terreno de la lírica, de Sender son también Las imágenes migratorias (1960) o Libro armilar de poesía y memorias bisiestas (1973). Entre sus obras dramáticas, destacan obras de teatro de guerra como El secreto, La fotografía o La casa de Lot, y también tiene otras obras teatrales como Los antofogastas. Donde crece la marihuana (1967) o Los laureles de Anselmo (1958). Entre sus ensayos de tan variada condición destacan Carta de Moscú sobre el amor (1934), Valle-Inclán y la dificulta de la tragedia (1965) o Ensayos sobre el infringimiento cristiano (1967). Fue tan prolífico hasta su muerte, en 1982, que en 1980 publicó cinco novelas (Ramú y los animales propicios, La muñeca en la vitrina, Monte Odina, El zodiacal del parque y Una hoguera en la noche), y en 1981, otras cinco (La Cisterna de Chichen Itzá, Chandrío en la Plaza de las Cortes, Orestíada de los pingüinos, El oso malayo y El crimen de las tres efes).

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