Actualizado: 11 ene 2020 / 07:00 h.
  • Annie Voillot. / El Correo
    Annie Voillot. / El Correo

Sevilla es una ciudad con hijos que no vieron la luz desde su placenta. Desde fechas prehistóricas, el tramo bajo del Guadalquivir -cuando lo cercaba el Lago Ligustinus- fue codiciado, fértil y sugerente. Muchos pueblos, de los que aún desconocemos bastante a pesar del esfuerzo arqueológico, dejaron huella. Tartessos, iberos, fenicios, romanos, árabes y cristianos se asentaron en lo que hoy es la gran Sevilla metropolitana.

Los viajeros románticos del siglo XIX relataron las excelencias de una capital que tuvo pasado glorioso. Fijaron anclas del costumbrismo y se logró que los mitos y leyendas en la ópera, el arte, el flamenco y la tauromaquia se asociaran a una urbe que a pocos deja indiferentes mientras se industrializaba con una burguesía campera, agrarista y ganadera.

El inolvidable aragonés Ramón J. Sénder (1901-1982) en su exilio académico estadounidense concibió una de sus mejores novelas, La Tesis de Nancy (1962). La basó en cartas que una antropóloga norteamericana (Nancy, que encarnaba a alumna de Sénder) enviaba a su prima Betsy. Las divertidas peripecias de la gringa en Sevilla indagando el folklore gitano y flamenco fueron un éxito al que siguió una serie de narraciones.

Estos relatos de Sénder son de cabecera para angloparlantes que ansían dominar el idioma de Cervantes. Como los de Ernest Hemingway con variables etílicas, taurinas y festeras.

Las francesas que adoran España no tiene tantos referentes. Los mitos de Merimee el torero-macho, el bandolero o Picasso son las credenciales que más se acercan. A toreros sin leyenda los persiguen algunas galas, como si fueran camareros del Torremolinos de Landa y López Vázquez en una España patriota de virilidad.

Annie Voillot era muy diferente. Llevaba el charme y un touch of class parejos. Nació en un casoplón de dimensiones palaciegas de Clichy, donde lo mejor de París se residencia. Hija única, su madre era el otro yo de una aristócrata venida a más, al revés que en Sevilla.

Su padre, Monsieur Gaston Voillot, era empresario de éxito y venerable Legionario de Honor. Logró que un comando de la Resistencia gala hiciera diana con objetivos nazis. Monsieur acabó sevillanizado, como veremos.

La única descendencia de los Voillot les salió rebelde, libérrima. Le asfixiaba ese París encorsetado de gourmets como su padre o refinadas damas de élites parisinas, como su madre. Decidió ser azafata tras dejar sus incipientes estudios universitarios.

Sus padres, previsores hasta de lo inesperado, decidieron que -antes de ser examinada para emplearse en Air France- debía de aprender idiomas. Y el español fue su primer objetivo. Nadie sabe cómo Annie aterriza en Sevilla. Pero llega y se queda una temporada.

La Casa de Doña Rosa

Los Voillot mandaron a su única hija a un lugar de confianza. Al hogar de familia típica donde aprendiera español amén de frecuentar una academia. Recaló en un espacioso piso de Los Remedios habitado por familia numerosa que capitaneaba una enérgica ‘Doña Rosa’, esposa de un discreto policía de laboratorio siempre de guardia fotografiando cadáveres, revelando huellas y reseñando detenidos.

En aquella casa, según una vecina, siempre sonaba el teléfono y parecía a la hora de comer un almuerzo de ‘Café Irlándes’ (1983). En esa cinta Stephen Frears retrata el tumulto dialéctico de diez comensales hablando tonterías intrascendentes hasta que alguien con mando pone orden. Es decir, la madre de la prole mandar callar tras oírle a su hija más querida que estaba embarazada de un vecino con las manos muy largas.

El matriarcado de aquel hogar le sirvió a Annie para encontrar en Doña Rosa a la madre cercana y cotidiana que no tenía e París. También, a Doña Rosa le retornaba saber lo distinta, y avanzada, que eran las francesas con respecto a la provinciana Sevilla. Annie –pues- se naturalizó, como Nancy admitió a su prima Betsy. No le faltaron motivos.

Las estancias de Annie en Sevilla viajaron a sus padres a la capital de la Girada más veces de las previstas. El español lo dominó rápidamente. En pocos meses sabía de todo lo que debía saber una chica autosuficiente. Una segunda estancia ya la hizo con un extenso permiso laboral de Air France. En la aerolínea de bandera escaló en responsabilidad y radios de vuelo.

El Traga, el Flamenco, el Betis

Doña Rosa no le confesaba a su marido ni hijos las correrías de Annie, a quien consideró una más de la familia. La parisina se entregó a la Sevilla nocturna. A la bohemia vecina del flamenco y todo lo que le cuelga. No derrotó hacia el mundillo del toro y los cuernos. Noches y noches sin fin la acercaron al inolvidable Curro Vélez (1934-2013) y su baile sin parangón. El artista dio nombre a un conocido tablao en El Arenal -calle Rodo- que ahora toma nombre del barrio por donde Annie se movía como pez en el agua.

La taberna de Vicente ‘El Traga’ en la calle de Fernández y González era un lugar inexcusable de la francesa de noches muy largas, interminables.

La bohemia, toreros, artisteo y señoritos con más estampa que cartera eran la clientela de un personaje que conoció a lo más granado en sus mesas (Ava Gardner, Hemingway, Mel Ferrer, Dominguín, Ordóñez...).

Preguntado por Annie ‘la francesa’ en los ochenta del pasado siglo, El Traga confesó al firmante que clientas así no se olvidan. Lo decía con esa remembranza de una mujer divertida, difícil de olvidar y muy perseguida por cualquier hombre que la creía, falsamente, fácil. Ella le daba al Traga un sonoro beso cada vez que abandonaba la taberna para envidia de los parroquianos. Annie no era de las que se despedía ‘a la francesa’

Tal fue la naturalización de Annie Voillot que no fue neutral con los equipos de fútbol locales. Sevilla es rivalidad, pero ella tomó partido por los verdiblancos. Se dejó invitar, salió y fue muy amiga de una estrella del Betis que voló alto antes y después de lucir la camiseta de Heliópolis.

Nos referimos a Heliodoro Castaño, un inolvidable delantero que estuvo entre 1958-1962 en la primera plantilla bética. Nació en 1933 en Alcázarquivir, entonces parte del Protectorado Español del hoy Reino de Marruecos. Antes del Betis estuvo una temporada, la del 1955-56, en el Real Madrid, con el que logró una Copa de Europa; otra en el Real Jaén. Tras el Betis culminó su carrera deportiva en el Córdoba CF en la temporada de 1963.

La relación de Annie con Castaño se hizo patente en el alcalareño Hotel Oromana, donde entonces se concentraba el Real Betis. Apareció esplendorosa con su familia sevillana y todo fueron sonrisas. El atuendo de la francesa llamó la atención de la concurrencia, envidia sana de otras asistentes y el aplauso privado de muchos de los allí congregados. Nadie sabe si había amor entre el futbolista y la azafata, pero las sonrisas sobraban. El glamour presidía aquellas multitudinarias reuniones extradeportivas

Destino Brasil

Como decíamos, Annie Voillot escaló en Air France, donde estuvo casi quince años. Fue de las primeras aeromozas del Concorde. Conoció los principales aeropuertos y hoteles de lujo africanos, asiáticos y americanos donde recalaba la aerolínea gala. Daban fe las postales y cartas que mandaba a Sevilla, a la casa de Doña Rosa. Informaba que, aunque su vida laboral iba perfecta, echaba de menos los días de luz y las noches interminables de Sevilla.

La rebeldía de Annie salió a flote cuando ‘desapareció’ tras una escala en Río de Janeiro. Semanas sin saber el paradero de su única hija angustiaron a sus padres en París. La buscaron durante meses hasta que la encontraron, abandonada y embarazada, en una zona selvática del estado de Amazonas. Su determinación fue ser madre y quedarse en Brasil. Para disgusto de sus padres. Ni siquiera consideró regresar a Sevilla, donde le compraron un piso.

Dicho y hecho. El Ave Fénix que todos llevamos dentro renacieron a esa Annie que conquistó las metas que se propone. Decidió imitar a su padre en cuanto a tener éxito en los negocios. Se hizo ‘sevillano’ tras comprar un piso en Virgen de Luján 3 con vistas a la Giralda y Torre del Oro. La idea era que Annie lo viviera cuando se aburriera de Brasil. Pero el piso estuvo huérfano de la francesa excepto un par de semanas, décadas después de comprarlo sus padres.

Annie se reinventó como empresaria y montó una agencia de viajes en el centro de Sâo Paulo en la década de los setenta. Logró que la clientela le desbordara por sus habilidades para fidelizarla. Sus dotes comerciales y empresariales hicieron lo propio. Varios reportajes en la prensa local acreditan el éxito de la empresa de Annie. Además, era su agencia la exclusivista de IBERIA, como no podía ser de otra manera. Imagínense qué presidía el despacho de Annie: una gran foto panorámica de Sevilla. ‘Para no olvidarla’, repetía a sus padres y a quien quisiera oírla.

Ya retirada del trajín del negocio, cuidando su prole brasileña como feliz abuela de familia numerosa esta retirada en Sâo José Dos Campos, cerca de la capital económica brasileña. Y muy lejos de Sevilla.

Mientras Annie estuvo en Brasil no resistió revisitar Sevilla. Estuvo unas semanas en la década de los ochenta convertida en ejecutiva. Los años gestaron una belleza madura con su pelo corto de chica traviesa y divertida. Vivía en su piso y no pudo dejar de revisitar el antiguo piso de ‘Doña Rosa’ en la contigua calle Sebastián Elcano. No dejaba de sonreir encantada mientras recorría el pasillo, la cocina y antiguas habitaciones hoy trasformadas en despacho profesional.

Le encantó oir que su amor por Sevilla lo legó a su padre. Jubilado, Monsieur Voillot pasaba en Sevilla temporadas añorando a su hija brasileña pero omnipresente cerca de la Giralda. ‘Don Gastón’ renunció a ser un gourmet cotizado en el París más exclusivo tras probar los cocidos de Doña Rosa ‘con todos sus avíos’ como le repetía la madre española de su hija. Annie Voillot disfruta del Brasil donde sentó reales sabiendo que, desde donde esté, Doña Rosa la protege, le escucha y la mima desde el cielo. Y tiene quien le escriba. ¡Hasta siempre, madrina!.