Actualizado: 07 mar 2020 / 15:09 h.
  • Álvaro M. Ibáñez Mora posa junto a su libro.
    Álvaro M. Ibáñez Mora posa junto a su libro.

El fenómeno de la iconoclasia no es un hecho moderno, y mucho menos sencillo. Como nos recuerda el profesor de Estética y Teoría de las Artes Juan Bosco Díaz-Urmeneta «Los clérigos de Roma destruyeron las figuras de antiguos héroes, los de Bizancio rechazaron las de los santos y los de la corte de Carlomagno insistían en poner nombre a cada figura sagrada, no fuera a ser que en el rostro de María el fervor popular siguiera viendo el de alguna divinidad pagana». Llegado el quinientos, muchos templos se vaciarían de imágenes debido a la reforma protestante; a partir de 1868, en España, el ataque llevaría la marca antiborbónica, y en cuanto al siglo XX, ¿qué podemos decir que no se haya dicho ya? Por citar unas cuantas cifras, únicamente en Málaga, entre abril y mayo de 1931, ardieron 42 iglesias y conventos, llegando a alcanzar el centenar si sumamos otras ciudades como Madrid, Valencia, Granada, Cádiz, Córdoba, Murcia y Alicante. Sevilla tampoco se libró de estos ataques, sufriendo el rigor de las llamas seis edificios religiosos, el 11 de mayo de ese mismo año, y sofocándose otros gracias a la intervención ciudadana y la acción de la Guardia Civil. Al año siguiente ardería la parroquia de San Julián, y en 1936, el mismo día del golpe militar, «un reguero de incendios recorrió la ronda histórica y los barrios que resistieron durante la noche del 18 de julio y los días sucesivos», como apunta el historiador Manuel Jesús Roldán. Entre las imágenes de Semana Santa afectadas hubo que lamentar la pérdida de las Dolorosas de la O y de la Hiniesta —en este caso, la que Castillo Lastrucci tallara para sustituir a la desaparecida en 1932—; de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias, de la hermandad de los Gitanos; de todos los Titulares de San Bernardo y de San Roque —incluido el Santo Crucifijo de San Agustín—; o del primitivo Crucificado de la Sed, de Antonio Illanes. Para el escritor e investigador Juan Pedro Recio, «esta barbarie constituyó la mayor destrucción del patrimonio histórico y artístico de la ciudad en el siglo XX».

Triana, 1936

Pese al terrible desastre, muchas cofradías lograron salvar sus imágenes merced a la implicación de hermanos y devotos que llegaron a ocultarlas en improvisados escondites dentro de las iglesias, en cajas especiales o en sus propios domicilios. Los primeros Titulares en ponerse a buen recaudo fueron los de La Quinta Angustia, en 1931. A esta corporación le siguieron otras como La Soledad de San Buenaventura, El Cachorro o el Gran Poder. En febrero de 1936, les llegaría el turno a La Estrella, La Sagrada Cena o La Macarena, si bien esa Semana Santa se atrevieron a salir en sus pasos. No obstante, debido al recrudecimiento de la situación, al rayar el mes de mayo, Triana asistió al ocultamiento de la Virgen de la Esperanza en la casa de su vestidor, José Percio, gracias a la habilidad de un cofrade apodado ‘Canito’. Según refiere José Sánchez Herrero en el libro «La Semana Santa de Sevilla», «En la Junta de oficiales se afirmó que se pensaba trasladar a las imágenes, a causa de la realización de unas obras en la iglesia de San Jacinto». ¿Y qué pasó con el Cristo de las Tres Caídas? Durante sesenta años, únicamente se supo que había estado oculto en las inmediaciones de la calle Pureza, no siendo hasta 1999 cuando se dieron a conocer los detalles de la ‘operación’, gracias al testimonio de Francisca Medina de los Santos, descendiente directa de los protagonistas. Impulsada por sus hijos, esta relató a los miembros de la Junta de Gobierno cómo el Señor fue trasladado en un carro hasta el domicilio particular del entonces Hermano Mayor, Francisco Gordillo, ubicado en la calle Betis. Quienes llevaron a cabo la hazaña, así como los pormenores de la misma, forman parte de una historia digna de ser novelada. Y eso es precisamente lo que ha hecho Álvaro M. Ibáñez Mora en la interesante obra «Revelación y conversión», que acaba de ver la luz.

De Hellín a Sevilla

Lo primero que hay que apuntar es que, con la temática que presenta el libro, cualquiera podría pensar que Ibáñez Mora nació en el Hospital Infanta Luisa, se bautizó frente a Señá Santa Ana y es vecino de la calle Pureza; pero nada más lejos de la realidad. Para hallar sus pasos hemos de desplazarnos hasta Hellín, el segundo municipio más importante de la provincia de Albacete, donde, curiosamente, la Semana Santa se vive todo el año. No en vano dicha celebración es una de las más importantes de Castilla-La Mancha, congregando a miles de devotos cada año y siendo declarada de Interés Turístico Internacional en 2007. Seguro que alguno ha oído hablar de su famosa Tamborada, en la que pueden escucharse más de treinta mil tambores sonando a la vez, o de la calidad de sus imágenes procesionales, salidas de las manos de Mariano Benlliure, Coullaut-Valera, Álvarez Duarte o Fernández Andes. Dicho esto, ¿cuál es la conexión del hellinero con Sevilla? Pues evidentemente la música. Miembro de una banda de cornetas y tambores de su localidad, Álvaro visitó nuestra ciudad atraído por las marchas de las Tres Caídas, y de la mano de la banda conoció a la Esperanza de Triana. Y entonces surgió el flechazo. Sin dudarlo un momento, decidió hacerse hermano y leer todo lo que cayó en sus manos sobre la corporación, fruto de lo cual surgió su primera novela, «Lo último que se pierde», publicada en 2015. Ni que decir tiene que este primer volumen va dedicado a la cofradía de la Madrugá, y es una demostración de fe y devoción hacia la Titular marinera, mezclada con buenas dosis de acción y misterio. Asimismo la obra, que rápidamente se convirtió en uno de los títulos más demandados de aquella Cuaresma, tanto en Sevilla como en Hellín, aborda un tema tan interesante como la autoría de la Virgen, y es, al mismo tiempo, un recorrido trepidante por las sedes que acogieron a la hermandad. Prologada por el periodista y pregonero Juan Manuel Labrador, tanto gustó a los lectores esta mixtura de conspiración y penitencia, que Ibáñez comenzó a tejer una nueva trama ambientada en la Semana Santa. Y fue tras repasar los acontecimientos que rodearon el ocultamiento del Señor de las Tres Caídas de Triana en 1936, cuando surgió la chispa que daría lugar a «Revelación y conversión».

Más que un thriller de cofradías

Aunque no es en absoluto necesario leer «Lo último que se pierde» para entender la nueva novela de Ibáñez, no podemos negar la fuerte conexión que existe entre ambas. Para empezar, «Revelación y conversión» recupera parte de los personajes de la obra anterior, como Justo Osorio —entonces Mayordomo de la Esperanza de Triana, y ahora Hermano Mayor—, Juan «una enciclopedia cofrade con piernas», o los inspectores de policía Beltrán y Carmona, quienes se suman a nombres nuevos como Beatriz y María, antiguas compañeras de estudios y figuras centrales de la trama, y la propia Francisca Medina —doña Paqui— a quien Ibáñez concede un sitio de privilegio. Como podremos imaginar, la presencia de aquellos no es casual, sino que obedece a razones argumentales bien trazadas por el autor, que vienen a cerrar un círculo en esta nueva entrega. Esto es, si en la primera novela el eje central era la Esperanza de Triana, en la segunda el protagonismo recae en el Cristo de las Tres Caídas. No obstante, la obra va más allá de la imagen cristífera y su relación con los sucesos de 1936, haciendo de «Revelación y conversión» un apasionante thriller de temática cofradiera, pero también un texto rico en asuntos de actualidad. Por poner varios ejemplos, aprovechando la coyuntura, Álvaro Ibáñez se detiene en aspectos candentes y poco explorados en la narrativa hispalense como la Memoria Histórica, el problema de la secularización o la lucha contra la gran amenaza del siglo XXI, el cáncer. Temas que, merced a su sensibilidad, aquí cobran una dimensión especial, fusionándose con las características propias de la novela de género —desde Steve Berry a Glenn Cooper, pasando por Juan Bonilla—, cuyo nexo común es la religión. Entre los grandes aciertos sobresalen las acertadas descripciones del paisaje urbano de Sevilla —la recreación de la Triana de 1936, que huye de tópicos y lugares comunes, es de lo mejor del libro—; el retrato delicado y naturalista de ciertos personajes; la dicotomía de credos, bien acentuada entre las protagonistas femeninas; o el ritmo incesante de numerosos pasajes —las páginas finales, desarrolladas durante la Madrugá, son pura adrenalina—. En suma, un cóctel bien diseñado y mejor resuelto que gustará tanto a los amantes de las cofradías como a los fans del thriller, y cuya presentación tendrá lugar el próximo sábado 14 de marzo, a partir de las 19:30 horas, en la Casa Hermandad de la Esperanza de Triana. Por cierto que acompañará al escritor el Hermano Mayor de la corporación, Sergio Sopeña, quien a su vez es prologuista del libro.