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Actualizado: 09 abr 2020 / 15:02 h.
  • Basílica de la Macarena. / Manuel Vida-EFE
    Basílica de la Macarena. / Manuel Vida-EFE

Pensaba yo que la suspensión de la Semana Santa nos iba a venir bien para pararnos a pensar, echarla al suelo y ver que lo importante no son los cambios de itinerario, ni las discusiones por los horarios ni por el palio que tocaba llevar este año. Estaba equivocado.

Aceptamos pulpo y dejamos que hablen de hipotéticas magnas para septiembre cuando se cuentan todos los días por cientos los fallecidos por culpa de esta pandemia. El tiempo hay que gastarlo de alguna forma.

También aceptamos, aunque sea un poco absurdo, que cada hermandad tenga su propia misa por streaming. ¿Es necesario? Para eso está ya la que retransmite el arzobispo, pero bueno, lo aceptamos.

Hoy hemos despertado con un mar de flores que inundan las puertas de la Esperanza de Triana y de la Macarena. Lo peor de todo es que se veía venir.

Se sabía que íbamos a tener una manta de flores en el suelo de Triana. También que iban a ponerle dos cornetas al retablo de la Macarena.

Y se sabía porque cuando la espontaneidad se pierde, se convierte en ordinario. Eso es lo que llevamos viendo con los coches de Policía Local poniendo marchas en todas las puertas de las iglesias. El Domingo de Ramos estaba bien y fue curioso, pero todos los días no es necesario. La Policía Local no está para que formen una farándula, para eso ya están los vecinos desde las terrazas.

Tampoco es necesario que los autobuses de Tussam se pongan a emular el costero a costero de los mejores pasos de Sevilla. Un autobús vale mucho dinero, que pagamos todos, para estar empleando los frenos en dar chicotás. Una vez sí, 20 vídeos diferentes no.

El postureo se inició cuando empezaron a cerrarse las iglesias y había gente que se ponía a hacerse fotos rezando y rindiéndole culto a la puerta.

La biblia dice que Dios es omnipresente y que está en todos lados, pero claro, si le rezas en tu casa, nadie lo ve, y aunque la procesión vaya por dentro, muchos quieren retransmitirla a toda costa. Retransmitir el dolor.

Menos rezar a una reja y más quedarse en casa, porque si lo más sagrado está confinado, a ti no te va a pasar nada. Y a ellos, porque no le lleves flores, tampoco.