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Actualizado: 09 abr 2020 / 12:32 h.
  • Parroquia de los Dolores. / José Manuel Vidal-EFE
    Parroquia de los Dolores. / José Manuel Vidal-EFE

La gran lección inesperada de toda esta crisis es que todo era prescindible. Todo lo que creíamos imprescindible, impepinable, absolutamente sagrado, insustituible e inderogable se ha convertido en pura anécdota pasable. Cuando lo importante es la salud, todo lo demás pasa a un tercer o cuarto plano. ¿Quién nos iba a decir hace un mes que se iba a suspender la liga de fútbol? Nos lo cuentan entonces y nos echamos a reír, pensando en que antes se acaba el mundo. Y no: el mundo no se acaba; sigue girando a pesar de nosotros. ¿Quién nos iba a decir que íbamos a quedarnos sin procesiones de Semana Santa incluso en Sevilla? Por no hablar de El Rocío. Nos lo cuentan entonces, hace menos de un mes, y hubiéramos seguido sin convencernos de que la realidad siempre supera a la ficción. Siempre.

Pero ha ocurrido. Todo esto y mucho más que saben en cada ciudad, en cada pueblo, en cada barrio, en cada familia, donde nos habíamos acostumbrado a ser el ombligo de ese mundo que siempre queda tan lejos. Como en todo, encontramos dos extremos en las reacciones: quienes opinan que esta crisis lo va a cambiar absolutamente todo; y quienes, por el contrario, siempre tan pesimistas, aseguran que, cuando todo esto pase, las cosas volverán a lo de siempre y no habremos aprendido nada ni nada cambiará. Supongo que ni tanto ni tan calvo.

Creo que la consecuencia más indiscutible de toda esta crisis –crisis significa cambio- no se está gestando en el mundo, aunque lo parezca, sino dentro de nosotros, en ese convencimiento definitivo de que todo es relativo y de que nada ni nadie es imprescindible en el ciego funcionamiento del planeta. Lo decíamos a menudo, pero sin creérnoslo de verdad. Ahora no lo decimos tanto porque la verdad de su evidencia nos duele demasiado. Sin embargo, lejos de tomárnoslo como una indirecta cruel del universo, deberíamos asumirlo como una directa suave de nuestro sentido último en esta vida: el amor.

La Semana Santa que ahora parece no celebrarse –solo lo parece, sin pasos por la calle- obvió siempre esta íntima celebración del amor fraterno porque los fastos de las chicotás la deslumbraron. Pero por debajo de todos sus oropeles, seguía latiendo el corazón de un hombre que se olvidaba de ser Dios para lavarles los pies a sus amigos, incluido a aquel que lo iba a traicionar. Su lección histórica reluce hoy sin que salgamos de casa.