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Actualizado: 10 abr 2020 / 10:37 h.
  • Y de aquí a la eternidad

Quién no haya visto nunca cómo respira la Esperanza Macarena un alba en las calles sevillanas que sepa que acaba de aprobar con nota un capítulo de su vida denominado tiempo perdido. Sólo existe en Sevilla una mañana que se viste de verde esperanza y este es el Viernes Santo. Es la mañana donde mis nervios por abrocharme el botón e ir a su encuentro termina con el botón en la mano porque, además, la primavera nace en Sevilla cuando sale la Esperanza Macarena y eso se lo dice quién se sonrojó y tartamudeó al verla venir un día de abril sin palio, sólo mirándola, y cuando cara a cara no vimos me dijo “¿crees que ha llegado la primavera?” y yo entre balbuceos le dije “sí”. Manto verde y saya morada bajo un palio negro de Rodríguez Ojeda con tres ciriales por delante dispuestos en forma triangular en el inicio de una modesta imagen de barrio.

Y siguió su camino y descubrí algo que todos me dijeron. La Macarena, esté donde esté, siempre te mira sevillano. Sé que hay miradas que suplican una limosna de besos, otras que cortan la respiración, pero aquella mirada que me lanzó fue de las que hace a uno arrepentirse de todo lo que se puede haber hecho desde la llegada a la vida.

Cuando un mediodía de Viernes Santo vuelve la Esperanza Macarena a su casa, el sevillano comenzará a vivir un año sólo de recuerdos y serán muchas las veces donde deseara volver a parar el tiempo...San Juan de la Palma, Feria, Parras. Te enamorarás tanto de esa joven macarena que llegará un día, cuando el cielo azul te permita ver su espadaña, que otearas desde tu azotea su color y recitaras aquellos versos escondidos que escribiste para esa madrugada pero que no pudiste leer; quizás por vergüenza o simplemente porque al pasar junto a ti la viste tan ahogada de gente que no quisiste cohibir sus latidos. Por eso, hoy, a ti sevillano, te ha llegado la primavera; te lo digo yo. Y te darás cuenta qué la Semana Santa de este año nunca será como la que viste un año concreto ni como la del próximo año. A la Esperanza Macarena se le persigue por la densidad de gente en la puerta de un freidor o de una taberna (obvio lo de gastrobar, palabra tan horrorosa como indescifrable). Huele a Macarena cuando ves familias esperando en el borde de una acera desde las dos de la tarde. Llega la Virgen Esperanza Macarena cuando la Plaza de Monte-Sion, recién estrenada la mañana, ilumina al sevillano despechugado después de toda una madrugada dando vivas acompañados de mujeres destaconadas y despeinadas tras una ardua pelea con la noche y ese rocío recién llegado del alba de la ciudad.

Aquel día que ya reposaba en su camarín y me regaló aquel alfiler que prendió su pelo me vio llorando y yo le dije que si algún día me viera hablar de ella con brillo en mis ojos no creyera que estaban llorosos, sino que mi risa es así.

Que tendrá esta mujer que todos los años, a la puerta de la primavera más pura de Sevilla, voy recorriendo los callejones de la vida para socorrerla. A veces, cuando le sigo entre esquinas, parecemos esa pareja de enamorados que van andando por la calle a un metro y no atinan a decir una palabra enamorada. Que la Esperanza Macarena bendiga las calles de Sevilla implica que la ciudad no duerme esa noche y hasta los vecinos más timoratos de nuevas costumbres que no salen a contemplar la Semana Santa, siempre velan en la madrugada el paso de ella.

Me pregunto qué dirían si estuviesen a mi lado los Unamuno, Galdós o Cernuda. Quizás caerían en el limbo de la literatura mientras contemplaban a una Sevilla eterna de pecados y condenaciones. Cuantos pregones se hacen en Sevilla un Viernes Santos en la calle Parra. Cuantas brisas y aromas entran al abrir los balcones cuando pasa la Esperanza Macarena y cuántas saetas desde la noche anterior que no son más que puñaladas cuya cicatriz no podrá borrarse durante un año. Pasa la Macarena por Sevilla y todo aquel color, olor, movimiento, calor y luminosidad seguirán flotando en el aire de una mañana convirtiéndose en gozo, es decir, el sevillano está borracho de vida y él, qué contrariedad, no acaba de saberlo.