Viéndolas venir

A Djokovic lo aguantarán en su casa

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Álvaro Romero @aromerobernal1
17 ene 2022 / 06:40 h - Actualizado: 17 ene 2022 / 06:45 h.
"Viéndolas venir"
  • El serbio Novak Djokovic sale de Park Hotel antes de asistir a la audiencia judicial. / E.P.
    El serbio Novak Djokovic sale de Park Hotel antes de asistir a la audiencia judicial. / E.P.

La expulsión de Djokovic de Australia supone el triunfo de la lógica sobre la ilógica, del interés público sobre el interés particular, de la responsabilidad colectiva sobre el capricho individual, de la salud de todos sobre el engreimiento de un egoísta y, sobre todo, ha demostrado que ninguna estrella de nada, por importante que sea, puede reírse en la cara de medio mundo por saltarse las normas al ritmo que le permitan sus extremadas cualidades. Lo que más me alegra es que lo vean los niños, que tienen tanto que aprender.

Porque crece, a un ritmo vertiginoso en esta sociedad del hedonismo, esa percepción antigua, tan reaccionaria, tan injusta y tan bárbara, de que las normas generales solo hay que cumplirlas si eres un pringado, un don nadie, uno más, un cualquiera y, en cambio, si eres don Tomás, fulanito, una celebridad, tienes derecho a saltártelas por la zona vip. Eso lo ven, lo perciben, lo aprenden y lo aprehenden millones de niños como esponjas por mucha moralina barata que luego queramos inyectarles. De modo que las estrellas de lo que sea, del deporte también, terminan siendo ejemplos no de lo que todos deseamos, es decir, de humildad y honradez, sino de lo que quieren algunas de ellas, o sea, de soberbia, prepotencia y chulería.

El hecho de que Australia haya puesto en su sitio a este otro número uno del mundo del tenis supone un símbolo más potente de lo que puede percibirse por los telediarios, y por mucho que su papá lo considere un Espartaco y el líder del mundo libre, de los países y pueblos oprimidos.

Nunca tanto retoricismo ha resultado tan ridículo. Australia, ese país de nuestras antípodas, le ha dicho al papá del niño que no quería vacunarse que su hijo no es líder sino de sí mismo y que un deportista de élite tiene que empezar por ofrecerse como modelo de conducta, compromiso, responsabilidad y generosidad incluso fuera de la pista.

Aquí, muchísimo más cerca, tenemos un modelo que le dijo las cuatro verdades del barquero antes de que se pronunciasen los jueces, el gobierno y la madre que los parió. Se llama Rafa Nadal, es también número uno del mundo, pero sabe perfectamente que su liderazgo se reduce a jugar con la raqueta. En todo lo demás, es uno más, afortunadamente.


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