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Los medios y los días

A Sevilla o la defendemos nosotros o nadie lo hará

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29 jul 2022 / 06:31 h - Actualizado: 28 jul 2022 / 10:32 h.
"Los medios y los días"
  • A Sevilla o la defendemos nosotros o nadie lo hará

Cuando nos hallábamos en los prolegómenos de la Expo, allá por 1990, visité Málaga por motivos de trabajo. Era entonces el responsable de relaciones con los medios del Instituto de Fomento de Andalucía (IFA), hoy IDEA. Tengo clavado en mi memoria un cartel que vi nada más llegar: “Sevilla KK”. Eso decía. Ya estaba al corriente por los técnicos del IFA de la movida antisevillana en Málaga, espoleada por políticos concretos, que al final hemos sufrido y sufrimos bastantes sevillanos sin comerlo ni beberlo.

Recuerdo también que Málaga la tenía tomada con Granada tradicionalmente, se conoce que las tornas cambiaron y con motivo de la Expo toda Andalucía decidió arremeter contra su capital que ya se la habían disputado Ronda, Antequera, Huelva y por supuesto Málaga. Desde luego, todos esos lugares y otros poseían poderosas razones históricas para serlo, pero a la hora de la verdad es cierto lo de la canción: Sevilla tiene un color histórico y una imagen especial. En todo caso, sólo está a su altura Granada, las dos principales universidades de Andalucía -por sus historias- son Sevilla y Granada, todas las demás que vemos ahora dependían en los años 70 y posteriores de una o de otra. Ahora bien, si hay que declarar una capital clara del sur de Europa esa es Sevilla. Sin duda. Y mira que hay aspectos que no me gustan de mi ciudad, y mira que en buena medida estoy de acuerdo con Antonio Machado y su “Sevilla sin sevillanos, la gran Sevilla” porque da la impresión de que Sevilla sigue avanzando penosamente a pesar de muchos de sus habitantes.

El panorama que he esbozado antes y el actual siguen la constante de que no existe Andalucía sino las Andalucías, con lo cual se enlaza con la pequeña historia del andalucismo que estaba seccionado hasta con Blas Infante, aunque se tratara de una minoría muy activa pero históricamente poco influyente. Así seguimos, con los dos paréntesis de la manifestación del 4 de diciembre de 1977 y con el referéndum del 28-F de 1980. ¿Te parece poco, Ramón? A estas alturas, desde luego que me parece poco, entre una Cataluña que pone al gobierno sanchista de rodillas y una Andalucía y olé ya me dirán ustedes si hay diferencia. Los catalanes protagonizan una rebelión y sus líderes son perdonados sin ser del PSOE, todo lo contrario, tienen al PSOE agarrado por ahí y se sientan a negociar, ya van tres sentadas. Ahora indultarán a Chaves y Griñán pero esos son de la familia.

En Andalucía, por el contrario, el PSOE se tragó aquel 1977, aquel 1980, devoró al Partido Andalucista, nos engañó con que era progresista y ni sabía que existió hasta 1991 el último compañero de Blas Infante que seguía vivo, miembro de la Junta Liberalista: don Emilio Lemos Ortega. Si no llega a ser por mi libro Emilio Lemos Ortega y el andalucismo histórico el hombre se hubiera muerto con pena y sin gloria a pesar de su obra bibliográfica y periodística.

Hace poco falleció Pedro Ruiz Verdejo. Poquísimos saben quién fue y menos los jóvenes. Y así se nos mueren señas de identidad sevillanas ante la indiferencia total. Luis Cernuda sigue sin tener un monumento y el flamenco para qué les voy a contar si ya lo hace Manuel Bohórquez: llegan las nuevas generaciones y piensan más en el marketing que en el propio flamenco, lo cual no es disparatado si se supiera unir lo clásico con las nuevas corrientes y todo el mundo saliera contento. Y es que algunos quieren colocar en la Bienal a un “flamenco” de masas y hacer como si en un festival de música clásica actuaran orquestas interpretando piezas clásicas con los arreglos de Waldo de los Ríos o Luis Cobos.

Ahora rebrota el deseo del alcalde de que Sevilla goce de un estatuto de capitalidad, como otras ciudades. Lo intentaron Monteseirín y Zoido. Nada. Espadas, como buen mediocre, en lugar de seguir adelante prefirió también el marketing de la solidaridad. Con Sevilla no hay solidaridad a menos que la defendamos los sevillanos. ¿Quién detiene esa capitalidad? ¿Las ciudades españolas que poseen esa consideración especial en sus zonas respectivas? No, lo detienen Málaga, a la cabeza, y otros muchos andaluces. Sevilla está sola en esto.

La grandeza de una nación o de una comunidad autónoma, en este caso, la ven los foráneos, en primer lugar, cuando visitan su capital. En este sentido, Sevilla es pura miseria comparada con otras ciudades de España y no digamos del mundo, de su misma categoría. Valencia no necesitó en 1992 ni Expo ni capitalidad cultural ni Juegos Olímpicos para desarrollarse porque goza de un tejido industrial de gran y, sobre todo, mediana empresa muy considerable y ha tenido mandatarios agresivos y benefactores.

No es el caso de una Sevilla que ha perdido casi todo su potencial industrial y está sustancialmente atascada desde 1992. Y, lo más grave, estamos dejando que nos atasquen y nos conviertan en una ciudad de camareros, con todos mis respetos a esa profesión, tan necesaria, pero que debe ser completada con el mundo amplio y complejo de la Inteligencia Artificial y de las industrias culturales audiovisuales.

Pocos dedos se moverán por nosotros. Madrid querrá que la Andalucía del PP se hunda cada vez más. Y si elegimos alcalde del PP, con mayor razón. El alcalde actual se ha puesto las pilas de la reivindicación. Más vale tarde que nunca y aún así es tarde, ya no me fío de este personal. Ocho años de Juan Espadas, perdidos, y ahora llega este Antonio Muñoz con las elecciones a la vuelta de la esquina a hacerse el gallito. No, aquí hacen falta cambios profundos, nuevos dirigentes díscolos, estilo Francisco de la Torre, apoyados seria y firmemente por los sectores poderosos de la ciudad y por todos los ciudadanos. Si no, a tragar con los barrios míseros, con la pobreza y con unas infraestructuras eternamente paralizadas que nos convierten en una indigna capital de Andalucía. A tragar con que sea Caixabank la entidad privada que más protege nuestra alta cultura. Eso es todo un símbolo.


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