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La Tostá

Alfareros de Triana

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
11 jul 2019 / 08:34 h - Actualizado: 11 jul 2019 / 09:07 h.
  • El alfarero Antonio Campos / Blog Antonio Campos
    El alfarero Antonio Campos / Blog Antonio Campos

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Me llena de tristeza que Antonio Campos, al que llaman el último alfarero de Triana, se vaya del barrio y se instale en otro lugar. Es una noticia muy poco agradable para quienes nos sentimos trianeros porque hemos vivido años en el que puede ser el barrio más bonito del mundo. Podría decir también que es el más flamenco, pero Triana solo lo es ya por su historia. Hay quienes defienden la teoría de que el viejo arrabal es la verdadera cuna del flamenco y habría que precisar que es la cuna del flamenco trianero, como Santiago y San Miguel lo son del flamenco jerezano o Santa María y la Viña, del gaditano.

En el siglo XIX había tres o cuatro familias, de la docena de linajes gitanos asentados en el barrio, donde se daba el flamenco, que eran principalmente las de los Caganchos, los Pelaos y los Puyas. Luego estaba la de Antonio el Fillo, que era de San Fernando. Se daba un tipo de flamenco en la Cava Gitana o Cava Nueva –lo que hoy es Pages del Corro–, y otro en la Cava Vieja, que es la parte donde estaban los alfareros. En la calle Procurador, por ejemplo, que va desde el Hotel Triana a la calle Castilla, nació uno de los cantaores más importantes de Triana, Ramón Rodríguez Vargas El Ollero.

Aunque no era gitano, Ramón fue el cantaor más importante del barrio, porque era un verdadero profesional y dejó una escuela de cante, sobre todo en el palo de la soleá. Los alfareros se reunían en los alfares o en las tabernas y cantaban un tipo de soleá que Antonio Mairena decía que no tenía compás. Eran los tiempos de Noriega, La Bilbá, La Cuende, La Gómez, Pinea el Zapatero o el propio Ramón, y luego vinieron Garfias, Manolo Oliver, El Arenero, Domingo el Alfarero, El Sordillo, Emilio Abadía y Paco Taranto. Pues toda esa cultura de cante y alfarería se ha ido perdiendo, como se fue perdiendo también la otra escuela, la de la herrería, los martinetes y las seguiriyas. Triana sigue siendo el mejor barrio del mundo, pero se está quedando como un solar. Y ahora se va el último alfarero, llevándose con él algo más que herramientas y el torno.

Se marcharon ya hace años los gitanos de la Cava, unos porque fueron tentados con pisos en polígonos y otros porque se quisieron ir de unos corrales que se caían a pedazos. Cuando vivía en el barrio salía por las mañanas, lo cruzaba entero para ir al centro de la ciudad y te encontrabas a muchos gitanos que te paraban y te contaban mil historias flamencas de Manuel Cagancho o Juan Pelao. Ibas a El Morapio, en la calle Pelay Correa, y te encontrabas allí a El Pati con su Pastora y si ibas a la Taberna el Altozano, de José Lérida, antes de llegar salían a la puerta Manuel Molina, El Mimbre o el Huelva a decirte que te tomaras una copa de manzanilla. El Chaque hacía compás en su caja de limpiar zapatos y te llevabas allí todo el día.

Podríamos vivir del recuerdo, pero hasta el recuerdo lo están matando. Y decir que estamos aún a tiempo de salvar lo poco que queda, pero es que ni siquiera hay ganas de eso.


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