Viéndolas venir

Antonio Machado: 22 del 2 del 22

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Álvaro Romero @aromerobernal1
22 feb 2022 / 07:35 h - Actualizado: 22 feb 2022 / 06:12 h.
"Viéndolas venir"
  • Antonio Machado: 22 del 2 del 22

Dudaba anoche de si dedicar esta columna al asunto del que se habla hasta en la carta de ajuste o a la efeméride de que haga ya 83 años que el mayor poeta de España yace fuera de ella, en un pueblecito francés adonde llegó en el peor invierno del siglo XX acompañado de su madre, la anciana Ana Ruiz -maestra en aquellos tiempos en que maduraba el limonero- preguntándole, desorientada: “Antoñito, ¿falta mucho para llegar a Sevilla?”.

Creo que mi duda surgía, en realidad, de elementos concomitantes. Porque el modernista Antonio Machado también perteneció a aquella Generación del 98 que hace más de un siglo propugnó un regeneracionismo en todos los sentidos que sacara al país del pozo de corruptelas al que había terminado acostumbrándose mientras se acababa un siglo tan fundamental para la ciencia como el XIX. Y en ese caldo de cultivo apareció Ramón María del Valle Inclán, cuyo gran hallazgo para la literatura fue poner por escrito lo que él ya veía en el madrileño Callejón del Gato, tan cerca hoy de otros callejones, sedes y congresos que perpetúan la muñequización dramática a la que Valle sometió a sus personajes.

Hoy uno enciende la tele y ve a toda esa galería de chulos que permitieron la muerte de Max Estrella en la misma puerta de su casa, al regresar de una noche loca en la que todo el mundo había conseguido su puestecito menos él, que era un poeta ciego. La muerte de Machado la consintieron esos mismos chulos de España que el propio Don Antonio había retratado cuando aquel “hombre del casino provinciano / que vio a Carancha recibir un día”. De aquel tipo dijo Machado: “Tres veces heredó; tres ha perdido / al monte su caudal; dos ha enviudado. / Solo se anima ante el azar prohibido, / sobre el verde tapete reclinado, / o al evocar la tarde un torero, / o la suerte de un tahúr, o si alguno cuenta / la hazaña de un gallardo bandolero, / o la proeza de un matón, sangrienta”. Aquel terrateniente de la España de hace un siglo –un siglo solamente- “bosteza de política banales / dicterios al Gobierno reaccionario, / y augura que vendrán los liberales, / cual torna la cigüeña al campanario”. Machado concluía en aquel poema de Campos de Castilla que “este hombre no es de ayer ni es de mañana, / sino de nunca; de la cepa hispana / no es el fruto maduro ni podrido, / es una fruta vana / de aquella España que pasó y no ha sido, / esa que hoy tiene la cabeza cana”.

Por escribir todo eso, y mucho más desde que los fascistas se propusieron construir una España grande cuyo eco sigue resonando en los oídos de quienes siguen soñándolo sin prestar demasiada atención a los españoles, sino a España, así con mayúsculas y su bandera y todo, por escribir todo eso y más, digo, tuvo Machado que marcharse de España con una maleta de cartón para no volver jamás. Allí en la Francia que un día habló de libertad, igualdad y fraternidad sigue su cuerpo 83 años después, y lo lamentable no es la lejanía de sus restos, que polvo son al fin y al cabo, sino la lejanía de sus textos, que no debería habérselos llevado el aire pero que se los llevó a pesar de Serrat y sus canciones, ya tan de otra época.

El caso es que he dudado de si escribir sobre Machado o... y la propia letra ha sido tendenciosa, sin dudas y sin complejos. La propia letra de ese caminante que somos todos al que le decimos que no hay camino, sino que se hace camino al andar, es la que te ha llevado también a ti, querido lector, querida lectora, a llegar leyendo hasta aquí: “Al andar se hace el camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino / sino estelas en la mar”.

Antonio Machado Ruiz, tan ligero de equipaje, fue hijo de Antonio Machado Álvarez, que murió sin que en este país desagradecido le hubieran reconocido ser el primer folklorista español. Y Antonio Machado Álvarez había sido hijo de Antonio Machado Núñez, aquel catedrático de la Universidad de Sevilla que catalogó por primera vez con rigor las aves de Doñana y los peces del Guadalquivir y que había traducido al español la Teoría de la Evolución de Darwin. Siglo y medio después, de su nieto solo queda el eco de unos versos que dicen: “Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”. El telediario, sin embargo, hablará hoy de otra cosa. Pero yo no, y estoy orgulloso.


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