Apocalipsis globalizador

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12 mar 2020 / 04:30 h - Actualizado: 12 mar 2020 / 04:30 h.
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  • Fallas de Valencia. / EFE
    Fallas de Valencia. / EFE

Con el preludio de Tristán e Isolda de fondo recurrente en Melancholia, revisaba la obra del amigo Lars von Trier, tratando de indagar en los males de nuestra civilización y en las actitudes que tendríamos ante un inminente final colectivo. En estos días de bajada en la bolsa, motines en las cárceles, países con poblaciones confinadas, saturación de zonas hospitalarias, viajes y sueños cancelados junto a la alarmante metáfora de estantes vacíos en los supermercados, me preguntaba si es la nueva temporada de una serie en la plataforma digital de turno o si estamos ante el final de nuestra pretendida e idílica existencia.

El milagro neoliberal se tambalea y la globalización económica muestra fallas en sus engranajes. Es interesante reflexionar si es lógico producir piezas que ahora no llegan a fábricas de montaje que están a más de 8.000 kilómetros, por aquello de la deslocalización en la producción de bienes, y de paso una explotación laboral tercermundista. Deberían surgir interrogantes si verduras que han cruzado océanos son “más baratas” que la de nuestros campos cercanos, con agricultores que venden por debajo de los costes de producción, obra y gracia de la tajada sangrante de intermediarios de la economía de mercado.

Quizás sea también revisable la idea de la libre circulación de personas o la no existencia de fronteras como utopía ciega en la interconexión mundial. Tal vez la necesidad imperiosa de viajar para únicamente colgar fotos en nuestro perfil o que las ciudades históricas se entreguen al monocultivo turístico sea una cuestión a cambiar.

Más sorprendente resulta que en tiempos de desmantelamiento de lo público, hasta la cúpula del empresariado echa de menos a un Estado intervencionista que diga por dónde hay redirigir y que aporte los medios de solución para una colectividad desamparada. Cuando estábamos en el paradigma de la individualidad forzada, parece que entramos en colapso por la inviabilidad de un control efectivo a las repercusiones económicas y humanas de un sistema altamente interdependiente y potencialmente desintegrador.

El Coronavirus o su versión eufemísticamente tranquilizadora de COVID-19 es una minucia, un aviso o un catalizador temporal, comparado con la verdadera pandemia de nuestros tiempos, que no es otra que sociedades teóricamente globalizadas que esconden auténticos elementos de autodestrucción interna, que más pronto que tarde harán implosionar nuestra estructura de coexistencia.

Para estudiar los efectos de la superpoblación y las graves consecuencias alimentarias y migratorias recomiendo la lectura de Alan Weisman, a lo que añadir unos cuantos informes de Greenpeace sobre cambio climático. Para el análisis de cómo las máquinas, redes e inteligencia artificial terminarán controlando nuestras vidas sugiero al escritor Nicholas Carr, la periodista Marta Peirano o el físico José Ignacio Latorre. Si se quiere un complemento que explique nuestro comportamiento gregario actual, añado la vía reflexiva de Daniel Bernabé y la educativa de Martin L. Kutscher.

Es obvio que por falta de información y aportaciones no es donde radica nuestra inoperatividad globalizadora, sino que es el propio sistema el artífice de lo irracionalmente aceptado. Nos angustiamos ante la adversidad de una crisis y corrupción sistémica o nos apenamos ante una guerra cruel y un flujo de refugiados, para inmediatamente asumir un síndrome de Dory o pérdida de memoria a corto plazo. Todo un triunfo para el poder.

Respecto a la plaga en sí, no hay que ser especialmente conspiranoide para sospechar de la peculiar coincidencia de un laboratorio de nivel de bioseguridad 4 en Wuhan que trabaja con patógenos. Quizás sea una derivación natural, pero hay voces bastante más reputadas que dejan caer la idea de que algún virus mutado escapase. Que una dictadura como China y a la que nadie le tose -perdón por el chiste fácil- por la violación de los derechos humanos, se haya visto obligada a reaccionar de forma tan visiblemente mediática no parece tranquilizar mucho. Que otras potencias y oscuros jerarcas hayan sido responsables de ello o similar situación, no creo que sorprenda mucho.

Es lo de menos en nuestra visión limitada y unificada, el mundo discurre a la par que la enfermedad. La guerra en Siria y Libia sigue su curso ignorado. Turquía ejerce fuerza y le dice a la vieja Europa que los 6.000 millones no son suficientes para que no lleguen avalanchas migratorias a nuestras amables ciudades. Los alquileres de vivienda como derecho básico se hacen imposibles en la grandes urbes mientras nuestro banco con una foto publicitaria de una moderna y madura pareja, te invita a su servicio online con la alternativa de una masacre a comisiones o que te busques otra entidad. Directivas de 30 años ejecutan con firmeza obediente la directriz empresarial para la plebe, mientras sus trabajadores de rango inferior soportan la presión vendiendo productos que a corto plazo acabará con sus puestos de trabajo. Son seres autoliquidables que no oponen resistencia. Ante la crisis y la precariedad la huida es hacia adelante y acelerando, aunque exista un muro.

Quién vendió la fruta envenenada del capitalismo neoliberal a escala mundial, ahora retrae y genera proteccionismo a su tribu. El ultraconservador egoísmo del yo primero anglonorteamericano deja a las izquierdas como pollo sin cabeza tratando de encontrar un rumbo a su ligereza conceptual del libre comercio. El nacionalismo profundo arrebata pensiones, paradores y cualquier competencia que beneficie a los suyos. Lo llaman pluralidad y atención a la diversidad.

La peste bubónica de siglo XXI es la letal mezcla de ignorancia, indiferencia e inactividad a escala mundial. Hemos entregado las riendas a un poder omnipotente que controla el más triste devenir de toda una humanidad. Nos indignamos en lo pueril, crédulos de una libertad gasificada con la patética esperanza que no nos toquen las peores cartas. Ante esta demostrada fragilidad de la especie humana, vuelvo a las notas de un crepúsculo wagneriano en fantasía de ebriedad lujuriosa y bélica, con el escenario no políticamente apropiado del nº 6 de Vossstraße.


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