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La carta del arzobispo

«Aquí estoy, mándame» (is 6,8)

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18 oct 2020 / 04:26 h - Actualizado: 16 oct 2020 / 15:28 h.
"La carta del arzobispo"
  • «Aquí estoy, mándame» (is 6,8)

Queridos hermanos y hermanas:

El Papa Francisco publicó, en la Solemnidad de Pentecostés, el mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2020, en un momento en el que “la enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan” a nosotros y a la misión de la Iglesia. Como lema lleva la cita de Isaías: “Aquí estoy, mándame” (Is 6,8).

Vivimos, a nivel mundial, una situación difícil provocada por la pandemia del COVID-19. Todas las naciones se han visto afectadas. Pero son las del Sur las más pobres y vulnerables. En este contexto, en el que todavía muchos lugares del mundo viven algún tipo de confinamiento, puede resultar paradójico un lema que invita a salir y a ser enviados.

Precisamente es ese el sentido de la misión de la Iglesia: salir de sí misma, cruzar las fronteras y proclamar la Buena Nueva del Evangelio de Jesús en toda la tierra, cumpliendo el propio mandato de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

Como Isaías, debemos estar dispuestos a ser enviados a esta misión salvadora y, más aun, en el actual contexto de pandemia. La enfermedad, la desesperanza, la crisis económica exigen, ahora más que nunca, nuestro esfuerzo solidario y misionero.

“¿A quién enviaré?”. Esta llamada de Dios nos interpela a todos, especialmente en la actual crisis mundial. La llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos, a superar nuestras fronteras y miedos, por amor a Dios y al prójimo, se presenta como una oportunidad para servir a los más necesitados e interceder por un mundo mejor. Gracias a nuestra fe, que compartimos en la Iglesia, somos hombres y mujeres renovados, capaces para afrontar la misión a la que estamos llamados.

Por amor a toda la humanidad, sin distinción, Dios Padre envió a su Hijo. Jesús, siempre obediente, es el Misionero del Padre. A su vez, Jesús, crucificado y resucitado para nuestra salvacn, anima con su propio Espíritu a la Iglesia y nos envía en misión a todos los pueblos. Esta misión en salida, que debemos realizar, es la respuesta libre y agradecida a la iniciativa amorosa de Dios.

Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en ese amor fraternal que Jesús nos regala. Por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe, se hace pública y consciente la dignidad de todo ser humano que es también hijo de Dios.

La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para toda la humanidad, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía a todos los lugares del mundo para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda sanar nuestro mundo herido y transformarlo en un lugar habitable para todos los hombres y mujeres de cualquier lugar y condición.

La misión no puede pararse nunca. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento provocados por estos tiempos de pandemia nos interpelan a todos y hacen que nuestra misión sea aún más necesaria. Pese a que tenemos la obligación de mantener la distancia física y, en algunos casos, de permanecer en casa, descubrimos que más que nunca necesitamos relaciones sociales sanas y humanizadoras, así como la relación comunitaria con Dios. No debemos desconfiar de los demás, de “los otros”, sino más bien buscar la comunión y el abrazo fraterno, aunque ahora sólo pueda ser “espiritual”. Ante estos retos, nuestra respuesta debe ser la de Isaías: “Aquí estoy, mándame”.

Mediante la oración, la reflexión y la ayuda material podemos participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. Nuestra diócesis ha sido tradicionalmente muy generosa durante el Domund. Pese a los tiempos difíciles que vivimos, no debemos olvidar que otros sufren mucho más debido a carencias materiales y espirituales. Nuestra solidaridad no puede agotarse con los que tenemos más cerca, sino que debe abrirse a todos nuestros hermanos y hermanas del mundo. Cuanto más generosos y solidarios, más plenos, más humanos y más cristianos seremos.

Mi recuerdo agradecido a los doscientos misioneros y misioneras de nuestra diócesis que generosamente entregan su vida a la misión, y que son un ejemplo y estímulo para nuestras vidas. Ruego a Dios, a la Santísima Virgen María y a Santa Teresa, patrona de los misioneros, que bendigan el entusiasmo y compromiso de la Delegación diocesana de Misiones y el esfuerzo de los responsables de la pastoral y de la educación católica de nuestra diócesis para que den el mayor fruto posible en beneficio de la misión y susciten auténticas vocaciones misioneras.

Con mi gratitud anticipada para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


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