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La Tostá

Armonía flamenca en Mazaco

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
04 dic 2019 / 08:16 h - Actualizado: 04 dic 2019 / 08:20 h.
  • Armonía flamenca en Mazaco

Llevaba más de ocho meses sin vivir una de las tertulias de la Peña Cultural Flamenca Paco Mazaco, de Coria del Río, compuesta por veteranos y jóvenes aficionados a cantar, tocar la guitarra, hablar y escuchar. No media el dinero, solo la afición y unos haciendo felices a otros, cada uno pagándose su cerveza y su tapa y todos, en general, en buena armonía. El flamenco fue así en su origen, reuniones de aficionados y gente a la que le gustaba cantar sin que mediara nada más que el arte y los sentimientos. En Triana, por ejemplo, en el Arquillo, se juntaban Pelaos, Puyas y Caganchos en el siglo XIX para olvidar las penas y el duro trabajo del día. Corría por las gargantas la manzanilla de Sanlúcar o el fino de Jerez y a veces no había ni guitarra, solo compás hecho con los nudillos en una vieja y desgastada mesa de madera y muchas ganas de romperse las camisas. El flamenco hoy es otra cosa, un arte, sí, aunque cada vez menos íntimo y natural. Salvo en contadas ocasiones, media siempre el dinero entre artistas y aficionados y hay una deshumanización lamentable. No es que esté en contra de que existan profesionales del arte jondo, porque yo mismo lo soy: cobro por escribir de flamenco. Pero hay que procurar que no se pierdan estas tertulias en las peñas de los pueblos y las barriadas de nuestras ciudades, porque si esto se pierde solo quedará el dinero y cantar, tocar la guitarra y bailar solo cuando haya jurdó. He tenido la inmensa suerte de disfrutar de grandes genios del arte flamenco en la intimidad de la fiesta, de artistas como el Niño de Fregenal, Antonio Mairena, Tío Borrico, Miguel Vargas, Chano Lobato, Fernarda y Bernarda, Morente, Farruco, El Marsellés o El Chino. Son momentos en los que nunca miras el reloj y que no quieres que acaben. En estas tertulias, como la de Coria del Río, lo de menos es la calidad de los que participan porque lo que cuenta es la armonía. Es admirable cómo se jalean y respetan entre ellos y les aseguro que a veces hay aficionados que te sorprende de verdad. Aun desafinando o yéndose del compás, siempre acabas emocionándote con alguno de ellos, con personas que por el día venden frutas, ponen ladrillos o conducen camiones y que por las noches salen de casa a echar un rato de cante y a tomar un vino con los amigos. Esto es algo que hacemos desde hace siglos, que hicieron nuestros antepasados y que seguramente harán nuestros sucesores cuando ya no estemos. Es el flamenco, el arte jondo, el cante andaluz o gitano, que nos lastima y, en ocasiones, nos consuela. Una tradición de siglos heredada de nuestros antecesores, el legado de nuestros abuelos, un tesoro de cultura andaluza que es completamente compatible con el hecho de que haya artistas que se pongan millonarios. No hay quien acabe con el flamenco, a pesar de que hay quienes ponen bastante interés en la causa. Es un superviviente.


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