Atacar es lo que los convirte en destructores

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21 nov 2021 / 10:19 h - Actualizado: 21 nov 2021 / 10:21 h.
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  • Atacar es lo que los convirte en destructores

El artículo 1 de nuestra Constitución expresa con claridad “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.”

De este párrafo deberíamos extraer la idea de que posibilitar la convivencia sería la mayor preocupación que deberíamos de tener todas las personas que estamos bajo su amparo.

Sin embargo, estamos ante una descomposición lenta de nuestros valores y nos hallamos, no sé si consciente o inconscientemente faltando al respeto que las personas deberíamos de tenernos.

El pluralismo político es bueno y necesario; pero cuando éste se convierte, por parte de algunos, en la manera de responder exclusivamente a sus propios intereses de supervivencia hace que la libertad pueda quedar mermada a sus propios parámetros ideológicos, imponiendo su señero como una vía posible para la convivencia.

No todo vale en democracia y no nos conviene elegir este camino porque, en breve, se convertirá en zigzagueo que nublará el significado de respetarnos unos a otros.

Hay quienes se empeñan en aparecer como si fueran los guardianes de la verdad suprema, lo que hace que rompan con otro artículo fundamental de nuestra Constitución. Art. 10.1. “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social”.

Los ataques van a destrozar a las personas, en ¿dónde queda la dignidad? Lo cual “rompe” los derechos inviolables que las personas tenemos por el hecho de ser personas. Esto significa que la libertad queda mermada y condicionada, convirtiendo a la ley en un texto, en la mayoría de las ocasiones, que no goza de valor y querencia laguna.

Así, poco a poco, los demás nos vamos convirtiendo en personas sin derechos. Esto se percibe, con relativa frecuencia, en la falta de respeto que se tienen los políticos y que por extensión nos tenemos las personas. Así que la pregunta clave sería ¿Cómo queda la paz social?

No quiero ser negativo, al contrario, pretendo ser realista con el objetivo de poder aportar valor a nuestra sociedad.

Pero es que no se me puede quitar de la cabeza lo que está ocurriendo en determinados países de América Latina y cómo, desde ahí, se está desprestigiando el valor cultural, social, económico y religioso que les ayudó a configurarse como países libres con constituciones modernas e innovadoras; y cómo muchas personas no están teniendo más remedio que emigrar por la persecución a la que están siendo sometidas.

¿De verdad queremos que nuestra sociedad se convierta en lo que se han convertido muchas sociedades hermanas en ese continente?

Nuestra convivencia democrática lleva más de cuarenta años. Nuestra Constitución es solvente y, todavía, aunque en la sociedad en la que vivimos se han producido cambios, tiene un gran recorrido. Nos podríamos plantear realizar algunos cambios; pero estos precisan de cordura y sensatez, alejándose de los intereses particulares y partidistas de algunos políticos y partidos.

La democracia tiene la grandeza de que cada cuatro años, en nuestro país, podemos votar, haciéndolo libremente y en función de nuestros principios. Así que el que salga elegido como presidente del Gobierno se constituye inmediatamente en servidor de todas las personas, le hayan votado o no.

El sectarismo no debería tener cabida. Con tristeza hay que reconocer que, muchas veces, este rol de servidor universal, los políticos los pierden y entran en batallas estériles que a quién termina perjudicando es a los ciudadanos. Promulgan cambios en leyes que, más que la búsqueda de la concordia, terminan generando un gran destrozo en la convivencia social cargándose “la paz social” que nuestra Constitución muy acertadamente recoge (Art.10.1)

No puedo dejar de expresar mi dolor de ver cómo lo que no se ha ganado por las urnas se pretende obtener mediante la persecución ficticia, echando mano de la invención y de un relato sin fundamento jurídico, para intentar hacerse con el poder en la Comunidad Autónoma de Madrid. Atacar a Ayuso y construir una historia cargada de lagunas pareciera que sería la estrategia con la que lograr el objetivo. No se que porcentaje puede venir de dentro de su partido y cuál sería el del resto de las fuerzas políticas; pero, si la política se está convirtiendo en esta actuación por parte de los políticos, son éstos los que se están cargando los artículos 1 y 10 de la Constitución.

Claro, esto no se da solo en la política, por extensión se amplia al conjunto de la sociedad. Personalmente, me hago cargo de todo esto porque, como ciudadano, estoy siendo sometido a un relato auspiciado por personas que están rompiendo lo que con tanto esmero señala la constitución. Se apoyan en algún medio de comunicación y escriben relatos de película sin ninguna base sostenida jurídicamente, y lo hacen con inquina, buscando hacer el mayor daño posible.

En mi caso, como en el de muchas otras personas anónimas, con toda seguridad el Artículo 18 de la Constitución habrá quedado mermado a la mínima expresión:

“1. Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen.

2. El domicilio es inviolable. Ninguna entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular o resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito.

3. Se garantiza el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial.

4. La ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos.”

La enseñanza que nosotros podemos sacar, después de cuarenta años de Constitución, es que la búsqueda de la verdad siempre hay que hacerla con transparencia y honor, y nunca con odio y con vocación de revancha.

Lo más triste de todo esto es que quien lo está animando y promulgando es alguien que utiliza su poder para sacar el máximo provecho de su cargo. Para mí, quien actúa así, se convierte en una persona triste y sin valores, por mucho que su estatus social lo haya colocado en un alto lugar. El tiempo se encargará de decirle que su camino ha quedado desprestigiado por su hacer y proceder. Vamos, que será una persona sin historia. Es un atacante en busca de destrucción y no se percata que poco a poco quien queda destruido es él mismo.

El estar estudiando el Grado de Derecho, me está comenzando a dar mucha luz acerca de cómo, con humildad, el Derecho tiene que convertirse en la salvaguarda verdadera de la Justicia. Así nos lo enseñaron los romanos y así se ha ido adaptando a las circunstancias culturales, sociales, económicas y políticas de nuestras sociedades modernas.

Rompamos con el maleficio de los que solamente piensan en atacar y construyamos una sociedad abierta a la convivencia y al perdón, haciendo que la justicia sea justicia y no se termine convirtiendo en injusticia.


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