La vida del revés

Audrey Hepburn o la belleza superlativa

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04 may 2023 / 08:23 h - Actualizado: 04 may 2023 / 08:32 h.
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  • Audrey Hepburn, 1958. / Photo by Don Ornitz.
    Audrey Hepburn, 1958. / Photo by Don Ornitz.

Si les digo que Edda Kathleen Van Heemstra Hepburn-Ruston nació el 4 de mayo de 1929 puede ser que les dé lo mismo. Si les digo que un día como hoy, el 4 de mayo de 1929, nació Audrey Hepburn la cosa, posiblemente, cambie.

No es la primera vez que confieso mi admiración por esta actriz; no es la primera vez que confieso mi amor adolescente por ella. Creo que es la actriz más atractiva (en todos los sentidos) de la historia del cine. Y no sólo lo digo yo; por ejemplo, el American Film Institute dice que es la tercera leyenda femenina del cine.

Audrey Hepburn nació en el seno de una familia aristocrática holandesa. Su abuelo era un hombre cercano a la corona. Por ello, caminaba como una dama de la aristocracia y sus formas eran exquisitas.

Trabajó a las órdenes de William Wyler en «Vacaciones en Roma» («Roman Holiday», 1953) y con esa película (consiguió el Oscar a la Mejor Actriz) comenzó una carrera descomunal y maravillosa. Seguramente, la película por la que todo el mundo conoce a esta actriz es «Desayuno en Tiffany» («Breakfast Holiday’s», 1961).

En 1988 fue nombrada embajadora de Unicef y este trabajo marcó los años finales de su vida. Murió en enero de 1993.

La señora Hepburn llenaba la pantalla con cada aparición, era capaz de enamorar con sus gestos delicados y podía hacer estragos al mostrar su melancolía o su felicidad interpretando distintos personajes.

Y, dicho esto, me centro en ‘la película’, en ese momento en el que Audrey Hepburn desembarcó en mi vida para siempre.

«Dos en la carretera» («Two for the road», 1967) de Stanley Donen es una de esas bisagras que, el que escribe, tiene grabada en la memoria. El cine se convirtió, después de ver la película por primera vez, en una especie de microscopio a través del que se podrían ver los detalles de un mundo que, sin existir salvo en la ficción, completaban el imaginario de alguien que buscaba el camino de la literatura. Un microscopio exacto, chivato, colosal. Eso por un lado. Audrey Hepburn se convirtió, casi en el acto, en la mujer perfecta, en una novia que nunca me dejó. Hubiera hecho cualquier cosa por conocer a esa mujer. Y, claro, no pudo ser. Eso por otro lado. Pero lo más grande, lo que descubrí con y en esta película fue una forma de narrar. Toda la estructura que yo manejaba por aquel entonces se derrumbó a los dos minutos de proyección. De pronto, todo era posible, desaparecían las barreras, todo podía comenzar a dar vueltas en la cabeza sin que tuviera que salir de allí con un principio, un nudo central y un desenlace. El conflicto se podía presentar desde el final hacia el principio, los personajes evolucionaban a través del diálogo y no al compás de la trama, los clásicos se colocaban en su lugar para iluminar y no para imponer una literatura que estaba en reposo. Contar algo no estaba supeditado a norma alguna. Les garantizo que para alguien que quiere ser escritor y que es tan joven como yo lo era, el mazazo es descomunal. Y Audrey Hepburn con su belleza superlativa presente por siempre jamás.

Desde Audrey Hepburn en «Dos en la carretera» ya todo era posible

«Dos en la carretera» es una película deliciosa. Tanto en su propuesta como en su desarrollo y en su estética. La moda de los años sesenta aparece en todo su esplendor con una modelo de lujo para mostrarla. Esa era la señora Hepburn. Si, además, añadimos una banda sonora exquisita firmada por Henry Mancini, nos enfrentamos a todo un clásico del cine. No el más conocido aunque sí imprescindible. Es una obra maestra.

«Dos en la carretera» es una película honesta. Desde el principio sabemos lo que nos van a contar y las reglas del juego que propone el director. No se trata de narrar lo que pasó. La idea es dar una explicación a lo que ya sabemos desde el primer momento. El matrimonio de Joanna (Audrey Hepburn) y Mark (Albert Finney) está en peligro; tal vez ya no existe aunque los protagonistas no lo sepan. ¿Cómo han llegado a este punto? Sabremos cómo se conocieron, cómo disfrutaron, cómo se distanciaron, cómo se engañaron por sentirse desengañados. Sin un orden temporal sino con el que necesita la narración para que podamos entender. Donen no quiere hacer un ensayo en el que se desarrollen teorías sobre la vida matrimonial. Lo que quiere son almas que tengan que buscar aquí y allí hasta reconstruir el puzzle de su propia vida.

Audrey Hepburn, por siempre jamás.


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