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Autobiografía de Plácido Domingo

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28 feb 2020 / 17:01 h - Actualizado: 28 feb 2020 / 17:08 h.
"Plácido Domingo"
  • Plácido Domingo. / Britta Pedersen
    Plácido Domingo. / Britta Pedersen

Fue en 1.985, cuando Plácido participó en la reconstrucción de ciudad de Mexico, donde después de un fatal terremoto, fallecieron miles de personas, entre ellas, su propio tío, un sobrino y el hijo de este.

Lo vi esforzarse en la reconstrucción de la capital, sudoroso y exhausto. A diferencia de otros, que acuden a las catástrofes para reforzar marca, él no posaba para cámara alguna.

Poco después, hasta Frank Sinatra lo acompañó en el escenario, recaudando fondos para las miles de víctimas desamparadas de Dios. En ese instante, yo deseaba que un rayo lo derribara.

Más tarde arribó al mismo cielo... Su Real Madrid le homenajeó.

Con él culminaba su sueño del futbolista que siempre quiso ser. Ochenta mil personas... Maná entre ellos....

Sé que Plácido no conseguía cegar su mente hacia mis hijos cada segundo.... yo ya formaba parte de la Cienciología donde era una quimera atisbar que le dejarían siquiera aproximarse.

Su forzada sonrisa escondía la obsesión de liberarnos, asirnos con sus manos frente a esa “Iglesia” –con Tom Cruise de señuelo-, del mismo modo que un padre ante la psicópata maltratadora de un hijo.

Pero Plácido seguía cometiendo errores.

Primero donó dos millones de dólares, como soborno por mí y los mios. El creyó que era el precio.

Fue así como volvió a abrazarnos.

Entonces llegó su segundo error. Dejar de financiarles. Pensaba que, ya a salvo, se olvidarían de nosotros.

Plácido siempre nos instaló en la derrota durante toda nuestra maldita vida. La mía y la de mis hijos. Cada triunfo suyo nos fijaba aún más en la adoración de Xenu, ese extraterrestre que nos dió y quitó la vida, según Hubbard, el fundador de la Cienciología.

Y así ha sido. Cesan los acordes de Rigoletto, su interpretación primera como barítono con todos los sueños del mundo. Rigoletto, ese desalmado, antes que desprotector de su hija frente a la corte.

Caen los telones y su propia estatua, cual efigie erigida con las llaves de las casas asoladas por el terremoto de Mexico.

Deseábamos tanto que le fallara la voz, como un príncipe de la historia a la que ésta hubiera derribado... que su éxito vino a ser nuestra condena.

Ahora ya no habrá más rescates, ni sobornos fingidos.

Así que bienvenida la maldición sobre nuestro apellido, porque con 79 orgullosos años, les estoy hablando de Plácido, sí, mi legendario padre, Plácido Domingo.


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