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Basterra, llámate

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24 feb 2018 / 22:41 h - Actualizado: 24 feb 2018 / 23:12 h.
"Cofradías"

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En plena Cuaresma, cuando los cofrades de gloria andamos nutriendo las filas de nuestras hermandades de penitencia, cuando mi Cristo de las Almas acaba de bajar del bosque de cera de su altar de quinario –felicidades, priostes–, cuando mi Virgen de la Amargura aguarda vestida de hebrea la transfiguración granate de su pasopalio, cuando la Carretería va a convertir su capilla en un paso de misterio y San José Obrero prepara el triduo al Dios de la Caridad, su Cristo Nazareno. Ha sido en Cuaresma, en temporada baja, cuando nos ha dejado Jesús Basterra Ayesa, pidiendo un relevo que le ha sido concedido para que forme parte de la cuadrilla que manda el Soberano Capataz desde la gloria.

Se ha ido Jesús, sin dejar de ser lo que nunca fue, un hombre discreto, entregado en lo que sabía y callado en lo que consideraba que podía aprender, ofrecido en su persona y en la de la hermandad de Madre de Dios del Rosario –a la que tanto quiso– y siempre en el lugar donde esperábamos encontrarlo. Un señor a la antigua usanza, con el que más de una vez tuve la oportunidad de departir en la sencillez de no tener nada que demostrarnos el uno al otro, a corazón abierto, a faldón abierto. Un trianero cabal, aunque distinto a otros. Discípulo del Penitente y maestro de otros muchos, que ayer lo despidieron camino a la morada definitiva, donde aguarda ese Cristo de las Tres Caídas que se agarra a la tierra para entender cómo sigue el hombre viviendo aferrado a lo material aunque sepa que en el último día partirá tan sólo con su alma y su memoria.

«Basterra, llámate»; eso parece haberle pedido la Virgen del Refugio de San Bernardo, a la que también tuvo la suerte de pasear por Sevilla. Cuando un capataz manda llamarse a un patero, lo invita a corregir los últimos movimientos, a no dejarse llevar por el peso y el cansancio y volver a la tarea de llevar a Dios y a su Madre por las calles. Basterra se ha llamado para olvidar el tormento de una enfermedad que lo estaba doblando lentamente. Se ha llamado Basterra y ha dado en el mundo la última chicotá. En Santa Ana, su Virgen, su Madre de Dios, su Patrona de los Capataces y Costaleros lo ha cobijado bajo el volandero manto que sostiene el querubín contraguía cada 12 de octubre. Bajo él, Basterra, nuestro consejero de Glorias, hace camino al andar y va, sobre los pies, a encontrarse con el Señor.


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