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Excelencia Literaria

Cat people

21 mar 2019 / 08:14 h - Actualizado: 21 mar 2019 / 08:18 h.
"Excelencia Literaria"
  • Cat people

Yo conocía el verdadero apellido de Pablo, pero nunca se lo descubrí a nadie. Y no fue por falta de ganas. Tampoco por miedo. No me sentía capaz de traicionar su confianza, a pesar de que, de improviso, no volví a verlo.

Cuando lo conocí, yo estudiaba arquitectura en París. Pablo tenía una barba bien cuidada y unos rasgos delicados pero bien definidos, que me hicieron preguntarme si su expresión tan sobria la había conseguido con los años o era algo que le había venido dado. Nunca supe si estudiaba, porque se presentaba en la universidad sin llevar jamás un libro, una carpeta o una colección de apuntes. Quizá estudiara economía o contabilidad, pues era bueno con los números. Pero rara vez hablaba de economía, aunque cuando lo hacía demostraba conocer hasta el mínimo detalle. Me hice su amigo sin meditarlo, casi sin reflexionar, como si fuera él quien me brindara esa oportunidad.

Tan misterioso como él era su criterio para elegir amistades. Tenía amigos en mi Escuela, en su facultad y en las facultades de Letras. Una vez escuché a dos estudiantes de filosofía lamentarse de que Pablo no hubiese participado, años atrás, en los incidentes del Mayo del 68. Según uno de ellos: «Las cosas podrían haber salido bien».

Pablo manejaba la oratoria de manera precisa, igual que un cirujano utiliza el escalpelo. Una vez, mientras tomábamos el sol durante la primavera de 1973, me confesó que le interesaba la política en el mismo sentido en que el tiempo le interesa a un pescador. En ese momento no entendí el significado de sus palabras. Sin prestarle mucha atención, continué bebiendo el Lillet que tenía en la mano derecha.

Nada parecía despertar por completo su interés, pero nada parecía dejar de interesarle. Solía pasar por la habitación que yo tenía alquilada para ojear las revistas y escuchar los discos que mi padre me mandaba desde Madrid, lo que me sigue sorprendiendo, pues Pablo tenía un estudio estupendo y para él solo, en el Boulevard Sébastopol, que por alguna razón no le resultaba cómodo y del que huía cada vez que se le presentaba la ocasión.

Entre sus singularidades, Pablo se dejaba ver con frecuencia durante un par de semanas para desaparecer por completo a la semana siguiente. Aquella actitud nunca me pareció extraña, aunque reconozco que no destaco por mi capacidad de observación. Nunca le pregunté en dónde había estado o en qué había ocupado el tiempo. Creo que eso es lo que apreciaba en mí, y eso que al principio pensé que pasaba el rato conmigo porque su francés no era lo suficientemente bueno como para entablar conversación con los locales. Estaba equivocado: hablaba aquel idioma mucho mejor que yo, y lo mismo puedo decir respecto al inglés.

Era muy aficionado al fútbol. Una de las pocas cosas que me mencionó sobre su padre fue que compartían esa misma pasión. Había comprado dos abonos de temporada para ver los partidos del Paris Saint-Germain, que por aquel entonces aún estaba en la segunda división francesa, y de cuando en cuando me invitaba a acompañarle. París ya era una ciudad cara en los setenta y yo no disponía de más dinero del que me correspondía por la beca estudiantil, así que agradecía aquel alivio de pasar el rato en el estadio «por la patilla». Los partidos no eran interesantes, pocas veces provocaban la emoción que se espera del fútbol europeo y parecían amañados. Un día se lo dije.

—Este equipo tiene la localización, los medios y el dinero —me contestó sin quitar la vista de la hierba, refiriéndose al capital que el diseñador Daniel Hechter había invertido y del que yo no sabía nada—. Me interesa comprobar si son capaces de aprovechar la inversión.

Tampoco entendí lo que quiso decir con eso, pero, como he dicho, no acostumbro a preguntar, lo que no quiere decir que no conversáramos. Al contrario, manteníamos charlas muy largas y agradables que he ido olvidando a fuerza de intentar recordarlas. Ahora ya no puedo poner en claro qué otras cosas me dijo y dónde me las dijo.

Mis días con Pablo mezclan sus monólogos con los días que decidía hablar de los mundiales o de las películas de Andrei Tarkovsky. Los viernes y los sábados decidía darse un baño de masas, cuando reunía a gente de distinta clase, oficio y procedencia, cuyo único nexo entre ellos era la amistad con Pablo. Él sabía de antemano cómo iba a presentarlos entre ellos, para que la noche siguiera el curso meticulosamente trazado en su cabeza.

Nunca supe de dónde sacaba el dinero para permitirse vivir sin preocupaciones y con tanta holgura, pero ahora me lo puedo imaginar. Los veranos que no visitaba su país, en Sudamérica, los pasaba en una casa en Biarritz que, según me dijo una vez, le prestaba un buen amigo de su padre. Acepté su invitación durante el verano de 1975. Cuando llegué a la villa costera, me encontré con que había otros convidados: una chica que estudiaba interpretación en París, a la que yo ya conocía, que vino acompañada de un chico de Rhode Island, un poco raro, al que fue la primera vez que vi. Julio pasó muy deprisa. Incluso me enamoré de la chica, pero, como era de esperar, ella estaba colada por Pablo, quien aprendió durante esas semanas a tocar la guitarra gracias a las lecciones de su amigo, que había viajado al sur de Francia «como preludio a una existencia abultada», según sus palabras.

Por las noches, nos sentábamos en el jardín

para charlar sobre Scott Fitzgerald, así como de los tiempos en los que el sur de Francia fue un foco de disidencia y literatura. Pablo se lamentaba de que solo quedaran franceses con apellido ruso. Estaba anclado en épocas pasadas. Lo justificaba con que todo el mundo busca un lugar dónde sentirse cómodo. Quizás lo que estudiaba fuera historia... Ahora tengo dudas. El caso es que le escuchábamos atentamente y él nos escuchaba con la misma atención, en busca de puntos en común entre nuestros discursos y el suyo, que le facilitaran el modo de convencernos. Y nos convencía.

Un día bajamos al pueblo para comprar comida, revistas y algo de beber. Pablo se fijó en los titulares de Le Monde. Su país acababa de sufrir un golpe militar. Sus facciones se petrificaron. En la mirada le advertí un destino fatal e inevitable.

Aquella noche escuché una conversación entre Pablo y nuestra amiga. Estaban en la habitación de la chica. Pablo le dijo que iba a marcharse y ella le aseguró que habría decidido lo mismo de encontrarse en su misma situación.

Al día siguiente me entregó las llaves de la casa. Me animó a que la siguiéramos disfrutando hasta que alguien viniera a reclamarla como suya. Y me dio un abrazo.

—Más adelante nos veremos —me dijo—. ¿Dónde te podré encontrar?... ¿En Madrid?

—¿Quién sabe? —le contesté.

La actriz lloró durante siete días seguidos, hasta que el otro chico decidió llevársela a Rhode Island. Yo me quedé dos semanas más, hasta que se acabó el verano. Supe que el golpe había triunfado y que el directorio militar que presidía su padre había sido apresado y sustituido por otro, también militar pero con propósitos de imponer unas medidas más restrictivas. Ya en París, escuché relatos de estudiantes a los que el ejército había lanzado al mar desde aviones en vuelo, pero nunca llegué a preocuparme por Pablo. Aunque nunca supe nada más de él, estoy convencido de que salió de aquella situación, si es que se llegó a meter en ella.

Hace poco vi el nombre del americano que nos acompañó aquel verano, anunciado en el cartel de un festival de música que iba a celebrarse en el parque del Fórum de Barcelona. Mi hijo trabajaba en la contratación de los artistas y le pedí que me pusiera en contacto con él, que accedió en cuanto el chico le mencionó quién era yo. Se había hecho famoso poco después de aquellas lejanas vacaciones, junto a una banda de New Wage americana que llevaba un nombre, por cierto, sugerido por Pablo. Aunque Pablo no había contactado conmigo, quizás lo hizo con él.

Al acabar el concierto me acerqué al reservado del viejo amigo de Pablo. Me recibió con mucha atención. Después de las formalidades, un tanto extrañas al tratarse de una estrella de la música, nos pisamos en la misma pregunta. Desafortunadamente, ninguno de los dos sabía nada de Pablo. Le felicité por el concierto y me marché. Tampoco eso logró preocuparme... Después de todo, al Paris Saint Germain le vuelve a ir bien. Es lógico, teniendo la localización, los medios y el dinero.

Cat people
Alejandro Caicedo
Ganador de la XII edición
www.excelencialiteraria.com


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