Viéndolas venir

Cautivo del Agua

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Álvaro Romero @aromerobernal1
13 abr 2022 / 07:37 h - Actualizado: 13 abr 2022 / 07:40 h.
"Viéndolas venir"
  • Cautivo del Agua

Está claro que si la situación meteorológica de ayer se hubiera dado en 2019, la decisión de no salir se hubiera tomado a media tarde y santas pascuas. Pero está más claro aún que no estamos en 2019, sino en el año 3 después de la pandemia, y eso lo cambia todo. Nos hemos vuelto, después de tantísimo sufrimiento, más niños tal vez, y hemos confiado ciegamente en que un milagro a nuestra medida se produjera a última hora. Hablo en plural porque la esperanza no era solo de la junta de gobierno de la Hermandad del Cautivo de mi pueblo, sino de todo el pueblo, de más de media provincia. Había que ver el Furraque, por ejemplo, de bote en bote un cuarto de hora antes de que se abrieran las puertas de la capilla. La previsión era la que era, pero la esperanza era más grande, más alta, más fuerte.

Cuando salió la cruz de guía, el aplauso se oía desde la esquina de Núñez el de los piensos. A los pocos minutos cayeron unas gotas y unas dudas... Y luego más. Y la hermandad hizo lo que tenía que hacer. Sin embargo, a pesar de las ingenuas dudas hasta última hora, se comprenden profundamente porque no era un sector de la hermandad quien presionaba, sino los músicos, los nazarenos, los costaleros, el barrio, el pueblo, la ilusión en el aire de que las cosas fueran como en el cine. Al final, las cosas son como son. Pero mereció la pena sentir durante veinte minutos el pálpito del gentío en el Furraque, el latido de la gente sobreviviente de tanto horror como hemos vivido sintiéndose parte de ese todo que somos todos, parte de este pueblo al que, a pesar de tantos pesares, no le pesa llegar con la ilusión colectiva e intacta al escalón de la capilla de Villafranca. Con paraguas o sin ellos, todos nos vinimos dando gracias y musitando que, después de lo vivido, que nos quiten lo bailao. Mañana Jueves habrá más Furraque, más Vera Cruz, más Remedios y más vida, muy larga y más ancha todavía, entre otras razones gracias al agua...

La situación se ha vivido, prima hermana, en muchísimos pueblos de la provincia, y en la capital. Y en media Andalucía donde los relámpagos han iluminado menos que la luz de tantos corazones encendidos; los truenos han tronado menos que los aplausos emocionados; y las tormentas han sido meras bandas sonoras de todo lo pasado.

El Martes Santo funcionó ayer como transición entre la Semana Santa que deseamos y la que nos toca; entre el deseo y la realidad; entre lo peor de la pandemia y este horizonte de calma que se avecina. Pero todo el mundo se hizo niño por unos minutos, desde los hermanos mayores que tenían que tomar importantes decisiones con tantos corazones palpitándoles sobre los suyos hasta los niños de veras que no tienen perspectiva aún de que cada Semana Santa nos emparenta como eslabones de cuerpo y alma con nuestros antepasados y los descendientes a quienes no vamos a conocer en persona. El Martes Santo de ayer, con su temporal caprichoso, con las cofradías enloquecidas en el algoritmo de salir o no salir, de refugiarse o seguir adelante y de asomar el paso o regresar sobre sus propios pasos nos situó en esa casilla de salida que siempre debió ser sentirnos humanos, demasiado humanos, ciegamente ilusionados, como niños, en que las cosas pueden salir como deseamos a pesar de la voluntad de Dios, que siempre anda por encima de nosotros para recordarnos, reconfortante, que la vida sigue, y las procesiones –incluso las que van por dentro-, y que la lluvia, al fin y al cabo, agua es.


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