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La Tostá

Cinco años del adiós de mi madre

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
28 abr 2021 / 07:55 h - Actualizado: 28 abr 2021 / 07:57 h.
"La Tostá"
  • Cinco años del adiós de mi madre

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Hoy se cumplen cinco años de la muerte de mi madre. Para algunas cosas, el tiempo no vuela: es una bala. Parece que fue ayer cuando asistí al momento más amargo de mi vida, que fue ver cómo la metían en un nicho tan justo, con lo mal que llevaba estar encerrada. Han sido cinco años muy duros y no solo por lo que la he echado de menos cada día, sino porque desde que se fue me han pasado cosas que no me habían ocurrido nunca: un desengaño amoroso, un accidente muy grave y esta pandemia que no se acaba de ir. Demasiado para un solo corazón.

Recuerdo que cuando hablaba de su madre, mi abuela Carmen, que murió de parto con 38 años, solía decir que la echó de menos cada día de su vida desde que se fue, siendo ella una niña de 11 años. Creí que exageraba, pero tenía razón. Una madre siempre hace falta. Daría todo lo que tengo, toda mi sangre si fuera necesario, por abrazarla de nuevo y darle las gracias por todo lo que hizo por mis hermanos y por mí. Dio su vida entera por nosotros y tuvo que hacerlo en una época difícil y prácticamente sola, porque mi padre murió cuando éramos niños, el mayor con 4 años, y éramos tres.

Renunció a todo para sacarnos adelante y trabajó como una mula, cada día de la semana, sin quejarse de nada, solo de dolores de huesos. Algunos días llegaba tarde al almacén de El Pollo, en Coria del Río, y como no le pagaban el sueldo regresaba a casa, se cambiaba de ropa y se iba a coger algodón o aceitunas para luego pasarse por El Molino y traernos de comer. Agotada, algunos días perdía el autobús y echaba a correr por la carretera, solitaria y oscura, de Palomares-Coria, para no perder el día. Pasó mucho miedo, con aquellos olivos que le parecían monstruos a pie de carretera, pero jamás desfalleció. Desesperada, a veces decía: “Un día me voy a ir y no voy a volver”, pero nunca lo hizo.

Ni un solo día de su vida durmió fuera de casa, ni faltó jamás cuando tenía que darnos de comer, lavarnos en una caldera o acostarnos. A pesar de que enviudó con 33 años, renunció a los hombres para toda la vida porque no quiso que nadie ocupara el sitio de mi padre o que un padrastro nos pudiera poner una mano encima. Días antes de su muerte, casi sin poder hablar por un ictus, me dijo mientras le daba una papilla con una jeringuilla, como a un agapornis, que no me separara de ella ni un minuto porque le había llegado la hora de irse y no quería estar sola cuando se le parara el corazón. Murió tres días después, el 28 de abril de 2016, en su casa y su cama, y con sus hijos al lado. La mujer más valiente, trabajadora y honrada que he conocido en mi vida. Dura a veces, porque su vida lo fue, pero una madraza.

Al cumplirse hoy los cinco años de su muerte, sus hijos tendremos que decidir si seguirá en el Cementerio de San Fernando de Sevilla o si regresará a Arahal para que sus cenizas estén siempre en la huerta de Antonio Reina, donde fue muy feliz de niña, entre naranjos y olivos, con sus abuelos maternos Fernando y Ramona. Van a ser unos días difíciles, pero no va a estar sola. Sus tres niños estarán a su vera, como siempre, por lo que pudiera necesitar.

Infancia de velos negros,
cómo me dolían a mí
los dolores de aquel velo.
Por la cuesta arriba
viene corriendo
una mujer de negro
que vence al viento.
Doña Pepa se llama,
de Cuatro Vientos,
unas veces la calma
y otras el trueno.
Infancia de velos negros,
cómo me dolían a mí
los dolores de aquel velo.


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