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La Tostá

Cinco años sin Manuel Molina

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
21 may 2020 / 08:26 h - Actualizado: 21 may 2020 / 10:37 h.
"La Tostá"
  • Cinco años sin Manuel Molina

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Hace cinco ya largos años de la muerte del guitarrista y cantaor ceutí Manuel Molina, el hijo de El Encajero, guitarrista también. Los trianeros me van a echar de Sevilla, pero es verdad, Manuel nació en Ceuta en 1948. Luego vivió en Algeciras y siendo ya casi un adolescente se afincó en Triana, para acabar muriendo en San Juan de Aznalfarache hace cinco años, desde donde veía cada mañana el arrabal y le salían solas las soleares y las bulerías. Manuel escribía mucho mejor que cantaba. Una de sus aficiones era improvisar soleares en las tabernas, como un trovero. Se podía llevar horas hablando de las coplas flamencas y era capaz de crear una obra maestra de la poesía jonda, de tres o de cuatro versos, en lo que se tomaba una copa de manzanilla: en un suspiro. A veces las cantaba, solo apuntadas, como un susurro, y salían de sus ojos esas chispas que escapaban de la fragua de los Cagancho cuando Tío Manuel le daba al fuelle. Molina era muy trianero, aunque naciera en otra tierra. Un día nos encontramos en el Altozano y me invitó a que lo llevara a las calles más flamencas del barrio y le dijera dónde vivieron los martineteros y soleaeros más célebres. Cuando le dije dónde estuvo la fragua del célebre Juan García Moreno El Pelao, en la calle San Juan o de los Gitanos –Evangelista–, se echó a llorar como un niño. El Pelao fue un cantaor gitano que nunca cantó en un escenario, solo en reuniones o fiestas, y un día le despreció dinero por su cante al general Sánchez Mira. Su esposa, Clara Amaya Cortés, de la familia de María la Andonda, le dijo: ¡”Agárralas, Juan Pelao, que manaña no tenemos para la olla!”. Y ni así cogió el gitano las monedas. A Manuel le encantaban estas historias y a veces intercambiábamos alguna por sus coplas. Por eso, cuando el pasado martes recordé que se habían cumplido cinco años de su marcha, lamenté su ausencia porque nadie como él sabía escuchar estas historias, que agradecía siempre con soleares de tres versos, sus preferidas. Ya no nacen flamencos como Manuel, con ese sentido de lo puro que tenía, sin resultar un purista latoso. “Donde no dan ganas de decir un olé, no puede haber duende”, me dijo una noche en un restaurante de la otra orilla, que estaba al lado de la Real Maestranza. Desde el bar de Antonio Donaire se veía Triana y los ojos de Manuel brillaban tanto que molestaba su luz. Cinco años ya de aquel viaje que el mago del temple hizo guitarra en mano, su joya de Francisco Barba recién restaurada.


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