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La Tostá

Cinco horas en una silla de plástico

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Manuel Bohórquez @BohorquezCas
17 jul 2022 / 10:34 h - Actualizado: 17 jul 2022 / 10:57 h.
"La Tostá"
  • Imagen de Quico Pérez Ventana
    Imagen de Quico Pérez Ventana

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Dejé de hacer críticas de festivales, recitales en peñas y hasta en los teatros, pero anoche estuve en el Festival de Tomares por saludar a una querida amiga extremeña, una mujer a la que el bichito del arte le ha picado con tal fuerza que se ha perdido. Ya jamás dejará de ser flamenca, con lo que ello conlleva. Escuchar cante y ver baile en el remozado patio de la Hacienda de Santa Ana después de décadas fue más emocionante de lo que esperaba, y uno no está ya para emociones fuertes. Recordé toda la noche a queridos amigos que ya no están entre nosotros, como fueron Pedro Pérez El Guardia, Pepito Ábalos y Francisco Montes El Rancapino, y saludé a decenas de otros amigos que sí están y a los que reconocí de milagro. Los años nos cambian. Decía que no estoy ya para muchas emociones, y tampoco para vivir cinco horas en una silla de plástico medio derretida por el calor, por muy bien acompañado que estuviera. Menos mal que el cartel del festival era bueno, a pesar de que se cayera Jesús Méndez, al que hace tiempo que no escucho en directo. Un buen sonido y unas luces de cine, y un público que lo aplaudió todo, hicieron que me olvidara de la lumbalgia y reconozco que disfruté algo con el cante veloz de El Perrete y el toque sobrio y adornado del señor Gámez; con un Rafael de Utrera soberbio y un guitarrista fantástico, el granadino Fermín Fernández; con algunas cosas, pocas, de Anabel Valencia y el poderoso Curro Vargas; con el siempre bonito y flamenco Antonio Reyes y su hijo Nono, y con un Farruquito entregado, de pinceladas jondísimas, solo pinceladas. Pero claro, cinco horas para disfrutar de pinceladas, son muchas horas en una silla de plástico. Hubieran sido dos menos si el presentador, Manuel Curao, no nos hubiera dado una conferencia glosando las virtudes de cada artista, o sea, cinco conferencias, pero este es un defecto de los festivales de verano. Recuerdo que un año, en un pueblo de Córdoba, estuve en un festival y cuando ya no había público, el presentador seguía dando datos sacados de internet. Fue el lechero del pueblo quien le dijo: “Oiga, que el festival acabó hace dos horas”. En fin, que mi reencuentro anoche con los festivales de verano fue bonito porque sucedió en Tomares, donde hace años supe lo que era la felicidad. Y triste, porque la memoria a veces se empeña en recordarnos lo que parecía muerto para siempre. Nada muere del todo si se es un romántico empedernido.


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