lunes, 26 octubre 2020
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, última actualización
Viéndolas venir

Comunión cero

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Álvaro Romero @aromerobernal1
18 oct 2020 / 10:18 h - Actualizado: 18 oct 2020 / 10:20 h.
"Viéndolas venir"
  • Una mujer contempla el escaparate de una tienda con trajes de comunión. / José Manuel Cabello
    Una mujer contempla el escaparate de una tienda con trajes de comunión. / José Manuel Cabello

El ridículo de las Comuniones sin hostia es una ostia bien dada a quienes utilizan las Comuniones para repartir ostias sin que se las pidan. Quiero decir, a quienes usan el sacramento como excusa para un presunto lucimiento que nadie está esperando, salvo ellos mismos. El caso no es nuevo, aunque sí tiene ahora un componente novedoso por la COVID-19. Ya hacía muchos años que las Primeras Comuniones se habían convertido en una pantomima vaciada de contenido en la que las catequesis eran la única relación de los chiquillos con los valores del cristianismo. Por detrás, durante los meses de su formación, la carrera de las familias por ver quién se gastaba más dinero en el traje le daba a todo el proceso una pátina de profunda tristeza de la que no se solía hacer partícipes a los chiquillos, preciosos al fin y al cabo con cualquier vestido.

La suspensión de estas primeras Comuniones por los positivos de determinados niños lo ha puesto todo negro sobre blanco y ha desenmascarado a quienes disimulaban con el rito para dar la campanada a continuación con la miniboda. El ridículo total no lo han promocionado quienes han celebrado la Comunión antes de hacerla, porque se suspendieron en pleno confinamiento de mayo; y ni siquiera quienes la han celebrado a pesar de no haberla podido hacer, sino quienes habiéndola podido celebrar, porque la ley es ancha, ahora ya se niegan a hacerla porque, total, la fiesta ya ha pasado.

El asunto ofrece tanta casuística alucinatoria que lo más interesante de su significación lo ofrece el argumentario de determinados adultos escudándose en la presunta ilusión de los niños. Dicen que, en cualquier caso, con hostia o sin ella, lo que no podía hacerse era cargarse la ilusión de los niños con su Comunión, aunque esta no fuera la primera, sino la cero, una especie de comunión civil sin comunión, o sea, una ficción, un trampantojo, una mentira piadosa sin piedad, un cuento sin palabras, una ostia sin hache, un banquete celestial deconstruido de pura vanguardia sin freno. La ilusión de los niños no radica en hacer la Comunión o no hacerla, sino en pasárselo bien con sus padres en las circunstancias que la vida vaya poniéndoles por delante; puede que difíciles, pero todos juntos. Esa será la lección que nunca olvidarán, ni siquiera cuando dejen de ser niños, que todo llegará.


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