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La vida del revés

Cuatro reyes

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31 oct 2022 / 19:35 h - Actualizado: 31 oct 2022 / 19:38 h.
"Opinión","La vida del revés"
  • Cuatro reyes

Recuerdo una partida de mus que jugué hace ya muchos años. Intuí, desde el principio, que uno de los contrarios tendría en las manos cuatro reyes. Pero, llegado un momento del juego, hubo que tomar una decisión. Mi compañero me dijo que tenía dos reyes y dos caballos. Sólo cuatro reyes eran superiores. Dudé. ¿Qué hacemos? me preguntó Jesús. Habrá que arriesgar, pero creo que lleva cuatro reyes. Perdimos ese juego. Lo intuí, pero me dejé llevar por alguna razón que ahora no recuerdo y perdimos. Nunca he olvidado ese momento. Aunque terminamos ganando la partida (tres a cuatro, también lo recuerdo) aquello me gustó poco.

Creo que me prometí no volver a menospreciar mi intuición. No cumplí con la promesa, claro. Unas veces me ha ido bien, otras no tanto. En un par de ocasiones, intuyendo la catástrofe más absoluta, me he metido de lleno en ella y el desastre ha sido monumental. Lo que todo el mundo hace. Nada nuevo.

Intuición. Valoramos muy poco eso que nos remueve sin saber porqué, eso que nos hace levantar una ceja ante lo que todo el mundo ve normal, pero a nosotros nos perturba. Es como si hubiéramos decidido, desde el principio, que se está muy bien acomodado en lo racional. Es como si hubiéramos olvidado que la condición humana es el producto de todo lo que nos pasa y de todo lo que ha sucedido al ser humano desde que lo es. Es como si quisiéramos estar seguros de algo que, sencillamente, se nos escapa de las manos y sólo podemos recibir en ese territorio que llamamos intuición. No nos gusta depender de algo que no controlamos, pero que forma parte de nosotros. Intuición.

El cosmos tiene una buena jugada. Nosotros también. Dudamos, intuimos que las cosas son de una forma. Nos la jugamos sabiendo que el universo puede tener cuatro reyes en la mano. Pero nuestra arrogancia nos obliga a decir que no a todo. Porque negar eso que sólo intuimos, eso que podría ser o no, lo trascendente, lo que somos incapaces de tocar; nos convierte en seres vacíos, en objetos que se mueven por un mundo que se sostiene en lo material. El mundo tiene una muy buena jugada y la sabe gestionar. Nosotros también tenemos buenas cartas aunque no sabemos qué es lo que debemos hacer con ellas. Por eso damos valor a unos naipes que no sirven de nada si negamos nuestra parte más humana, la que no se ve, la que no adelgaza, la que no se puede maquillar. Intuición.

Recuerdo aquella partida. Hubo suerte y terminamos ganado. Debe ser que los contrarios tenían mucho más miedo que nosotros a perder y se agarraban a los naipes con más fuerza. Después de tantos años, después de haber metido la pata tantas veces, creo que ha llegado el momento de dejarme llevar, de explorar las zonas más íntimas que he negado con insistencia. De sumar las partes para que el resultado sea exacto y asumir que vivo en un universo cargado de reyes. Cueste lo que cueste. ¿Quién me acompaña?


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