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Los medios y los días

Desahogos ‘made in Twitter’

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16 dic 2020 / 04:00 h - Actualizado: 16 dic 2020 / 04:00 h.
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En mis tiempos mozos decían las personas mayores que cuando te pitaban mucho los oídos es que alguien te estaba criticando por ahí. Hace dos días, mis interiores auditivos eran un estadio deportivo silbando al unísono hasta que supe la causa. Este diario subió a la red una frase de mi reciente columna donde hablaba de las fotos eróticas de la rapera Mala y me estaban poniendo desde Twitter a caer de un burro. Llegaron a afirmar que de mi texto se desprendía que me había masturbado viendo las fotos de la cantante. Si viviera Freud se hubiera alegrado porque habría ratificado más aún algunas de sus teorías sobre la sublimación y la represión.

Las personas que me pasaron los desahogos de los tuiteros -no uso redes- me aconsejaron que no entrara al trapo. Tienen razón, sin duda, y no se vaya a considerar esta columna como un entrar al trapo porque yo había expresado mi opinión como había creído conveniente y ahora ellos y ellas estaban procediendo a expresar las suyas. También a mi juicio había en el consejo de mis asesores un poco de miedo a salir a escena pero eso es normal porque estamos en la sociedad del miedo, en la espiral del silencio, quién me lo iba a decir a mí cuando peleaba por la libertad de expresión y era acusado de subversivo y de comunista. Antes era comunista y me negaron puestos de trabajo por eso, ahora dicen que soy machista y había quien abogaba por la censura de mi columna, qué le vamos a hacer, pero quede claro que lo único que intento es ser yo mismo y eso trae consecuencias en la sociedad del individualismo gregario.

Decía Nietzsche que ser uno mismo es una cárcel en la que acabas encerrándote. Su admirado Schopenhauer ya había afirmado que, en efecto, hay que buscar un lugar donde refugiarse del exterior y no lo voy a decir con las palabras de Schopenhauer que no eran tan finas como las mías. El precio de querer ser uno mismo es la soledad, algo que no es que me guste pero que hay que aceptar. En mis clases aporto un sencillo ejemplo extraído de la película El hombre bicentenario, protagonizada por Robin Williams: el protagonista -un robot doméstico- le pide a su dueño ser libre, y su amo le concede esa libertad pero a cambio le dice que acepte las consecuencias, lo invita a irse de la casa y el robot es libre pero acaba solo.

La premio nobel Rita Levi Montalcini contaba que cuando afirmaba que ella era librepensadora no entendían lo que era eso. Claro, se está más a gusto a la lumbre de unos grupos o de otros, quién va a querer estar al raso y acaso sin vestido alguno.

Una de las críticas contra mi columna, que jugaba con la ironía, criticaba la utilización del cuerpo de la mujer al tiempo que defendía la postura de Mala para sacar tajada de un mercado que se sirve de obsesiones sexuales que él mismo crea y consolida, llegó procedente de alguien que se identificaba como antigua alumna. Me alababa pero como se supone que soy un machista detestable desde ese momento dejó de admirarme. En mis clases hay libertad absoluta de expresión, en las intervenciones de mis alumnos he notado simpatías por el PP, por Vox o por Podemos, a nadie le pido el carnet de identidad y da la casualidad de que se han acercado a mí muchas mujeres con la intención de trabajar conmigo. Además, a algunas, las he ayudado para que logren lo que han logrado ellas con su esfuerzo: ser investigadoras y profesoras de universidad y además excelentes profesoras que, con su propia personalidad, están recogiendo y ampliando lo que yo modestamente, y con todos mis defectos, sigo sembrando.

A mí los insultos y opiniones de una serie de clientes de Twitter no me indignan ni me enfadan siquiera pero sí me infunden melancolía y reflexión. Descartes decía que le gustaría que antes de opinar sobre su obra se la leyera en conjunto. Me uno a la afirmación del maestro. Lo más triste de todo es observar que gente joven -todos los opinadores eran jóvenes- se deje llevar por la primera impresión que su celebro -ya moldeado por otros- le dicte. Por supuesto nadie me va a callar, al revés, ahora soy más fuerte, pero no es reconfortante asistir a estas pequeñas demostraciones de violencia verbal, me congratulo aún más de no estar enredado en las redes y ocupar ese tiempo aprendiendo de las grandes mujeres y de los grandes hombres de la Historia.


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